Martín Buscaglia y sus Bochamakers, durante un show.

Foto: Pablo Vignali

La caza del swing: Martín Buscaglia celebra 20 años de El Evangelio según mi jardinero

El músico reúne a los Bochamakers este jueves en Sala del Museo.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

“Ah, pero vos sos un bochamaker”, le dijo Mateo Moreno a Martín Buscaglia luego de la presentación oficial de El Evangelio según mi jardinero en el Planetario de Montevideo. Fue el 15 de junio de 2006, era la primera vez que tocaban juntos y al bajista le llamó la atención cómo aquel frontman con alma de Peter Pan le hacía la cabeza al público, lo envolvía con su carisma y los arreaba, como una tripulación en trance, a los confines de su viaje musical.

Aquel disco producido junto al partenaire de mil aventuras Nico Ibarburu –con quien tocan la mayoría de los instrumentos–, grabado a medias entre España y Uruguay y editado por los sellos Lovemonk (España), Ayuí (Uruguay) y Los Años Luz (Argentina), lo terminó de catapultar a la primera escena de la música popular uruguaya y lo hizo desembarcar en otros puertos del continente. Fue destacado como mejor solista del año en los Premios Graffiti 2007 y recientemente un centenar de personas vinculadas al universo de la música uruguaya convocadas por El Observador lo seleccionó como uno de los diez discos más importantes del siglo. Claramente, es una de las puertas de entrada a una discografía solista que ya acumula ocho placas, sumando los discos en colaboración con Kiko Veneno y Antolín.

Buscaglia viene de actuar en la obra callejera Irrumpe Zelmar, de la directora Marianella Morena, está preparando otro disco y para el segundo semestre planea homenajear junto con una banda “sub 25” su primer larga duración, el Llevenlé, que está cumpliendo 30 años. Pero antes, este jueves, celebrará las dos décadas de aquel buque insignia junto con sus camaradas de hoy y de siempre; en palabras de Nicolás Ibarburu, una convención de bochamakers.

Antes del recital, Buscaglia conversó con la diaria con el entusiasmo y la verborragia que lo caracterizan. Leven anclas.

Te he escuchado decir que siempre asociaste la música a viajar, y El Evangelio… es muy viajero, pero ¿cómo es la experiencia concreta de ser músico estable en un crucero?

Gran experiencia. Si sos músico en Latinoamérica, a menos que seas de los pocos que por diversos factores, el talento entre ellos, la pegaron y tienen una carrera tranquilaza, laburás de otras cosas. En mi caso, siempre laburé de cosas relacionadas con la música, hay otros que laburan de cualquier cosa, pero, si no, es dar clases, tocar en una banda de covers o trabajar con chiquilines, que es lo que yo hice añares. Y cada tanto te sale un crucero y te vas a tocar en un barco. Esto es algo que lo han hecho desde Hugo Fattoruso a Tato Bolognini. Yo toqué con el Cheche Etchenique, estuvimos como seis meses en el Caribe. Tocábamos en la Latin [Band]. Es un gran ejercicio.

¿Había más bandas?

Sí, imaginate, 11 pisos. Había una big band, una banda de filipinos que tocaban rock y era un día rock de los 50, al otro de los 60, la hacían de goma. Había unos tipos de Trinidad y Tobago que tocaban en la piscina reggae, calipso, cosas así. Y nosotros, como el crucero salía de Puerto Rico, era mucho merengue, pero también boleros, latin jazz, bossa nova, un ejercicio tremendo. A mí cuando me preguntan qué música me gusta o qué música me influenció, digo que me gusta toda la música, todo me sirve, es un ecosistema, la necesito toda, la que me emociona hasta el tuétano, la que me hace ver lo que no quiero hacer y la que me indigna porque me resbala y porque es un algoritmo humano. Me inspira la música en general, entonces tocar ahí es un gran aprendizaje. Tocar varios sets por noche. La canción “Vagabundo”, que la grabé en El Evangelio…, viene de ahí, es un bolero de Los Panchos que cantaba ahí. La canté tanto que ahora es un poquito mía.

¿Tenías un libro favorito de chico?

El primero que me fascinó fue La caza del Snark, de Lewis Carroll. Hay una edición que la tengo todavía, chiquitita, con este otro cuento que es más surrealista que Alicia en el País de las Maravillas, porque en Alicia… igual seguís el hilo de sus andanzas en un mundo onírico y surrealista, mientras que en La caza del Snark son unos que van en un barco con un mapa en blanco a cazar el Snark.

Otra vez: mapa, viaje, altamar.

Todo tiene que ver con todo, no me extraña en nada. A ese libro hasta le puse música, y tiene un tipo de versificación que no es ninguna de estas súper clásicas, una que inventó Carroll ahí. Me acuerdo de que tenía una música para seguir leyéndolo. Es bilingüe esa edición que todavía tengo, y ahí ves exactamente cómo armaba la rima.

¿Y el diccionario te gustaba?, porque sos medio sommelier de palabras.

El diccionario también, está buenísimo, aprendés un montón. Por algo hay tantas palabras: ninguna es igual a otra, como un acorde, un pedal o un instrumento, cambia absolutamente. En el disco siguiente mío, Temporada de conejos, me parece que se ve un poco más del trabajo de la búsqueda de las palabras, pero en este también. Está “Trivial Polonio”, que son unas décimas, está “Presiento que esta noche soy un lirio”, que es un soneto, hay cuartetas milongueras… Ya hay una búsqueda que no estaba en mi primer disco, que era más asociación libre, tipo Jorge Ben; el segundo lo empecé a limitar y después seguí un poco más.

¿Estabas radicado en España cuando armaste este álbum?

Estaba viviendo en Madrid, me había ido primero a tocar en la calle con Martín Morón y ahí un sello de allá nos escuchó y se copó con el Plácido domingo y lo reeditaron en España [con el título Ir y volver e ir], que para mí fue un momento importante, ver que un disco que había hecho hacía cuatro años seguía siendo contemporáneo e interesante para gente de otro país que no tenía las referencias ni candomberas ni de Mateo ni del tropicalismo, cero historia. Ahí me ofrecieron hacer otro disco. Y lo que hice fue convidar a viajar para allá a Nico Ibarburu y hay una tercera pata, no en la creación de las canciones, pero sí en el sonido del disco, que es Campi Campón, que ahora es un reconocido productor que laburó mucho con Jorge Drexler, con bandas españolas como Vetusta Morla, pero este es el primer disco que hizo en su vida.

¿La intención era quedarte?

Sí. La verdad es que me iba bien, estaba contento. Lo recuerdo como un tiempo súper luminoso, con la luz que tiene Madrid en particular, que es especialmente nítida, no sé si es el aire que es tan seco o algo. Me volví porque mi viejo [Horacio Buscaglia] estaba mal, ya estaba enfermo de antes, pero ahí su enfermedad se disparó y me volví a pasar los últimos meses con él. Ahí quedé embarazado también, tuve a mi primera hija y todo ese combo nos hizo volver; si no, probablemente hubiera seguido allá. El disco se mezcló en Uruguay por eso, lo mezcló Daniel Báez, que es un héroe de la música uruguaya que ha mezclado y grabado millones de discos: Jorginho, Canciones Para No Dormir la Siesta, Jaime, Mateo. Ahí también grabamos algunas cositas; por ejemplo, nos fuimos a San Pablo a grabar a Arnaldo Antúnez, lo había conocido en Madrid, y nos fuimos a la casa de Juana Molina en Buenos Aires a grabar la parte de ella. Está todo grabado en casas. Hay una batería que tocó el Cheche Etchenique que la grabó en la casa de Montemurro.

¿Y esos invitados cómo pintaron?

Arnaldo para mí es una influencia enorme, desde los Titãs. Cuando él se fue de Titãs yo me fui también, no porque no me gustara más, pero realmente lo que me interesaba era él. Además, es un nexo que siempre me interesó mucho que es la literatura, la poesía, es un nexo con la poesía concreta, es un cultor de toda esa rama que en San Pablo tuvo grandes poetas.

¿Y Juana Molina?

A Juana la conocía de los veranos en el Cabo. Después me enteré de que tenía en su estudio una especie de altar con una foto de Mateo; el papá de Juana [Horacio Molina] llegó a grabar “Príncipe azul”, que compuso mi viejo, entonces hay como un link familiar también que no fue premeditado. “Trivial Polonio” son unas décimas sobre una semana de turismo en el Cabo. De hecho, nació de un juego; primero hicimos el juego, un trivial, con preguntas y respuestas sobre situaciones de allá. Preguntas súper personales de nuestro grupete de amigos hasta preguntas más generales, tipo “el faro cuántos segundos gira”, que son 11 en realidad. Primero un juego, pero en esa misma semana fue una canción, esos momentos cada tanto inspirados que suceden y después hay mucho rato en el que no pasa; la clave es intentar uno volverse medio fértil para que eso pase lo más seguido posible.

En este trabajo conviven desde un instrumento medieval a un aparato como el Simon. ¿Por dónde iba la exploración?

No son cosas que las piense a priori. Como que este disco es la máquina del tiempo y convive el futuro con lo medieval, es música, son sonidos, los que me sirven los voy a sumar, los que no me sirven no. La zanfona, que no es como la zanfona brasileña –que es más como un acordeón–, a esta creo que le dicen hurdy gurdy también, es a manivela, es una cosa medieval literal, suena como una especie de violín asalvajado, y quien lo toca en el disco en el tema “Ante la duda todo” se llama Germán Díaz, un virtuoso de Santiago de Compostela, que hace unas cosas preciosas con cajas de música también, pero el loco toca Piazzolla en la zanfona, una bestia. Y el Simon aparece porque leí una revista medio under, una nota a los Caballos de Düsseldorf, a Olaf, que era el factótum de ellos. Y me compré un manual que se llama Coser y cantar que te enseña cómo hacer lo que después me enteré que se llama circuit bending, que es abrir aparatos, sean musicales o no, intervenirlos un poco para vos tener dominio de los sonidos que hace, más allá de los que ya trae preseteados. Ahí armé algunas cosas, hay unos solos en el tema “Chúpame la mente [cable]” que hice con una pistolita de juguete, y está el tema que hice con el Simon [“Viajar contigo es como escuchar la vida secreta de las plantas”]. Me interesa porque podés generar en la canción un efecto cercano a la ternura con un instrumento hecho desalmadamente y al mismo tiempo, aun siendo juguetes, son muy punkis: si vos enchufás eso así nomás suena con un volumen estremecedor, mete acoples, interferencias, porque es salvaje, es indómito total, es como premusical.

¿Hay que domarlos?

Hay que cabalgarlos e intentar que no te tiren, no llegás a domarlos nunca. Y una herramienta que te da el tercer mundo es que son cosas muy baratas. Yo iba a los chinos ahí en España, me compraba los juguetes, ya sabía cuáles, y era barato.

Luego tuviste que llevar ese universo creado casi mano a mano con Nico Ibarburu al escenario, y surgen los Bochamakers, que también están cumpliendo 20 años.

Claro, es como un efecto colateral. Había tenido bandas antes, siempre intenté y logré tocar con músicos que fueran mejores que yo, en algún aspecto por lo menos, siempre. Hay mil variables en la música y hay algo lindo en la banda, y es que son amigos de la infancia y emprenden juntos, todo bien, pero en mi caso, mis amigos tocan bien. Elegí siempre músicos que me exijan a mí, que lo que yo les pida rápidamente lleguemos a ese lugar y no perdamos tiempo, y que cualquier cosa que me propongan, por más que yo lleve la batuta, sea considerada porque viene de alguien que tiene un power ahí. Eso lo tuve siempre, desde mi primera banda en la que tocaba con el Cachi Bacchetta y el Pato Rovés, que ya murió, gran guitarrista. Y antes de irme estaba con una banda que yo le decía el folklodelic: Montemurro tocaba el acordeón, tocaba el Cheche Etchenique, Martín Morón el trombón.

Tremenda banda.

Sí, pero con otros instrumentos. Nico Ibarburu tocaba el tres cubano, no había bajo, tocaba Andrés Ibarburu el chelo, era otra búsqueda. Y cuando volví dije: ta, tengo que armar una banda de funk tight. Armé la banda con Martín, con el que ya había grabado, con Nico, con quien había producido el disco, y llamé a Mateo Moreno, a quien no conocía, me lo había cruzado en Valizas en un toque de una banda que él tocaba que hacían covers de Kiko Veneno, y ya me di cuenta de que éramos afines, además de que me encantaba cómo tocaba el bajo. Siendo bajista pensaba “¿quién toca como me gustaría?”. Lo llamé para un par de toques, nada más, y al final tocamos un montón de años.

En estos 20 años han cambiado los integrantes, pero la esencia se mantiene.

Algo importante para mí es que tiene un sonido propio. Mateo se fue a vivir a Argentina y empezó a tocar Nacho Mateu. Después salió Nico Ibarburu y entró Matías Rada, y en un momento entró Herman Klang, tuvimos teclados. En la actual formación ya no está Herman, pero está Coby Acosta en percusión. Hay énfasis diferentes; el primer cuarteto era más funkero; cuando entraron Matías y Herman se puso más progresivo, y ahora tiene una cosa más tribal, más mántrica con las percus, una cosa más groove. Pero siempre hay ciertas reglas que no están escritas, ni dichas casi, no te las sabría reproducir, pero los que tocan las saben, cosas que queremos hacer, cosas que no, lugares a los que queremos llegar, lugares a los que no. Entonces, aunque casi todos tocan en otras bandas, los Bochamakers tienen un sonido propio.

¿Te preocupa el paso del tiempo?

Hay cosas que no vas a poder hacer nunca más y hay cosas que vas a tener que hacer para siempre a partir de ahora, eso es así. Pero en el aspecto musical y en la música que hago, que no está abocada a ningún género definido, me juega a favor. Siento que cada vez domino más las herramientas que tengo y las que me interesan; con menos cosas llego al lugar donde quiero llegar. Creo que es un buen oficio para envejecer y lo veo en los grandes capos que siguen tocando. Hugo y Rada, 83 años, Paul McCartney y Bob Dylan, Caetano y Gil; siguen hasta el final y no necesariamente porque necesiten laburar, capaz que Hugo y Rada sí, pero el resto no, sino porque se vuelve cada vez más nuevo. No es que vos, cuanto más viejo, ya hiciste todo y ya todo te aburre porque ya lo hiciste; al revés, aprender a tocar, a grabar o a componer –entre comillas– bien es el comienzo, no es el final del camino del músico; ahí arranca o ahí se pone más fino, y eso, por lo que veo, es inagotable.

¿Te imaginabas la trascendencia que tuvo El Evangelio según mi jardinero?

No, pero sabía que estaba bueno. Todos los discos que he hecho los termino porque creo que están buenos, pero no sé, hice un disco a dúo con Antolín y jamás imaginé que iba a conectar con gente de todos lados. Este justo era un cúmulo de canciones que las sigo tocando al día de hoy, son contemporáneas, siguen siendo actuales y salió hace 20 años. No solo las canciones, el sonido del disco… Podría sacar uno así ahora y no sentiría que está atado a nada, ni a un tiempo ni a una moda.

¿Qué te parece que sucedió en ese momento para culminar en ese resultado?

Yo lo que siento es que en El Evangelio… probablemente estaba conectado –por la edad, por mi momento vital– con lo que pasaba en la música, en cierta parte de la música, con el zeitgeist de la época. Ahora no me interesa más eso, ya me armé mi mundo y quiero seguir creando ese mundo, regándolo. Muchas de las cosas que veo ahora es un simulacro de trascendencia, te avisan antes que ese disco está bueno para que ni siquiera te tomes el tiempo de sentirlo. Este disco fue hecho pensando en nada, pensando en hacer el disco más entusiasmante posible para mí, con las herramientas y obsesiones que tenía.

Entre ellas, lo lúdico.

Cuando me dicen “lúdico” entiendo a lo que van, pero no lo pienso así jamás. No lo pienso como “voy a jugar con la música”, pienso “me voy a relacionar con los instrumentos”, tengo que saber tocar un instrumento. Pero saber tocar un instrumento me sirve también para tocar un instrumento que no sé tocar. Sirve para las dos cosas, no solo para vos decirle a un instrumento qué tiene que hacer, sino para encontrar la disposición tuya para que un instrumento o una canción te diga lo que vos tenés que hacer. Lo asocio con músicos que me impactaron mucho en la adolescencia, tipo Hermeto Pascoal, ir a verlo y salir emocionado; no me acuerdo de ningún tema de los que tocó, y no es una música que escuche, no necesito escucharla.

Te acordás de lo que te quedó en el cuerpo.

Claro, un entendimiento. Esos músicos son faros. Faro no quiere decir que vayas hacia él porque chocás; te muestra el camino, pero de lejos.

Hablando de faros, ¿entonces no son 12 segundos de oscuridad, como asegura Jorge Drexler en su disco?

No. Son 11 de oscuridad y el 12 es el de luz.

Martín Buscaglia y sus Bochamakers All Stars. 20 años de El Evangelio según mi jardinero. Jueves 4 de junio a las 20.00 en Sala del Museo. Entradas desde $ 680 en Redtickets.

¿Te interesa la cultura?
None
Suscribite
¿Te interesa la cultura?
Recibí la newsletter de Cultura en tu email todos los viernes
Recibir