“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” es el texto completo de “El dinosaurio”, un cuento del escritor guatemalteco-hondureño Augusto Monterroso publicado en 1959. No es ni el único ni el más breve de su especie, pero es considerado uno de los microrrelatos más famosos de la lengua española y ejemplo cantado cada vez que un expositor pretende dar cátedra sobre estos asuntos, como en este caso.
La brevedad extrema como recurso no es exclusiva de la literatura. En el universo de la música popular también existen abundantes ejemplos de artistas que han desafiado los cánones de la canción, esos más o menos tres minutos que estandarizó la radiodifusión y que tan poco respetó el rock progresivo de la década de 1970, entre otras corrientes propensas a superar los seis o siete minutos por surco.
Las microcanciones rondan en general el minuto de duración, aunque las hay de apenas unos pocos segundos. Detrás de esta elección estética pueden existir la más diversa variedad de motivaciones, desde la creación de obras adaptadas a los tiempos del siglo XXI, como propone el sello argentino especializado Micro Discos, a la simple razón de lo que pide la canción más allá de convenciones, como ha argumentado Fernando Cabrera en más de una oportunidad sobre algunos de sus temas breves.
El músico y compositor Jorge Alastra acaba de publicar Micro, su quinto larga duración como solista, que, tal como su nombre lo indica, incursiona en el recurso a través de diez canciones breves que proponen “cotejar la huella de la inmediatez, buscando qué hacer desde el arte frente a la cultura instalada de lo fast, lo ultrarrápido y lo efímero como saldo final”.
Lo efímero —son poco más de 10 minutos en total— no quita profundidad ni elaboración. Las canciones de Micro no son retazos sueltos ni obras inconclusas: toda la información necesaria cabe en esa vuelta de minutero. Al contrario de lo que podría suponerse, el efecto no es pasatista, ya que exige al receptor mantenerse en vilo, porque en cuestión de segundos todo sucede –intro, desarrollo y cierre–, como en la galemireana “La carta”.
Si bien lo firma Alastra, el trabajo cuenta con la presencia trascendente de Jorge Ventoso, quien, además de voces y diversos instrumentos, estuvo a cargo de la grabación, los arreglos y la mezcla. Completa el cuadro la participación especial de Pablo Meneses en percusión. Hay una búsqueda de sonar natural, sin demasiados aditivos ni maquinarias, una “impronta de primera toma” que completa el concepto tramado.
Además de estar vestidas de manera exquisita por el trío de ejecutantes, estas canciones contienen, por más minúsculas que sean, todas las señas identitarias de su autor, una cuenca musical que va desde la tradición montevideana de pilares mateísticos, evidente, por ejemplo, en “Los pasos”, hasta la música de raíz folclórica regional, como la bagualera “Los enamorados”, siempre con una impronta contemporánea y jazzística que lo emparenta con el gran compositor argentino Raúl Carnota.
“Tendré, tendré / recuerdos de migrante / valija temblándome al costado / y una foto portal de la cubierta / de un barco en la tiniebla”, canta Alastra en la milonga “Valijas”, penúltima pista del álbum. Como El dinosaurio de Monterroso, las líricas de Micro son sugerentes y abiertas, invitan al receptor a llenar los vacíos y completar las escenas. La canción es breve, pero queda latiendo. Para quienes aún no profundizaron en su discografía, esta es una pequeña gran puerta de entrada.
Micro, de Jorge Alastra. Ayuí/Tacuabé, 2026. En plataformas.