la diaria Música

Foto: Javier Calvelo

Relojeando el tamboril: Rada y la música como pulsión vital y lúdica

La habilidad innata y el hipnotismo espontáneo de un creador integral.

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Hay una leyenda sobre Mozart que debe ser falsa, pero esas suelen ser las mejores: un adolescente se le acercó después de un concierto y le preguntó cómo se componía una sinfonía. El genio de Salzburgo le contestó que tenía que esperar muchos años para semejante empresa porque era demasiado joven. El muchachito, atónito, se quejó de que le respondiera eso justo él, que compuso su primera sinfonía a los 8 años. “Pero yo no tenía que preguntar cómo”, le retrucó Mozart.

La habilidad innata para crear música, como una pulsión vital que no se puede diagramar en diez pasos cual armado de un ropero de MDF, es lo que hacía único entre los únicos a Ruben Rada. Como instrumentista tocaba percusión, en particular, las tumbadoras, una especie de anexo rítmico de su cuerpo; no sabía de instrumentos capaces de sacar notas –ya sea la guitarra, el piano o afines–, pero tenía una capacidad envidiable para parir melodías con la voz, cabalgando sobre su rebosante sentido del ritmo, para lo que tampoco hay manuales.

En la década del 90, en la escuela República Argentina –como en cualquier otra institución de primaria, supongo–, nos hacían cantar alguna que otra canción de vez en cuando. Con el pasar de los años, los dolores del crecimiento y el entrenamiento del oído filtraron varias de aquellas canciones, sobre todo las infantiloides, pero otras, que ya me pegaban de niño, se hicieron todavía más grandes. Una de las elegidas para toda la vida fue “Tengo un candombe para Gardel”, de Rada, que salió originalmente en el disco La yapla mata (1985) –el título es una de sus tantas “radeces”–.

[El músico contó en varias oportunidades]https://ladiaria.com.uy/articulo/2015/3/alegre-caballero/) que la letra la escribió de un tirón porque básicamente describió lo que vivió con los muchachos de la barra callejera, que se sentaban a cantar en la vereda, con tambores, algún tango de Gardel. Si bien el ritmo ya te atrapa al medio compás y la melodía vocal es harto recordable, siempre me vuelve el pinchazo del riff introductorio, porque es el candombe hecho voluntad melódica.

Aunque Rada pinta trazos de tristeza (“y hablo de un tiempo que fue muy gris/ con la pobreza cerca de mí/ solo su voz me ponía feliz”), su música desborda regocijo. Ese es otro punto de su obra, pero también de su persona: era un alegre caballero, una rareza en esta penillanura levemente embolada y gris –no en vano también supo trabajar de humorista en televisión–.

Rada también tenía –y se notaba mucho en las infinitas notas que dio; fue el músico más entrevistado de la historia de este país– una cuestión lúdica con la música, quizás por esa aptitud innata, y puede ser la razón por la que nunca le faltaba alegría. En Más allá del bien y del mal (1886), Nietzsche escribió que “la madurez del hombre consiste en recuperar la seriedad con la que jugaba cuando era niño”. En ese sentido, Rada fue el músico más maduro de este país.

La veta lúdica también incluía jugar con los géneros, como en la versión milonguera de la canción gardeliana que grabó para el álbum Tango, milonga y candombe, de 2015. Al final, como si nada, la une con el clásico “Milonga sentimental”, que cantaba don Carlos, y así escenifica lo que hacía con la barra callejera.

Pero era todavía más juguetón en vivo, sobre el escenario. Hay un momento rítmico de Rada al que siempre vuelvo obsesivamente: la versión de “Botija de mi país” del recital de Opa de octubre de 1987 en el Teatro de Verano, que tiene un arreglo ausente en la original, del disco que grabó con Eduardo Mateo. Esa versión está incluida en el disco En vivo (1988), que hace pocos años se subió a plataformas digitales. En la coda, Hugo Fattoruso tira una melodía caminante con su teclado que Rada dobla con la voz –o viceversa–, mientras les da a las tumbadoras y Osvaldo Fattoruso hace lo propio en la batería. Así se arma un tuco rítmico tribal y sideral, de danza espacial, que desprende eso que tampoco se puede explicar llamado swing.

También está el groove, que a veces se usa como sinónimo de swing, pero estrictamente no lo es: la sensación expansiva de la música, como la que despega de “Llévele este pollo al maistro”, que Rada grabó en Buenos Aires para su disco con Conjunto S.O.S., lanzado en 1976. Es un blitzkrieg de ritmo pegadizo, al punto de que mientras escribo estas líneas todavía lo tengo en la cabeza y en el cuerpo.

En su nuevo espectáculo en vivo, que estrenó este año, Fernando Cabrera interpreta una versión de “Quién va a cantar”, del álbum homónimo de Rada, que más de una vez fue desvalorizado por cierta parte de la inteligentzia musical. En su forma de interpretarla, sin embargo, queda al descubierto la riqueza armónica de la canción. Porque a veces, al escuchar a Rada, su melodía vocal puede hipnotizarnos y distraernos de todo lo que pasa por debajo de ella. Porque Rada sabía componer, cantar e interpretar, y nunca tuvo que preguntar cómo.

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