La gente como uno a la misa mucho no iba y todavía no se había decretado el pogo más grande del mundo. Era 1989 y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota era una banda que, con poco más de una década de vida, estaba creciendo rápidamente, pero no había pegado el monumental estirón que la convertiría en gigante.
Así las cosas, en el invierno de aquel año, los dueños del boliche Laskina de Pocitos, un lugar donde pasaba lo poco que pasaba en Montevideo –y esto iba de Ruben Rada y Urbano Moraes a Juan Carlos Baglietto y Divididos–, decidieron que era un buen momento para que Solari, Beilinson y compañía hicieran su primer desembarco en tierras orientales.
Los Redondos llegaban al paisito con Carlos Menem estrenando el sillón de Rivadavia, los bolsillos famélicos de pesos útiles y un buen atado de canciones cosechadas, hasta entonces, en tres discos de estudio y algunas huérfanas de registro. El más reciente de esos álbumes era Un baión para el ojo idiota, aunque pocos meses después la novedad sería ¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado.
El escenario elegido fue el implacable Palacio Peñarol, de acústica abominable, y las apenas 700 localidades vendidas ese 22 de julio hicieron que los poco más de 1.000 espectadores no hicieran honor al fuego de la presentación, con equipos prestados por Níquel (el arsenal de los de Ricota no pasó la frontera) y todo.
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El negocio fue tan ruinoso que Poli, mánager redonda, ofreció un show adicional para recuperar los costos: fue en Laskina, al día siguiente, y adquirió ribetes de leyenda.
Un tiempito después de eso, el 2 y 3 de diciembre de 1989, los Redondos llegaron por primera vez a Obras Sanitarias, hasta el momento un lugar inaccesible, lo llenaron dos veces y volvieron, otra vez, a fin de mes, ahora con ¡Bang! ¡Bang! recién parido.
Previo a eso había un compromiso, otra vez en Montevideo; ahora la fiesta sería en el Teatro de Verano, el 8 de diciembre. Aldo Silva, el conductor de Telemundo, en ese entonces hacía prensa de espectáculos y se había asociado con los productores para ese concierto.
Para el show y tratando de evitar desmanes, no se contrató a personal policial y una empresa de seguridad debía garantizar el normal transcurrir de la noche y la seguridad de los presentes. Esto se cumplió en parte, ya que cuando las hordas roqueras se mandaron sin entrada, los guardianes de la propiedad miraron hacia otro lado. El asunto fue, nuevamente, deficitario, pero el teatro estaba lleno y sonó tan bien que algunas de las canciones que allí se tocaron fueron a parar al disco En directo. Al día siguiente, y ya no como cortesía, regresaron a Laskina.
Pero habría más, y ya parecía que la banda, que empezaba a no tener techo del otro lado del Plata, tenía esta playa como destino habitual. Seis meses después de la última visita, regresaron. Otra vez al Palacio Peñarol, que sí, suena horrible, pero no tiene canteras alrededor para colarse. El concierto fue programado para el 23 de junio.
Horas antes llegó la banda, y Aldo Silva los recibió y les comunicó, muy suelto de cuerpo, que les había armado un raid de entrevistas, pero los artistas redondamente le contestaron que no se prestaban al periodismo. “Yo no sé qué hice, creo que me arrodillé y logré que el Indio me dijera ‘está bien. Una nota, hoy’”, comentó luego Silva.
Fueron tres: una con Gustavo Rey, otra con el Corto Buscaglia, otra con Tabaré Couto (la primera, para el programa Caras y más caras, está en internet y es un manual de esgrima). El show que cobijó el Gastón Güelfi estuvo tremendo, aunque no se llenó y ocurrieron, para variar, incidentes entre parte del público y la Policía en las calles aledañas al estadio.
Hubo, además, tiempo para dos Laskina más en doble función, a medianoche y a las dos de la madrugada, y para una tarde en la que Skay agarró la viola y grabó con Níquel “El solitario”, que saldría en Gargoland unos meses después. Hasta ahí, la prehistoria.
Aguante los retornos
Pasarían 11 años para que los Redondos volvieran a Montevideo, con la excusa de Momo sampler. Esa vez sería en el estadio Centenario y por partida doble, el 22 y 23 de abril de 2001. Entre la última visita y estas habían pasado seis discos, uno doble, uno en vivo, decenas de recitales en distintos puntos de Argentina y el nacimiento de la misa, el “aguante los Redondos” y la leyenda del pogo más grande del mundo.
También habían pasado la muerte de Walter Bulacio, la cancelación de un show en Olavarría y el recital de las puñaladas en el estadio de River. De este lado, pasaron, ese abril, los campamentos en el parque Batlle, el temor por la marabunta que, se suponía, venía de Argentina y un par de disturbios menores, controlados, o no, por unos 2.000 policías. Fue su despedida oriental y, meses después, en Córdoba, el adiós definitivo.
Luego, los distintos proyectos nacidos de las semillas de ricota fueron viniendo, con mayor o menor frecuencia. Skay ya casi va por la treintena, y el Indio tuvo su debut y despedida junto con los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en una noche empapada de 2005. Ya no pisaba los escenarios hacía miles de días cuando, el viernes 5 de junio, agarró y se murió. Lo demás está todo contado.
Jorge Costigliolo es autor de Lunáticos viajantes: las increíbles andanzas de los Redondos en Uruguay (Ediciones B, 2021).