“Nunca tuve conejo, pero siempre me llamaron la atención; visualmente es un animal muy interesante. Por algo me generó inspiración a la hora de escribir... y soy conejo de tierra en el horóscopo”, cuenta Guillermo Francia, a cargo del texto y la codirección de Corre, conejo (sin parentesco con la novela homónima de John Updike), y quien le pone el cuerpo al complejo conejo antagonista.
La que se despliega como una pieza costumbrista de interiores (transcurre en un dormitorio) va mostrando, por sugestión, remembranzas o directamente regresiones del protagonista, una historia tétrica de violencia intrafamiliar. La pareja de Quinto, el responsable obrero de una represa en construcción, se resiente por los trastornos del sueño que sufre y el agotamiento emocional derivado de su trabajo, pero también por eventos del pasado. Una llamada le anuncia un suceso que despierta al monstruo y los traumas emergen del placar, el baúl o las sábanas. Entre efectos de luces y maquillaje, la extrañeza va adueñándose de las escenas fragmentadas, que vienen a aportar información, pero sobre todo una dimensión del sufrimiento vivido, de una carrera contra el tiempo ocurrida en un maizal y una lectura moralizante desde el personaje animal.
El código “de terror” es parte de la carta de presentación de Corre, conejo: “Nos hemos sorprendido mucho con el recibimiento del público. Viene funcionando muy bien nuestra adaptación del género al teatro, porque requiere un montón de otros ingredientes y no tenemos la edición del cine, donde uno puede elegir qué es lo que el público ve y qué es lo que siente tan minuciosamente. Acá estamos mucho más expuestos y la situación requiere mucho más trabajo. La historia tiene mucho del drama sosteniendo el terror”, dice Francia.
“La gente disfruta de la experiencia de una obra de terror que te saca un poco de la zona de confort, de la típica visita al teatro; tiene muchas cosas inmersivas; el diseño lumínico y de sonido tiene mucho de meter al público en un mundo y jugar con lo sensorial y lo atmosférico. Y el juego con los personajes y los actores en escena: en la puesta uno no sabe de dónde van a salir, sobre todo el personaje que interpreto yo, con el monstruo. Y el público está metido en esta habitación sin paredes. Hay algo mágico y fantástico en esa parte. ¿Y qué representa el monstruo, realmente? Una pesadilla o una representación del conflicto interno. ¿Qué cosas son recuerdos, también? El espectador lo va a tener que ir develando a medida que avanza la duda”, propone.
Una de sus referencias fue la novela La colina de Watership, de Richard Adams, “que tiene muchas cosas del estilo de Rebelión en la granja, donde los animales están humanizados, y me parece muy interesante cómo plantea la visión de los conejos, como si fuesen una sociedad organizada, y cómo los animales perciben el mundo con este concepto de animalidad, en contraste con el concepto que nosotros entendemos de humanidad. Tiene un estilo similar a la fábula; tomo varias referencias de cómo está narrada esa historia en el punto de vista de los conejos como seres conscientes”, dice Francia.
Acerca de su encare del personaje, aclara: “Lo interpreto como algo cercano a lo que un niño puede pensar. Cuando uno es niño tiene pensamientos y emociones mucho más primitivas. Ahí es donde dialoga este monstruo con el protagonista, que de alguna forma viene a rescatar o a reconectar al personaje de Quinto con su niño interior. De ahí proviene toda la parte psicológica de la obra, los recuerdos de la infancia, las heridas, y ese vínculo que ha desplazado, ignorado, no le ha hecho honor, de alguna forma. Ahí empieza a suceder todo lo que sucede”. El conejo “tiene una evolución que va en paralelo al camino del protagonista. Va evolucionando cómo se presenta, cómo se expresa y cómo lo vemos a lo largo de la obra”.
Veloces, pendientes del tiempo, los conejos de ficción “están siempre luchando por sobrevivir, es el que está siempre listo para salir corriendo, para ingeniárselas, para escapar de los depredadores, con esta cosa de la atención y el instinto siempre despiertos”, reflexiona Francia. La anatomía de su historia es el conflicto que supone retomar el dominio.
Corre, conejo. Jueves a las 21.00 en El Tinglado (Colonia 2035). Entradas $ 650 en Redtickets. 2x1 para la diaria.
Último domingo
El domingo a las 18.00 la sala Lazaroff recibe la última función de Mi casa llena de peces, autodefinida como una fábula adulta en la forma de un espectáculo de teatro físico y clown, nacido de recuerdos biográficos de su autora, Agustina Pezzani. A partir de la ausencia de su padre, la creadora transforma esas memorias en un juego de imágenes surrealistas, conmovedoras y cómicas. Apta para todo público, esta producción de Compañía Errática es recomendada para mayores de 8 años. Junto con Pezzani participan Tomás de Urrutia y Verónica San Vicente, con música original de Leonardo Outeiro. Entradas en Tickantel a $ 500.