Saltar a contenido
Cultura Música
Foto principal del artículo 'Hasta el infinito: por qué Rada fue un genio' · Foto: Ricardo Antúnez

Foto: Ricardo Antúnez

Hasta el infinito: por qué Rada fue un genio

Música e idiosincrasia de un creador que demoró en imponerse en su país.

Ruben Rada vivió en estado de música constante. Nació en 1943 y una década después ya participaba en carnaval con la murga La Nueva Milonga o con Morenada, la comparsa del Sur integrada por sus tíos, los Silva. Más allá de la teoría independentista a la que nos afiliemos, la trayectoria artística del Negro representa un tercio de la historia de la República Oriental del Uruguay.

A lo largo de esos 70 años de canto hizo de todo: candombe, jazz, candombe beat, rock (en todas sus cacerolas), tango y milonga, plena, pop, son, cumbia, salsa, merengue, chachachá, bolero, flamenco, rap/trap/hip hop, blues, soul, samba, bossa nova y cualquier cosa que algún grupo humano haya estandarizado en patrones rítmicos y sonó en este planeta. Alguna vez declaró que cuando descubrió el término “world music” sintió un gran alivio, porque eso era lo que lo representaba.

Creció en tal vez uno de los peores contextos sociales posibles de su tiempo y se abrió paso. Nunca dejó de reivindicar su origen humilde y lo hizo sin victimización ni golpes bajos. No hubo una entrevista de las miles que dio –porque siempre estaba dispuesto– en la que, en algún momento, entre bromas y anécdotas desopilantes, no dedicara alguna reflexión al periplo de la comunidad afrouruguaya. Sus letras también fueron testimoniales.

Fue autodidacta y aprendió de cada músico al que se arrimó. Desde Pedro Ferreira, a quien, aseguraba, le había robado todos los piques, pasando por sus compañeros de los Hot Blowers, donde conoció a Hugo y Osvaldo Fattoruso, dos músicos fundamentales. Comenzó imitando cantantes hasta que destiló de cada corriente su esencia, como hacía con los aromas Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de la novela El perfume, de Patrick Süskind. No hubo una entrevista de las miles que dio en que no cantara algo, las palmas marcando el pulso en la mesa o en su pecho, mientras casi como un trance salía con una de sus tantas voces. La música le brotaba; era, más allá de la palabra, su lenguaje, su modo de comunicación. Parafraseando a Walt Whitman, podría haber declarado “canto porque contengo multitudes”.

Integró, junto con Eduardo Mateo, entre otros, El Kinto Conjunto –pioneros del candombe beat–, luego Totem, que en la antesala de los años oscuros revolucionó la escena local con su fusión de rock con influencias latinas. En Argentina formó S.O.S y La Banda, proyectos de culto destacados por músicos como Luis Alberto Spinetta y Charly García. En el medio tuvo tiempo para peregrinar por el mundo y recalar en Estados Unidos para unirse a Opa, el legendario trío de los hermanos Fattoruso y Ringo Thielmann.

Grabó decenas de discos, colaboró con tantos artistas de todas las comarcas que listarlos sería interminable. Vivió en Argentina, en Europa, en Estados Unidos, en México, nunca dejó de componer, pero, como él mismo decía, no hizo un peso. Cuando emprendió el regreso a Montevideo, con casi 40 años de carrera, su meta era comprar una casa para su familia. En 1996, cuatro años antes de la explosión popular tardía tras el éxito del disco Quién va a cantar, el musicólogo Coriún Aharonián argumentaba que la falta de reconocimiento masivo del autor de “Las manzanas” era producto del racismo latente en nuestra sociedad, que lo había segregado a personaje simpático y gracioso, a bufón del pueblo, antes de que tomáramos dimensión como sociedad del genio artístico que era.

Resiliencia y humor

La vida de Ruben Rada, o, por lo menos, la manera en que eligió contarla, es una comedia de enredos, un guion desopilante que pide a gritos adaptación a la pantalla en esta era de series y plataformas. Desde cruzar fronteras indocumentado haciéndose pasar por caníbal a olvidarse el premio Grammy a la excelencia musical en un taxi en Las Vegas, pasando por su encuentro con Mick Jagger en el cumpleaños del Lobo Núñez, su eterno escudero. Ese histrionismo tan natural como su “don” del canto también fue una herramienta de laburo desde siempre y, por qué no, un mecanismo de defensa. Amenizó fiestas, participó en ciclos televisivos, hizo cine, fue conductor de radio y televisión, cantó y actuó para las infancias con su Rada para niños. Nunca se la creyó, siempre tenía uno o varios proyectos por delante.

Más allá de la dimensión de su figura, Rada era un vecino más de Montevideo: lo podías encontrar en la tribuna Olímpica o caminando haciendo mandados por el Centro. Hablaba públicamente de su familia, dándoles para adelante a sus hijos, así como a cientos de colegas emergentes. El chimichurri, las vicisitudes de la paternidad, las dolencias de la vejez: hasta sus últimos días, el hombre que se había convertido en una leyenda planetaria seguía mostrando su costado más humano. En una de sus últimas entrevistas con Carlos Dopico en la diaria Radio, ahondó sobre su relación con Jaime Roos –quien siempre lo consideró un faro– y sus años de distanciamiento. “Te pido disculpas, Jaime; en esa época era un tarado, ahora me destaré”, declaró.

A la hora en que Omar Ruben Rada Silva dejaba este plano de la existencia, en la Escuela Experimental de Malvín un grupo de escolares, sin saber la noticia, cantaba “Mi país” en una actividad curricular, como lo vienen haciendo hace años en cada escuela de la penillanura, porque a Uruguay le brota Rada por todos lados. Tras conocerse la noticia, en la noche, una multitud se congregó de manera espontánea en los barrios Sur y Palermo, así como en otras latitudes. Una llovizna mansa de tambores que resonó hasta entrada la medianoche como un rezo ante la partida del prócer. El gobierno declaró duelo nacional y el jueves sus restos fueron despedidos en el Palacio Legislativo. El tipo que a mediados del siglo XX no podía ingresar a algunos espacios por su color de piel fue despedido en la casa de la República. El bufón y su última chanza.

“Se fue otra estrella, el más completo del mundo, el Atlas de la música. Mi hermano mayor. Gracias eternamente”, escribió el miércoles el Lobo Núñez en su cuenta de Instagram, junto con un par de fotos que los muestra abrazados, felices, resilientes. Se fue el atlas de la música, el perfumista de melodías, el más hilarante de los frontman, el monje de las tumbadoras, el Negro Rada, un mojón ineludible de nuestra cultura popular. Gracias por tanta música, Ruben. Te cantaremos hasta el infinito.