Jazmín Beirak.

Foto: Alessandro Maradei

Pensar la cultura más allá del consumo y el espectáculo: con Jazmín Beirak

La española-argentina a cargo de la Dirección de Derechos Culturales del gobierno de España.

Hija de exiliados argentinos en España, historiadora del arte e investigadora en políticas culturales, Jazmín Beirak fue diputada en la Asamblea de Madrid entre 2015 y 2024 y, antes, activista en causas sociales. Desde hace dos años es la responsable de la flamante Dirección General de Derechos Culturales del Ministerio de Cultura de España.

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La semana pasada, Beirak fue una de las protagonistas del seminario internacional “Carta cultural iberoamericana”, que, organizado por el Ministerio de Educación y Cultura junto con el Ministerio de Cultura de España, la Secretaría General Iberoamericana y la Organización de Estados Iberoamericanos, tuvo lugar en Montevideo y convocó a especialistas de una decena de países de la región en torno a los desafíos de la cultura y la democracia; entre ellos, libertad artística, inteligencia artificial, soberanía tecnológica, derechos digitales, diversidad cultural, igualdad de género, sostenibilidad ambiental, patrimonio cultural, interculturalidad, trabajo cultural y, sobre todo, la idea de derechos culturales, que ocupa un lugar destacado en las políticas de la Dirección Nacional de Cultura.

Una de las ideas removedoras que ha venido planteando Beirak es la necesidad de que el gobierno tenga menos peso en la cultura para lograr una apropiación social que, de lo contrario, es limitada por la tutela institucional.

¿Cómo definiría los derechos culturales y por qué considera que son fundamentales para una democracia?

Los derechos culturales están recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. En la Declaración Universal y en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, de 1967, el derecho a la cultura aparece recogido como el derecho a tomar parte o a participar en la vida cultural. Entonces, a la hora de pensar la definición, me parece muy importante esta idea de vida cultural. Porque vida cultural, al final, habla de una noción muy expandida de cultura, de nuestra relación con la cultura: del uso de la lengua, de la construcción de la identidad, del conocimiento de las tradiciones, de su modificación, de las enseñanzas artísticas, de nuestra capacidad creativa, de gestionar proyectos culturales, de decidir sobre las políticas culturales, de la cultura comunitaria. Nuestra relación con la cultura es mucho más amplia que el acceso a unos bienes y a unos servicios, por eso hablamos de “derechos”, en plural, y no solo de derechos de acceso a la cultura, que es como se ha tenido muchas veces en consideración.

Creo que es esencial para la democracia por varias cuestiones. En primer lugar, porque los derechos culturales son la clave de bóveda o la palanca del acceso a otros derechos.

Le pido un balance de ese tiempo de trabajo y en qué aspectos diría que hubo avances.

La Dirección General se creó en 2024, es muy reciente. Es la primera vez que en la administración, a todos los niveles –regional, local y nacional–, existe un departamento específico relacionado con los derechos culturales. Han sido dos años de mucho trabajo. Uno de los principales resultados es el Plan de Derechos Culturales, que es una hoja de ruta de acciones concretas que estamos desarrollando y que vamos a desarrollar en el ámbito de los derechos culturales y con acciones que tienen que ver con la democracia cultural, con la conexión de la cultura con muchos otros ámbitos, como la sanidad, la educación, el desarrollo territorial, con las condiciones del trabajo cultural y con otros aspectos que tienen que ver con adaptar la administración a los derechos culturales. Es un plan efectivo, operativo, de acción; no es una declaración de intenciones.

¿Qué rol tienen los gobiernos locales, que muchas veces son el primer vínculo entre la ciudadanía, las políticas culturales y el acceso a la cultura y la creación?

La dimensión local es fundamental, y más en una política de derechos culturales, donde, al final, la acción tiene que ser muy capilar, muy territorializada y muy cercana a la propia población. Aquí la cuestión también tiene que ver con cómo es la organización de cada Estado. Porque en España tenemos un Estado autonómico en el que las comunidades autónomas tienen total independencia y autonomía, y los gobiernos locales también. En nuestro caso, toda esa acción se ha centrado en establecer relaciones de cooperación, que es la manera que tienen las distintas administraciones de relacionarse en España.

En algunas entrevistas años atrás planteaba que el gobierno debería quitarle peso a su intervención en la cultura y sobre todo en la tarea de los creadores. Ahora que está en un rol de gobierno, ¿cree que es posible gobernar para dejar poder con un objetivo superior?

Es tremendamente difícil, de hecho, es un oxímoron en cierto sentido, porque si por algo se caracteriza la política es por acumular poder y recursos, pero creo que es necesario hacerlo porque, si realmente al final el ejercicio de los derechos culturales tiene que ver con una apropiación social de la cultura, esa apropiación social nunca va a poder suceder bajo una tutela institucional. Entonces es necesario hacerlo, no hay otra manera, hay que trabajar con las propias resistencias de las administraciones.

¿Las políticas culturales necesitan una mirada más transversal y conectada con lo social, relacionada con temáticas como pobreza, medioambiente, género, racismo, diversidad y discapacidad, que son también culturales?

Me parece que uno de los elementos fundamentales es la idea de que la cultura no es un comportamiento estanco, que está relacionada con muchísimos otros ámbitos de nuestra vida y de nuestros intereses comunes, como los que mencionaba, por ejemplo, la sanidad, la salud mental. Es fundamental empezar a entender que la cultura es algo que atraviesa absolutamente todas las dimensiones de nuestra vida. La cultura siempre es considerada algo prescindible, algo secundario, algo que está en una esquina, que no importa. Pues si nos ponemos a jugar en la escena de otros ámbitos, probablemente de repente empieza a verse la relevancia que tiene y la aportación. Es verdad que muchas veces la gente considera que la cultura es algo que tiene que ver solo con la gente en el mundo de la cultura, pero probablemente si tu hijo o tu hija aprende en el colegio con actividades culturales, o si en el centro de salud hay un programa, por ejemplo, para paliar el dolor con música, va a tener mucha más relevancia.

Jazmín Beirak.

Foto: Alessandro Maradei

Cultura son también los discursos de odio que la ultraderecha instaló en la conversación pública de países como España o Argentina, de un modo que hasta hace unos años era impensable. Ahora están naturalizados. ¿Ve formas de ir contra esa corriente, de revertir esos resultados?

Sí. Muchas veces se piensa que la cultura es un elemento mágico, pero también es una cultura de odio y una cultura de expulsión. Pienso que la mejor manera de ofrecer una alternativa, de combatir eso, no es con otros discursos, sino con experiencias que permitan transformar las condiciones de posibilidad de esos discursos, y cuando tú estás en un proyecto cultural con alguien que es distinto a ti entiendes también otras realidades. La cultura también es la actividad cultural. La participación cultural es esencial para diluir los fantasmas, porque los discursos de odio se basan en la construcción del chivo expiatorio, de un fantasma que te permite proyectar tus propias situaciones, pero cuando trabajas en espacios que te permiten conocer otras realidades, negociar con otras realidades, también es una manera material de desmontar eso. La cultura es un campo que tiene que ser prioritario para poder ir transformando estas inercias que están sucediendo.

En su libro Cultura ingobernable (2022) plantea la necesidad de que la cultura no sea solo consumo, espectáculo, y que hay que repensarla en varias dimensiones. ¿Cuáles son?

Me parece que son todas aquellas que excedan un poco el simple hecho de ser espectador o de ser consumidor, que también forma parte de la cultura y que tampoco vamos a demonizar. Pero hacer cosas con los demás es fundamental, gestionar proyectos culturales, ponerlos en marcha también aporta una experiencia de relación con el mundo, con el propio deseo de hacer cosas y también decidir sobre las propias políticas culturales; como política pública, me parece que eso es importante.

¿Cómo fue su juventud y, sobre todo, su infancia, en los primeros años de la vuelta a la democracia en España, tras décadas de franquismo y con dos padres exiliados argentinos en España?

Se supone que soy de la generación democrática, porque, además, justo nací en el año de la Constitución, 1978, o sea que vi directamente esa situación, y quizás ahora que me voy haciendo mayor voy dándome cuenta de la impronta de tener un origen argentino; incluso en los debates que estamos viendo sobre cultura, de repente siento más afinidad y más conexión con debates que se están produciendo aquí desde hace mucho tiempo que con otros que se están produciendo en otras áreas europeas. Entonces supongo que eso, de alguna manera, tiene que ver con esa sangre que corre por las venas.

¿Esa historia familiar influyó en su sensibilidad hacia la cultura, la democracia y los derechos humanos?

Sin duda influyó. Mis padres pertenecen al ámbito de la cultura, que también es esto de que muchas veces las personas del mundo de la cultura venimos de gente que ha estado trabajando en la cultura. Es decir, hay una reproducción social de la que es importante dar cuenta para poder interrumpirla, porque, si no, vamos a hacer las mismas clases en el ámbito cultural. Pero es verdad que ha hecho que siempre tenga una sensibilidad: me gustó estudiar teatro, hice historia del arte y eso se cruza con que desde muy jovencita participé en movimientos sociales, en los centros sociales ocupados. Creo que esa intersección entre lo cultural, las prácticas de autogestión y mi propia formación en políticas culturales define un poco la manera que tengo de ver las cosas.

¿Qué le viene como idea o referencia cuando escucha la palabra Uruguay?

Lo primero es sensatez, diálogo, calma. Creo que la historia de Uruguay, o al menos lo que se conoce, es la imagen que se exporta de ser capaz de llegar a consensos, a acuerdos, de tener una mirada progresista en el sentido de ser capaz de ir construyendo mediante acuerdos una sociedad mejor para las personas. Esa es la sensación; luego las cosas de cerca no son tan así siempre.

España es la única nación iberoamericana que tiene monarquía. ¿Qué visión tiene sobre la monarquía en España?

Creo que la monarquía no es un modelo de una sociedad contemporánea y, de hecho, sus orígenes se remontan hace siglos. Estando a favor de otros modelos, no creo que sea de los principales problemas que existen ahora, es decir, creo que hay repúblicas que son totalmente desigualitarias, injustas, y que hay monarquías que a lo mejor tienen una extensión del Estado de bienestar mucho más amplia. Entonces, creo que la pelea está en otro lugar, siendo yo defensora de otros modelos.

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