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Minions & Monstruos: golpe y porrazo para los niños, homenaje al primer Hollywood para los adultos

La primera mitad de la película referencias para cinéfilos; luego la aventura se vuelve más banana

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Hay películas infantiles que tienen en cuenta a quienes llevarán a sus hijos, nietos o tutelados. Quizás sus responsables insertan un segundo nivel pensando en recompensar a los mayores de edad, rodeados de preguntas y nubes de pop. O quizás, esas referencias, guiños o momentos de humor están ahí porque son del gusto de quienes están trabajando en ese film.

Esa segunda capa puede estar compuesta de referencias pop que solamente entenderían los adultos, como sucedía en las sucesivas entregas de la saga Shrek. Algunas son sutilezas, juegos de palabras sencillos que un niño no comprendería. El fetiche de Pinocho de usar ropa interior femenina tiene connotaciones diferentes conforme pasan los años. Y después tenemos a Shrek 2 con una referencia al automóvil que utilizó O J Simpson para huir de la Policía en 1994 cuando se emitió una orden de captura por el asesinato de su exesposa y un amigo de ella.

En el caso de Pixar los niveles suelen fluir mejor. El estudio adquirido por Disney se ha caracterizado por presentar historias ambientadas en universos con reglas originales (los juguetes tienen vida, los monstruos trabajan asustando niños, las emociones tienen un panel de control en nuestra mente) que presentan una profundidad narrativa con elementos que los espectadores van captando conforme crecen, como los trabajadores explotados por los propietarios de los medios de producción en Bichos: una aventura en miniatura.

Los minions, esos simpáticos personajillos que ya han aparecido en siete películas desde Mi villano favorito en 2010, no han sido una gran fuente de humor adulto, entendido en esta capa paralela de referencias. Más allá de abrevar del género de espías y de otra clase de criminales, la historia solía anclarse en la relación de Gru (el granuja epónimo) y su familia.

Desde un comienzo los minions, bichos amarillos que andan por el mundo buscando al “jefazo” más ruin posible para servirle (y complicarle la existencia), engancharon al público menudo con su humor físico y su lenguaje ridículo. Quienes tenemos algunos años más pudimos encontrar homenajes a los cortos animados de Tom y Jerry, los Looney Tunes y otros, pero sin alusiones directas. Para su séptima aparición cinematográfica, la cosa cambia por completo.

Minions & Monstruos podría haberse llamado Los Minions y el cine, pero a su público objetivo seguramente le llamen más la atención un montón de criaturas gritonas que lo rompen todo, antes que un homenaje a los comienzos del séptimo arte. La “carta de amor” (que se le dice) comienza desde el primer segundo con un repaso a las viejas introducciones de Universal Studios y no se detienen.

Los créditos son una sucesión de recreaciones de las primeras capturas de imágenes en movimiento, como aquel caballo al que fotografiaron para ver si en algún momento tenía las cuatro patas en el aire, intervenidas por la presencia de los minions. Entre otros, recrean El regador regado (1895) de Louis Lumière y terminan, como no podía ser de otra manera, con Viaje a la Luna (1902) de Georges Méliès. Claro que no es necesario haberlas visto para reír con el cohete que se estrella en el ojo de un minion, pero algo le suma.

Todo comienza en un museo sobre el cine, donde en una vitrina exhiben al mismísimo George Lucas (quien prestó su voz para la ocasión). La guía del museo explica por qué hay una estatua de dos minions y su papel fundamental en la historia de la cinematografía. Después de un repaso histórico de “jefazos” arruinados por la torpeza de las criaturitas, nos vamos a la Meca del cine alrededor de 1927 (en los titulares de un periódico hay guiños a la crisis económica que se viene).

La introducción de Hollywood llega luego de una compleja persecución que incluye policías torpes, ladrones del oeste y apariciones nada solapadas de íconos del cine mudo como Charles Chaplin o Buster Keaton. Gracias a James, un minion con ínfulas de artista, terminan revolucionando al cine, y proponen (por ejemplo) iluminar una escena noir a través de las persianas entreabiertas.

Este camino lo recorren junto a Max, un director que en la versión que llegó a nuestras salas tiene la voz del director de cine Andy Muschietti. Muschietti grabó las líneas con acento porteño, y ocasionalmente intenta un acento como el que recordamos de aquellas viejas películas de Carlos Gardel. Eso, y frases como “Andá p’allá, bobo” son la clase de referencias que no disfruté.

Hay una gran parte de la película que recuerda a Babylon, de Damien Chazelle. No hay orgías pero hay elefantes, hay mansiones lujosas, y se retrata las dificultades del pasaje al cine sonoro, en este caso porque (como sabrán) los minions hablan en su propio idioma. Se recrea la muerte de Charles Foster Kane al comienzo de El ciudadano Kane, pero el drama (y la escena) se arruina cuando el actor minion en lugar de decir “Rosebud” dice tonterías en su idioma.

Para volver por todo lo alto, y con la ayuda del libro de un “jefazo” anterior, terminan invocando a un monstruo que les complica la existencia. Hay una subtrama con un robot que recuerda al de El día que paralizaron la Tierra, y su relación con una sufragista, pero para entonces ya serán sobre todo los más pequeños los que disfruten de lo que está ocurriendo. Como debe ser, claro está.

Minions & Monstruos. 90 minutos. En cines.