Sussana Isern.

Foto: Alessandro Maradei

Susanna Isern: “El bosque fue mi primera biblioteca”

La relación con la psicología, la familia y la naturaleza en la carrera de la escritora española.

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Autora de unos 150 títulos y traducida a 35 idiomas, Susanna Isern ha obtenido numerosos premios a lo largo de su carrera, que incluye la saga de Daniela Pirata, La mejor sopa del mundo, Abrazo de oso, Los pantalones de Luisa y Cartas en el bosque. Se trata de historias en las que el bosque y la naturaleza son omnipresentes, y de fuerte conexión con una mirada infantil. Recientemente, la escritora española estuvo de visita en Montevideo y aprovechamos para conversar con ella sobre su trayectoria.

¿Cómo empezó tu carrera? Has contado que a partir de tu profesión de psicóloga y de la maternidad fue que empezaste a escribir para niñas y niños.

Desde niña tuve la inquietud de escribir. Desde los 8 o 9 años tenía un cuadernito en el que escribía historias, sobre todo protagonizadas por animales. Yo vivía en un pueblito muy pequeño del Pirineo, al lado de los bosques y de las montañas, y, a pesar de que tenía esta afición y me nacían estas ganas de escribir, jamás se me ocurrió que ser escritora podía ser un trabajo o que podía convertirse en mi profesión. Pero escribía. A la hora de elegir mi profesión me incliné por la psicología, que también me gustaba mucho. Mientras estudiaba, en mi tiempo libre seguí escribiendo historias y, a pesar de que iba creciendo, mis historias seguían siendo infantiles. La escritura me fue acompañando y cuando empecé a ver a mis primeros pacientes, después de graduarme en psicología clínica, empecé a pensar que mis cuentos podían ayudarme a llegar a mis pacientes más pequeños, a los niños y a las niñas. Entonces empecé, de alguna forma, a escribir cuentos para ellos; más adelante, con la maternidad, fue un poco la explosión de mis ganas de escribir, de crear nuevas historias ya pensando en mis hijos.

Me imagino que, de la misma manera en que la maternidad suele ser un disparador para las personas que escriben para las infancias, habría una retroalimentación entre la escritura y la clínica.

En un primer momento eran historias hechas un poco a la medida: si venía un niño que tenía un problema de autoestima, escribía sobre ese tema, etcétera. Así empecé a acumular una serie de historias que me venían muy bien para llegar a esos niños, sobre todo para que ellos se abrieran, porque con un niño resulta difícil hacerle preguntas directas, y a través de las historias era más sencillo llegar hasta ellos, que empatizaran con los personajes y pudieran abrirse y explicarme lo que sentían. Por otro lado, mis hijos me fueron llenando la cabeza de ideas y de personajes entrañables. A medida que iba escribiendo se me fue encendiendo la bombilla de qué hacer con estas historias, por qué no tratar de publicarlas, y en un momento dado empecé a golpear las puertas de editoriales. Rápidamente llegaron los primeros síes.

Hay particularidades en esa fuente de inspiración que eran tus hijos y la clínica; quizás hubiera un repertorio más amplio en los cuentos que hacías para tus hijos.

Puede ser. En esta etapa en la que me dedicaba a escribir cuentos destinados a una temática o problemática de la infancia, era una forma de trabajar en la que me basaba en una necesidad, en un tema, y cuando llegaron mis hijos fueron unas historias que me llegaban de una forma más fresca, más inesperada. Era un impulso creativo muy diferente. Por ejemplo, mi hijo mayor en la playa se encontraba con una mariposa que tenía las alas mojadas porque se había caído en el mar, la ponía en una roca para que se le secaran y yo ahí de repente veía la historia de un oso que se dedicaba a rescatar las mariposas que se caían en un lago y las ponía a secar en su hocico. Había historias que venían de algo que le sucedía en el colegio o de frases que me decía. Las ideas llegaban de una forma muy bonita en esa época. Era como si hubiera historias en cualquier cosa, en cualquier lugar: cuando revolvía el café con leche por la mañana, cuando veía pasar un pájaro, cuando me detenía a observar a los animales.

¿Cómo llevabas esos cuentos, que partían de algo muy singular, a algo más general o universal?

Aunque partían de cosas concretas, la esencia de esos cuentos era muy universal porque eran problemáticas muy típicas de la infancia, que compartían muchos niños y muchas niñas. A partir de esas historias creé unas guías con reflexiones, con ejercicios, porque al final el cuento es el punto de partida desde el cual se abre un universo en el que trabajar sobre esas emociones de los niños y las niñas. Cuentos sobre la tristeza, el miedo a dormir, el miedo a la oscuridad; son temas que a muchos niños les pueden venir bien. Y muchas veces ni siquiera tienen que ser historias que traten un problema propio, porque, al final, cuando leemos una historia no tenemos por qué sentirnos identificados siempre. Para mí, lo más importante a la hora de escribir estas historias, aunque partieran de un tema que necesitaba tratar, era siempre que la historia estuviera por encima del tema, y no al revés. Nunca fui una psicóloga que se puso a escribir, yo soy una escritora. Eso estaba antes. Me planteaba: soy psicóloga, pero ¿qué herramientas tengo? Pues escribir, esa herramienta la tengo desde que era niña. Lo más importante a la hora de escribir es que la historia sea buena, y si quiero tratar un tema pero no me gusta la historia que se me puede llegar a ocurrir, no la escribo.

Es que, de lo contrario, no se produce virtuosamente ese diálogo.

Claro, porque para mí el poder del diálogo es la magia que crea, es la fantasía, es la emoción, y si la historia no enciende todas esas estrellitas no tiene el efecto que quiero que tenga. Me gusta que muchas veces, cuando se habla de mi trabajo –sobre todo en España, claro–, se dice que soy capaz de abordar temas precisamente de esa forma, en la que en ningún momento los niños piensan que están intentando adoctrinarles o calzándoles un mensaje, sino que siempre intento que haya mucha fantasía, mucha historia emocionante, porque lo que yo hago, ante todo, es literatura, no es enseñanza. Hago literatura que, en ocasiones, sirve además para abrir otras puertas.

Se nota en tus libros la conexión con la naturaleza, que seguramente tenga que ver con tu infancia, con el lugar donde creciste.

En un pueblo pequeñito, de unos 500 habitantes; había muy pocos recursos, muy difícil acceso a la lectura, porque no había bibliotecas ni librerías, entonces, es como que el bosque fue mi primera biblioteca: me imaginaba las historias a partir de mi entorno. Era una niña que iba con su cuaderno por los bosques, por los prados, imaginando historias a su alrededor. Era muy fantasiosa, imaginaba que hablaba con los animales, que tenían problemas y que yo les ayudaba. Siempre me he mantenido muy en contacto con esa Susanna, con la niña que soñaba con esas historias, que se perdía en esos bosques. Y ahora que vivo junto al mar, vivir esas historias y esas aventuras en mi mente me hace volver a ese lugar, a esa época, y me mantiene cerca de mi origen y de mi identidad. Mis mundos son conexión absoluta con mi infancia y con esa niña. Luego me fui a vivir junto al mar, a Santander, en la costa norte, que es preciosa. También he escrito historias marinas, bueno, Daniela Pirata y sus aventuras, sin ir más lejos. Pero mi bosque siempre está ahí.

Daniela Pirata fue un gran éxito en tu carrera.

Fue de mis primeros éxitos, y es significativo porque es uno de los libros que permitieron que yo me pudiera plantear vivir de la literatura. Al principio compaginaba la psicología con mi faceta de escritora y era impensable que me pudiera dedicar solamente a escribir, pero con el paso del tiempo y con la llegada de algunos libros que funcionaron muy bien, poco a poco, me pude plantear dedicarme exclusivamente a la literatura.

¿En qué etapa estás ahora?

Estoy en mi mejor momento realmente: a veces no me acabo de creer que me están sucediendo a mí estas cosas, que sea una autora muy apreciada en mi país y también en otros países del mundo, que mis libros hayan viajado por tantos países, que hayan sido traducidos a tantas lenguas: la última vez que lo contabilicé eran 35. Es increíble pensar que haya tantos niños y tantas niñas en tantos lugares del mundo que leen mis historias, que lo que nace de aquí, de mi cabecita, llegue a tantas partes y les guste. Al final, hay un lenguaje universal de las historias que hace que conecten con todos, sean de donde sean. Ahora vivo un momento muy dulce porque tengo varios libros que entusiasman, que llegan a muchos lectores, las editoriales quieren que trabaje con ellas. Estoy en ese momento de “que esto dure”; no pido nada más, me quiero quedar como estoy.

La editorial Nubeocho

Isern comenzó a publicar sus historias en 2011 y ha mantenido, a lo largo de sus 15 años de carrera, un fuerte vínculo con Nubeocho, editorial con sede en Santander que incluye en su catálogo, por ejemplo, Un mapa para Palestina, de Maysa Odeh y Aliaa Betawi, y El canto de las ballenas, de Nicola Davies y Britta Teckentrup. “Mi relación con Nubeocho viene casi marcada desde el inicio de mi carrera y desde el inicio de la editorial. Nos encontramos en un momento de inicio de ambas partes, enseguida tuve mucho feeling con los editores y empezó una relación en la que se convirtió en uno de mis hogares editoriales. He trabajado con muchísimas editoriales a lo largo de estos años, pero lo que yo llamo ‘hogares editoriales’ son muy pocos. Nubeocho es el primero, es un sitio donde me siento muy a gusto, mis historias entran de una forma espectacular en su catálogo y me gusta mucho la forma de trabajo en equipo que tenemos. Llevamos ya años trabajando; con ellos tengo cuarenta y pico de mis 150 libros”, cuenta.

Luis Amavisca y Miryam Aguirre son editores de Nubeocho y visitaron Montevideo junto con Susanna. Sobre el catálogo de la editorial, comenta Amavisca: “Nubeocho tiene 15 años, durante los cuales hemos publicado 250 libros. Nuestro primer objetivo con la editorial fue un compromiso con la coeducación, con la igualdad, con la plasmación de la diversidad y con la educación emocional”, y agrega sobre el vínculo con Isern: “En todos esos perfiles nos acompaña Susanna; y con ella hemos publicado entre 40 y 45, alguno muy importante, como Los pantalones de Luisa, que fue seleccionado por la biblioteca pública de Nueva York entre los diez mejores del año y nos hace recordar que algo tan sencillo como que una mujer pueda llevar pantalones no siempre fue así y que nos conviene tanto recordarlo desde una perspectiva histórica como considerándolo un logro en el que nunca se puede retroceder. Tenemos también la saga de Daniela Pirata, una niña a la que no le quieren dejar ser pirata por ser niña, o El emocionómetro del inspector Drilo”.

Destaca entre los objetivos de la editorial el de abordar “temas peliagudos”: “Por ejemplo, el conocimiento del cuerpo y la prevención de abusos sexuales en Tu cuerpo es tuyo [de Lucía Serrano], o temas como la muerte con El árbol de los recuerdos [de Britta Teckentrup]: cómo hablar sobre la muerte a niñas y niños cuando preguntan, desde una perspectiva real, en la que los recuerdos de quienes se mueren nos acompañan siempre. O, en ese objetivo de la coeducación, la igualdad y la diversidad, la plasmación de la diversidad familiar en El día de la familia [de Amavisca y Marisa Morea] y Federico y sus familias [de Mili Hernández]”.

“Sobre todo hacemos libros para niños y niñas, con lo cual siempre está esa visión infantil que hace que los peques y las peques se diviertan, disfruten y entren dentro de las historias. Mantener esos ojos del niño o la niña que tienes dentro es parte importante de nuestra propuesta”, puntualiza Aguirre, y acota: “Y luego tenemos temas gamberros, como El pedo más grande del mundo, de Laure du Fay, o El libro de los culos [de Eva Manzano y Emilio Urberuaga]; tenemos un catálogo muy variado”.

Por otra parte, recapitula Amavisca: “No se trata de tratar esos temas de una manera fría en la que te están pasando un mensaje, sino que este tiene que venir envuelto en un texto de gran calidad literaria. Lo mismo vale para la ilustración, en lo que hemos obtenido muchos premios en Europa, en Estados Unidos; el White Raven, por ejemplo. La mayoría de nuestros libros son producidos por Nubeocho, pero también hay un pequeño porcentaje comprado a editoriales emblemáticas”, y Aguirre complementa: “Tenemos autores y autoras de referencia, como Chris Haughton, con Un poco perdido o ¡Shhh! Tenemos un plan, o Jon Klassen, autor de Yo quiero mi sombrero y quien acaba de recibir el Astrid Lindgren, que tiene esta forma tan particular de afrontar el mundo infantil y el álbum ilustrado, en el que las imágenes y las ilustraciones te cuentan historias completamente diferentes y por eso la del libro es una tercera historia”.

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