“No sabés lo que es esta guitarra, una belleza”, dice Carlini, con el rostro sudoroso tras un viaje rápido hasta un bar del Centro desde su casa en el Cerro. Esta tarde, además de Héroes poseídos, el nuevo disco de su banda de rock y folclore, Pecho e' Fierro, el cantante, músico y compositor trae entre manos una adquisición reciente que lo entusiasma como un juguete de Navidad.
“Un vecino la tenía guardada desde hace años. Alguien de mucho dinero se la había regalado y hace unos días decidió dármela a mí”, explica, y anuncia: “Esta guitarra era de un luthier famoso que hubo acá, Antonio Pereira Velazco. Llegó a trabajar con Andrés Segovia. Es la mejor guitarra que he tenido en mi vida”. Enseguida demuestra cómo suenan sus cuerdas con un instante de “Pa'l Gordo Julio”, que sorprende a unos turistas brasileños y al mozo apoyado en la barra.
Hace más de 30 años que hacés música. ¿Hoy cuál es tu vínculo con la guitarra?
El mismo de siempre. Siento una ansiedad tremenda por estar con el instrumento, tocando, experimentando. Y con el dilema de ayer y hoy: el tiempo. Uno tiene las responsabilidades de la vida como tenemos todos, y a veces no tener más tiempo me genera ansiedad. Muchas cosas las he hecho a fuerza de madrugada, durmiendo menos horas. Y si las he podido hacer es por la pasión que tengo por la música. Dormir mal muchos años no es bueno, pero así terminamos todos nuestros discos.
En el caso de Héroes poseídos, lo hiciste en tu casa.
Sí. En la pandemia empecé a experimentar con las grabaciones. Si bien tenía experiencia por los discos que hemos grabado con Riki Musso, por ejemplo, o con Gastón Ackermann, seguí aprendiendo por mi lado. En esos días de pandemia, un día me llamó el diputado Gabriel Otero, que es vecino de allá del Cerro y le gusta hacer música, y me preguntó: “¿Me producís un disco?”. Y le dije que sí, me tiré al agua. Empecé a meterme con el software de sonido y programaciones de batería. Y a partir de ahí seguí grabando cosas mías, canciones de folclore y los demos de la banda, pero me faltaba alguna herramienta. Presenté un proyecto al Fondo Nacional de Música para equiparme y en el tercer intento me dieron el visto bueno. Con ese fondo sumamos una consola de 18 canales con los monitores y los micrófonos, y ahí grabé el disco en crudo y lo mandamos a masterizar a Iquique, en Chile. Quedó fabuloso. Nunca pensamos que íbamos a alcanzar ese punto del sonido.
¿Qué sonido estabas buscando?
Yo quería que la batería sonara con fuerza, pero natural. No como esa batería de sampler, en la que suenan todos los golpes igual.
Ensayamos muchísimo para lograr que todo suene humano y ajustado. De a poco fuimos corrigiendo cosas, como la ubicación de los micrófonos. Yo quería reflejar el sonido idéntico del lugar donde estábamos grabando, sin poner ningún simulador de ambiente. Tenía que lograr grabar el sonido de nuestra pieza y lo conseguimos. Incluso haciendo cuentas matemáticas para calcular distancias exactas y trabajando mucho en las afinaciones. Con Roberto Rodino aprendimos mucho a afinar la batería con relación a las tonalidades de las canciones. Y todo eso lo hicimos en nuestra sala de ensayo en mi casa.
Hay un libro de Nicolás Maquiavelo que inspiró un concepto central de este álbum.
Ya teníamos el grupo de canciones y quería encontrar un nombre que englobara todas las cosas que estaba contando. Y en este mundo de tanta información, buscando cosas de filosofía me encontré con Maquiavelo, que es un filósofo de la guerra. En el libro El Príncipe él habla de un héroe poseído por lo que los demás esperan de él, y yo transmuté esa idea a lo nuestro, a lo cotidiano: cómo uno tiene que ser el héroe de sus hijos, el héroe de sus amigos, de la gente que escucha tu música. En el sentido de que la gente espera de vos ciertas cosas y uno a veces está muy atado a las expectativas de los demás para cumplir. Entonces, como ya pasé el medio siglo, ahora digo: “Tengo que ser el héroe de mi propia expectativa”. Ya no es “quiero hacer esto”, sino “soy esto”. O sea, yo le di mi vuelta a esa idea de héroe.
Con tu lectura filosófica.
La verdad es que yo no soy un tipo lector. En mi casa mis viejos me dieron todo su amor y todo lo posible, pero no vengo de una familia lectora. A mí lo que me llevó a leer algunos libros ha sido la música, cuando me hice fanático del rock, primero con Sumo, Los Estómagos y los Traidores. Un día escuché a Luca Prodan que le decía a un periodista: “Yo no soy ningún boludo. ¿Vos conocés a Charles Baudelaire?”. Y ahí busqué el libro Las flores del mal. Últimamente me gusta escuchar filósofos, tanto de otras épocas como contemporáneos. Y ahí te das cuenta de que hay cosas que siguen siendo las mismas, aunque cambie la tecnología.
Mencionaste el medio siglo. ¿Cómo te llevás con esta etapa de tu vida?
Creo que me llevo bastante bien porque me hice amigo de las herramientas digitales para no depender de un estudio de grabación ni del dinero, y para tener la libertad de poder estar grabando siempre algo. Y estoy en un momento lindo porque tengo mi lugar para ensayar –ya pasaron aquellos años de ir a una sala de ensayo–, que al mismo tiempo es un estudio de grabación. Entonces, es un lujo para mí cerrar la jornada así: ceno con mi familia y después me voy para ahí y soy feliz. Ahora estoy preparando un disco de folclore y cosas acústicas con Pecho e' Fierro.
Además tuve el honor de que me invitaran a participar en un disco de homenaje a Aníbal Sampayo, y en agosto voy a ir a tocar a Paysandú, en la fecha en que se cumplen 100 años de su nacimiento. El disco va a ser de temas inéditos. Me contó la gente de Paysandú que cuando Sampayo grababa un disco, si quedaban diez temas, él tenía 20 prontos, y todo eso quedó guardado. Allá, el año pasado, estuve con un guitarrista que tocaba con él y me mostró los punteos que usaban y que yo escuché tantas veces en sus grabaciones.
Y otra cosa importante de este momento es que nunca imaginé que iba terminar los estudios. Me quedo un poco triste porque mis viejos no lo van a ver, se me fueron hace dos años. Ellos siempre me dijeron: “Leo, tenés que terminar el liceo”. Así que, si de algún lado me están viendo: “Este año lo termino”.
Musicalmente con la banda siempre jugaron con lo criollo y lo urbano, sin identificarse con una sola cosa, pero leyendo las letras de este disco nuevo, salvo alguna excepción, la temática es muy urbana, la del hombre de la ciudad.
Es que a veces hay una confusión: tener voz de paisano no quiere decir que trabaje en la tierra o que viva en el campo. Yo soy del interior, de San José. Hasta los 17 años viví ahí, pero siempre viví en la ciudad de San José. Nunca viví en el campo. Lo más cercano a eso fue cuando yo tenía 14 años, cuando atendíamos un bar a medias con mi padre en Rincón del Pino, en el medio del campo. Ahí estuve como siete, ocho meses, y un día una vecina me prestó un caballo, y yo para hacerme el campeón me subí. Nunca había andado a caballo, no sabía cómo pararlo, me corrieron con una moto al lado y yo le apretaba la rienda y lo soltaba. Entonces iba cada vez más rápido, tenía que apretar la rienda. Por allá entendí y pude frenar el caballo. Así que dije: “No”. Después trabajé en el campo, en Granja Mía. Aguanté hasta el mediodía y renuncié.
Pero más allá de tu vida, tu poesía refleja una identificación recurrente con ese personaje que transita la ciudad.
Sí, claro. “Cantor de la calle” o “Galopera”, que aunque dice que “vamos galopeando sobre la rueda”, como una metáfora con el galope del campo, es una canción urbana.
Y en este nuevo disco aparece “Callejeros”.
Y es que tengo toda una historia: 30 años trabajé como músico callejero. Todos los días.
Toda una vida.
No puedo creer todos los años que pasaron. El primer trabajo que tuve fue en un supermercado. Trabajé en un bar, en una metalúrgica, tuve un carro de chorizos y trabajé en el puerto haciendo carga y descarga. Ahí me destrocé un poco. Después trabajé en la construcción y me destrocé otro poco. También fui vendedor de libros puerta a puerta.
¿Qué recordás de cuando viviste en un hotel en Pajas Blancas?
Cuando me vine para Montevideo, primero viví en Casabó. Después me vine a una pensión en el Centro, donde compartíamos una pieza con ocho personas, y de ahí me fui al hotel de Pajas Blancas. Ahora está todo tapiado. Había tenido su momento de gloria, pero cuando llegué era la decadencia. Ya estaba embargado por el Banco República y entonces se había metido gente que te cobraba alquiler.
En el poco tiempo que estuve dos personas murieron. Una que estaba en la pieza de enfrente se pegó un tiro y a la otra la fueron a robar y la mataron en la puerta. Y ahí me mudé. Dije: “El tercero puedo ser yo”. De noche sentías las puertas crujir. Era de película.
Volví al Centro, pero no me hallé. Me sentía asfixiado. No ves el horizonte. Y me volví para el Cerro.
¿Ahí encontraste tu lugar en el mundo?
Sí. Ahí me junté con mi compañera, me casé, tengo mis dos hijos y ahí vivo. Como decía un amigo deudor del banco: “Por suerte ya no pago alquiler y pago la cuota del Banco Hipotecario”. Vivo en una de esas casas viejas hermosas que hay en el Cerro. La verdad es que no me puedo quejar.
¿Tenés alguna creencia religiosa?
Cuando me asusto creo en Dios, cuando estoy tranquilo soy ateo. Pero no soy católico ni agnóstico ni nada. Tampoco diría que soy ateo, porque a veces le pido a Dios que me ayude. Pero no rezo ni voy a la iglesia, y el dios en el que yo creo no es católico, ni musulmán, ni árabe, ni judío, ni nada.
Me consta que hay mucha gente que se ha apoyado en la música de Pecho e' Fierro en momentos difíciles. Supongo que ese tipo de mensajes de reconocimiento te llegan directamente.
Sí, me han dicho cosas increíbles. Uno a veces piensa que lo nuestro puede ser no tan divertido por las cosas de las que hablamos y que vaya a saber qué destino tiene. Hay un psiquiatra, por ejemplo, que me ha escrito para contarme que ha trabajado con las canciones de Pecho e' Fierro. Y así muchas personas se comunican con nosotros y nos transmiten lo bien que les hace escucharnos. Para mí sigue siendo una sorpresa poder cumplir con esa función.
Foto: Alessandro Maradei
En “El Ave”, participa Julio Víctor González, El Zucará. ¿Cómo surge esa canción?
“El Ave” nació un día que fui con mi familia al río Santa Lucía, en el pueblo de Canelones, no en La Barra, aunque es el mismo río. Hay tardes a veces en el río Santa Lucía, y en todos los ríos, que son impresionantes. Cuando ves que el agua está como un plato, que sentís una gran calma y solo escuchás montones de pájaros, pero no ves ninguno. Y ese día estaba el sol brillante y la temperatura era perfecta; con el aire cálido pero que no te mataba. Era como estar en un nirvana, o como decía Luca Prodan cuando hablaba de su adicción a la heroína, que sentía que estaba en el útero de su madre. La canción habla de esa paz de la naturaleza, del canto que se escucha en el monte, pero que no se ve. Ese día me quedé con eso y me puse a escribir.
¿Y cómo se dio el encuentro con El Zucará?
Tengo un amigo que lo conoce, le pedí el teléfono y le escribí. Me dijo que conocía a la banda y que le gustaba lo que hacíamos. Y que además valoraba cuando aparecían autores. Le mandé la canción, la grabó allá en Rocha, y me la mandó. Es un lujo tenerlo. En ese tema también participan un vecino, Fabián Pintos, que tiene una banda que se llama La Vieja Estirpe, y toca el bombo legüero, y mi amigo Alexis Martínez, que toca el violoncello.
¿Te interesa la política?
La política, sí. Soy un consumidor de programas de filosofía y de política.
¿Cómo ves esta realidad de Uruguay?
Es difícil leerla. Habrá gente más perspicaz o con más tiempo. Un poco te tiembla el piso cuando ves las cosas que se pueden hacer con la inteligencia artificial y cuando te enterás de que hay un porcentaje de la música que se escucha en las plataformas digitales que es música artificial. Y pienso, ahora, cuando vaya a ver una obra de teatro o una película: “¿Quién habrá hecho el guion?”. Nos sacan el lugar de la creatividad al ser humano, pero tampoco hay que tenerle miedo. La otra vez escuché a Miguel Brechner decir que la inteligencia artificial es una pinza más, pero yo cuando utilizo esa pinza, después voy a verificar lo que dice en el libro.
Y el momento político lo veo complicado. Hay gurises que no saben las cosas del pasado reciente, por ejemplo. Yo lo compruebo con mis compañeros de clase en el liceo, que son gurises de 17 años. Yo tengo 54 y cuando digo que soy metalero y nos ponemos a conversar, te hablan de Metallica y de otras bandas, pero hay gurises que no conocen a Black Sabbath y Deep Purple.
Por otra parte, me preocupa la tendencia política que se alimenta a través de las redes sociales donde están metidos todos los gurises. Hay un flechazo para una dirección, digamos, derecha, y así inconscientemente le van metiendo muchas cosas a la gente. Todo eso me preocupa y hay que estar alerta. De eso también hablan las canciones de Pecho e' Fierro. Uno tampoco puede aislarse de esas realidades, porque si quiero combatir lo que me parece que está mal lo tengo que conocer, y si puedo aprovechar herramientas como la inteligencia artificial para ese combate, mejor que las sepa usar.
Héroes poseídos, de Pecho e’ Fierro. En plataformas.