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la diaria Música

Música del futuro, desde 2009: reeditaron el segundo disco de Fiesta Animal

Experimentación de un colectivo montevideano, ahora en casete y plataformas.

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Resonancias siniestras, paisajes lyncheanos, algo que flota en la laguna mientras un Ford Crown Victoria no arranca en una cinta VHS de Ricardo Islas, Say No More con la incertidumbre de las tres de la mañana, grabaciones de otro cuarto rojo, y todo por la misma banda: Fiesta Animal.

Comenzaron en 2005, cuando Martín Tony Canova y Julia Saldain se juntaron a tocar en la casa de ella hasta hacer de esa rutina un ritual de lo inesperado. Amigos y vecinos de La Comercial, él era un bloguero (Kill Your Taste) con intervenciones en la prensa, desde sus primeros pasos en la revista sociocultural Son hasta los últimos para Ruta 66, una clásica publicación española dedicada al rock. Saldain estudiaba diseño gráfico, “un poco por descarte, otro poco para hacer algo porque no había terminado el liceo”, y era habitué del hall de Forestier Pose, que visitaba cuando su gato Chester se fugaba al estacionamiento de la funeraria y ella aprovechaba el rescate para servirse el café que ofrecen a los deudos.

La tercera pasajera en arribar fue la artista visual Antonella Moltini; su incorporación amplió la paleta sonora (confinada a guitarra, bajo, batería y teclado) cuando viajó a China por asuntos laborales y compró nuevos instrumentos que tampoco sabían tocar. Sumaron percusiones estrambóticas, pedales baratos y unos teclados “medio de juguete”, a tono con el espíritu de Fiesta Animal. Aquella casa de altos, ubicada por la calle Nueva Palmira, era frecuentada por otros jóvenes, que en su mayoría vivían con sus padres, y varios participaron en esas sesiones musicales. De ese modo se sumaron al tridente fundacional conformado por Adriana Navarro, Ana Arioni y Pablo Xavier en la primera alineación del grupo.

En 2009, tras grabar sus primeros discos, Fiesta Animal cambió de formación: salieron Arioni y Xavier, entraron la escritora Gabriela Escobar y Pablo de Vargas (conocido como DJ Lechuga Zafiro), que primero se postuló para hacer el sonido, pero después ocupó la batería. Ellos grabaron el álbum Fiesta Animal II, que hace unos meses editó en casete el sello argentino Prius Discos.

Walter Zenker, encargado del sello, quedó sorprendido ante “una expresión muy adelantada para ese tipo de música en América del Sur, fresca, y la grabación de este disco estaba muy bien”. Canova le ofreció encarnarlo en una cinta, pues hasta aquí era el único que no contaba con edición física, y además tenía la peculiaridad de salir del lo-fi gracias a la producción del no menos galáctico Juan Branaa.

El último track de esta reedición reúne grabaciones inéditas del grupo, entre aullidos fantasmagóricos, atmósferas turbias y ritmos tribales suburbanos con graves percusiones espaciadas. Sobre el final del tema subyace el cadáver exquisito compuesto por Escobar y Canova, puestos a encarar un collage con el nombre de canciones del grupo que suenan leídos por la cineasta Mariana Viñoles.

¿Cuál es tu rock?

Más bien instrumental, este colectivo experimental suena como una ensoñación lo-fi germinada en un sofisticado orfanato conformado por niñeces en la suya, pero conectadas vía telepatía sónica. Las pistas cantadas suelen quedar en segundo plano, con el delay de otro más allá desde donde resuenan letras propias y ajenas, siempre sorprendentes, como un pasaje de “Mi papi no te quiere”, de Los Brujos, versionado en “Eludiendo escones”, de su ópera prima Gel de balística (2007).

Al principio, los Fiesta Animal registraban sus ensayos en casete, elegían las mejores tomas de cada tema y editaban los álbumes; no había pistas ni nada que mezclar, y rara vez incluían algún overdub. El proceso que iba de la creación a la recepción del público era inmediato: “El primero eran improvisaciones y el segundo tenía composiciones, pero el sonido era el mismo, casete grabado al aire”, dice Canova al comparar Fiesta Animal II con La fórmula secreta de la Coca Cola, de 2008.

La cantidad de discos creció a tasa china cuando grabaron 50 cedés con música y tapas diferentes, puestos en venta a 50 pesos. Por entonces, el desarrollo de las primeras plataformas digitales favoreció la difusión del grupo que llegó a oídos de Julia Adamson, extecladista y guitarrista de los británicos The Fall, quien los incluyó en un compilado de MySpace. “Nos agarró en una época de internet, mediados de los 2000, con la transición del formato físico al digital. Era fácil hacerte escuchar afuera por redes sociales como MySpace y sacar discos de manera casera. Había muchos sellos editando bandas de cualquier parte y al mismo tiempo era medio nicho, porque no todo el mundo de la música se sentía atraído por internet. Tampoco éramos tantos como ahora, que es imposible no existir en internet”, apunta Canova.

Moltini distingue las etapas del colectivo: “Primero era muy abstracto, sin forma y libre, como un free jazz ruidoso interpretado por gente que no sabía tocar bien ni sabía lo que era el free jazz. Después nos aproximamos a la idea de canción y estructuras más convencionales, a componer y grabar más profesionalmente, pero nunca llegamos del todo a ese formato”. Escobar destaca la improvisación del grupo, que implica la rotación de instrumentos entre sus integrantes: “Algunas músicas tenían más estructura que otras. Me abrí a nuevos modos de hacer, y a integrar el error hasta volverlo parte fundamental del todo. Era un sonido crudo, predominaban el ritmo y la textura por sobre lo melódico, las letras eran fantasmagóricas y obsesivas”.

Navarro siente ese encare mutante como parte de su esencia: “Siempre me gustó hacer lo que no sé hacer y lo que incomoda, eso me enseñó a nunca quedarme quieta. En Fiesta Animal se vivía un ambiente de sensaciones sin restricciones”. Por su lado, Zafiro destaca que este grupo profundizó su espíritu experimental y resalta que aquella exploración sumada a su curiosidad por los ritmos latinoamericanos, representa parte de su identidad musical. El DJ recuerda esa época “muy de nostalgia montevideana mezclada con locura. La banda era un buen balance entre proponer una visión artística y diversión”.

Acerca del estilo de Fiesta Animal, Canova enfatiza que su actitud era de rock: “Rock raro. Punk rock. Lo que quieras, pero rock. No pensábamos mucho, solo íbamos para adelante”.

Nos hemos hecho mayores

Gente joven que hizo cosas entre 2005 y 2010, pero solo se presentó frente al público durante dos años y en ambas márgenes del Plata: “Los toques eran una especie de trance colectivo, algo quizás dionisíaco, se bailaba mucho”, evoca Escobar. Los invitaban a espacios de música experimental, pero nunca se sentían totalmente cómodos. Canova describe al público que iba a verlos como “gente rara, callejera y refinada”, y para muestra bastan dos recuerdos.

“Una vez se me acercó una mujer de unos 30 años, muy intensamente 30 años, embarazada, con una clara intoxicación de alguna sustancia. Me dijo que estaba por parir, necesitaba ayuda y no sabía a quién pedirla, cuando me vio en la calle pensó que podía colaborar: ‘Me acuerdo de vos; tocabas en una banda y la cantante era una bruja que se comunica con otros mundos en trance, entonces me podés entender y ayudar’, me dijo”. No menos sorprendente fue cuando “un pibe con los cables mal conectados se acercó a decirme que mi banda le había cambiado la vida, entonces como agradecimiento y para hacer un pacto espiritual, teníamos que intercambiar la ropa que llevábamos puesta y se empezó a desnudar con esa intención”, recuerda.

Tras publicar más de medio centenar de discos (algunos editados en Canadá, Grecia, Estados Unidos y Argentina), cada integrante del grupo se abocó a nuevos proyectos artísticos. Ahora Canova escribe un guion, una novela y toca en Los Gritos junto con Valentina Zerep, con quien suelen ensayar en la calle. Saldain vive en Buenos Aires, donde terminó de cursar un programa de cine experimental en la Universidad Di Tella y se desempeña como artista visual.

Moltini también se desarrolla en esa área “pero bastante mezclado con la fotografía. Hago collages, instalaciones, a veces soy DJ”. Tras el final de Camposanto, su dúo con Canova, volvió a la música con un nuevo proyecto que se llama DINERO, en el que combina sintetizadores, poesía y bandoneón.

Por su parte, Navarro armó tres sets y empezó a tocarlos en eventos de arte, música y moda. “En Buenos Aires me invitaron a tocar como DJ y a meterme en ese mundo. Me fui más a lo sudaca con ritmos de percusión y rimas pegadizas sin dejar mi naturaleza”. De Vargas se desempeña en ese mismo rubro, graba sonidos para convertirlos en música que publica y toca por el mundo en vivo o como DJ. Escobar se dedica a escribir, participó en antologías colectivas de poesía, su novela Si las cosas fuesen como son (2022), ganó el premio Juan Carlos Onetti en narrativa y fue publicada en Chile y España. También es docente y mantiene el gesto de la percusión en sus manos sobre cualquier superficie.

La edición en casete de Fiesta Animal II trae al presente a un grupo que siempre pareció del futuro y ahora baja del DeLorean, cuando su música suena todavía más adecuada para esta era del “ponele experiencia a todo”. Por encima del alto voltaje sensorial que despliega este colectivo artístico, su mayor legado tal vez lo revele Canova mientras mira por el espejo retrovisor: “Se puede llevar adelante un delirio hasta el final y convertirlo en algo real”.

Fiesta Animal II. Prius, 2025. En casete y plataformas.

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