Y ahora ¿qué vamos a hacer? O mejor, y ahora ¿qué vamos a ser? “Murió Uruguay”, escuché el miércoles de tarde por 18 de Julio ni bien se conoció la noticia. Entrada la noche del miércoles alguien reenvió por Whatsapp: “Nos juntamos a despedir a Ruben Rada”. Y Fernando Lobo Núñez escribió la mejor dedicatoria de todas: “Se fue el Atlas de la música”.
A eso de las nueve de la noche, en la esquina de Isla de Flores y Minas, se llenó de gente, con un público relativamente más joven que el que se junta los domingos alrededor de los tambores que salen en Palermo y Barrio Sur. No demoraron en aparecer dos cuerdas y más gente. La multitud salió en dirección a la Ciudad Vieja, en una cantidad tan grande como la que ocupa la calle al final de las llamadas de febrero, cuando el personal de seguridad termina su turno y la fiesta se libera y sigue por unas horas más.
“Siempre soñé con estar cerca de los tambores. Cuando era chico me iba a tocar los tambores en Palermo en Nochebuena, Navidad y Año Nuevo, y vivía por Avenida Italia y Larrañaga, en Washington Beltrán. O sea que recién a las 11 y media, cuando terminaban los tambores, nos volvíamos corriendo, todos transpirados, para comer con mi vieja. Después ya no salíamos a ningún lado porque estábamos muertos. Dos horas tocando los tambores, saludando amigos; era la época en que la gente salía de las casas y te convidaba con sidra, con todo, era terrible. Pero llegábamos corriendo. Ahora, ni con Uber”, relataba Rada con gracia en una entrevista con la diaria en plena pandemia.
El futbolista que no fue
La primera vez que lo vi de cerca salía del estadio Centenario junto con su hijo Matías después de una derrota nocturna de Peñarol, de las pocas en la época del segundo quinquenio. Caminaba como uno más de los hinchas aurinegros por el parque Batlle. Sus championes deportivos coloridos y con cámara de aire eran de un modelo espectacular.
“Yo era jugador de fútbol, vivía a cinco cuadras del estadio”, contaba. Y que había visto de al lado a Roque Gastón Máspoli, Obdulio Varela y Alcides Ghiggia. “Era de los que alcanzaban la pelota. Antes nos llamaban los sanforizados. Nunca pagué entrada, nos colábamos como locos con mis hermanos”, me contaría años después.
También me contó cómo se hizo hincha de Peñarol: “Lo mío fue raro, porque mi madre tenía un amigo que se llamaba Omar. Él me llevaba al estadio y me hizo hincha de Nacional. Y un día, en unos Reyes, mi madre y mi tía, que eran hinchas de Peñarol, sacaron un crédito en Aliverti e hicieron una cosa increíble: compraron para los cinco chiquilines todo el equipo de Peñarol. Todos se pusieron el equipo y el equipo mío estaba ahí en la cama. Yo lo veía brillar, mientras escuchaba a mis hermanos que ya estaban jugando a la pelota en la calle. Agarré y me puse la camiseta. A mí siempre me había gustado más Peñarol y desde ahí me hice hincha”.
Un uruguayo ejemplar
Una de las últimas veces que lo vi fue en la peatonal Sarandí. No paraba de sacarse fotos con transeúntes y con los niños de una escuela con los que improvisó un coro al ritmo de “Mi país”. También con la maestra de esa clase, un vendedor de alfajores y el personal de una óptica, con funcionarios de la intendencia y con aficionados cargados con discos para firmar.
Alrededor estaba su familia. Bromeaba, como siempre, con sus achaques y para desarticular las solemnidades que debía soportar y a las que se había acostumbrado después de tanto homenaje. Esa tarde de octubre de 2024, la Junta Departamental de Montevideo lo sumó al Espacio de los Soles con la instalación de una placa que lleva su nombre sobre el pavimento.
“Con tambor o sin tambor, hemos pasado por acá con los muchachos de Cuareim cantidad de veces”, recordaba Rada sobre sus vueltas de andar a pie atrás del mango. Volvió a contar ese relato, otra vez, en el Café la diaria, frente al Solís. Era una forma natural de refrescar sus orígenes, sin ninguna intención de ufanía heroica, más bien como uno de los sufrimientos originales que formaban parte de su identidad.
“Quiero agradecer a todas las personas que me ayudaron cuando arranqué con la música: el gordo Bachicha [Daniel Lencina], Cacho de la Cruz, los hermanos Fattoruso, toda esa barra que creyó en mí”, dijo aquella tarde en la peatonal. “Me siento muy feliz de ser parte de la música uruguaya. Berretines no tengo, salvo la pilcha y el pelo, pero realmente soy un tipo sencillo”, decía, con sinceridad.
Lo de Ruben Rada, una influencia ineludible en la identidad uruguaya, no fue solo producto de su genio artístico, plasmado en una obra musical muy grande y diversa respecto de la que ya habrá tiempo para volver con mayor detalle. Su figura dentro de la cultura local solo se entiende a cabalidad en el marco de un discurso, una actitud y una apuesta –o bandera– que sostuvo durante toda su vida y con la que conquistó hasta a los más retrógrados.
La admiración que despertaba su presencia, ya no como cantante sino como conciudadano, y el humor desafiante y amoroso con el que llamaba la atención nos permitían creernos menos grises y menos miserables, menos racistas y conservadores que lo que en realidad somos.
Ese “Negro” de su identidad pública que dejó habilitado para los confianzudos y del que los argentinos a veces, quizás sin quererlo, abusaban un poquito (otra de sus herejías era decirle “Rubén”) también era parte de su dialéctica continua y nada casual. Se reía de sí mismo, sí, y de su negritud, había sufrido el racismo desde su niñez y, si lo sobrellevó, no fue porque no la pasara mal. A su manera, con o sin humor, con o sin música, confrontaba todo el tiempo con el tema puesto sobre la mesa. Entre muchas acciones en ese sentido, en 2013 apoyó la campaña “Borremos el racismo del lenguaje”. “Cuando yo era pequeñito/ me ponían a trabajar/ como blanco chiquitito/ dale dale sin parar”, ironizaba en su canción infantil “Porfi Ru”.
Calle Isla de Flores, el 26 de agosto, en Montevideo.
Foto: Ernesto Ryan
Encima, de chico había estado muy enfermo de tuberculosis. Lo llevaron al hospital Saint Bois cuando tenía 2 años y permaneció internado otros dos, cuando no existían los derivados de la penicilina: “Me daban inyecciones de hierro, aceite de bacalao y cubos de churrascos”, dijo en la autobiografía Rada, que publicó junto con Fernando Peláez, y veía a diario a los que se iban muriendo en las camas cercanas. Su madre Carmen era la única que lo iba a visitar. “Si te tocaba a vos, no quedaba nadie al lado tuyo”.
Amado John
Además de salir con Morenada y La Nueva Milonga, de sumarse a los Hot Blowers y El Kinto, durante los años 1960, conquistado por los Beatles, Rada se había hecho hijo de la cultura hippie y el flower power. Esa condición estética e ideológica que nunca abandonó y que incluso potenció lo hacía un uruguayo raro de encontrar.
“Hay otra cosa que no me gusta”, me decía en una entrevista para Lento, después de referirse a los músicos que no conectan con la gente en un concierto. “Si vas a ver a los Rolling Stones, o al que sea, siempre están con su pilchita: un saquito bordó, un pantalón rojo. Acá en los conciertos los grupos uruguayos de rock están con las mismas remeras negras que la gente en el público. Lo mismo pasa con los grupos de folclore. ‘¿Qué nos ponemos? Camisa negra’. Eso me mata. En una época me decían que yo era un carnavalero o un payaso arriba del escenario. Tendrían razón, pero lo que yo vi en el mundo es que, aunque vos estés hablando del Che Guevara, la revolución o los muertos, no tenés por qué estar de negro”.
Muchos más sabrán que en ese mismo sentido, con “Muriendo de plena”, aprovechó para dejar escritas las indicaciones funerarias menos lúgubres en la historia de la ROU: “Cuando yo me muera, no quiero llanto ni pena/ Prefiero que se me vele bailando una rica plena/ Y si no me muero, tampoco me hago problema”, y que con el clásico “Ayer te vi” ya había instalado la frase “no te vas a morir/ porque a vos te dé la gana”.
Como “hincha de John Lennon”, le compuso “Lovely John”, “porque fue el único beatle que hizo en la vida lo que cantaba. Era más importante que el presidente de la República, y por algo de eso fue que lo mataron, porque aunque no creaba conflictos era conflictivo”, explicaba, y la definición bien cabe para el propio Rada, si se piensa en su faceta política, no panfletaria, desde los días en que compuso “Biafra” y “Dedos”, entre muchas piezas fundamentales de sus años con el grupo Totem.
“Fuimos con camisa mao y botitas largas como en los 60/ a la fiesta de John Lennon que se había armado en el parque mundial/ Gente de todos colores y distintos credos se daban la mano/ A coro todos decían ‘que viva John Lennon, lo más grande que hay’”, imaginaba para rendirle homenaje a su colega beatle.
La mirada política
Entre el músico, gran cantante, percusionista, animador, comediante, escritor, el Rada político está a la vista en el mensaje de sus letras. En su vida pública en los últimos años acompañó al Frente Amplio e hizo amistad con Pepe Mujica y Lucía Topolansky, y los íntimos saben que venía de una raíz batllista. “En mi casa éramos todos de Peñarol, Gardel y Batlle a muerte. Yo de chiquito llegué a conocer el gobierno de Luis Batlle Berres”, afirmaba, entre recuerdos de su niñez y adolescencia y de su madre, de la que heredó el amor por “Georgia on my Mind”, de Ray Charles, su canción preferida de todos los tiempos.
“Mi vieja era melliza con mi tía María. Maravillosas mujeres las dos”, recordaba la vez que sacó un disco en portugués dedicado a su madre. “Mi abuela Antonia se peleó con el marido en Brasil y se vino para acá con cinco hijas: mi madre, Carmen María, y mis tías María del Carmen [la otra melliza], Eudosia, Rumualda y Ramona. Cuando Antonia llegó acá, se fue a Pocitos y las colocó a todas como sirvientas en distintas casas. Después, con mi madre y mi tía María vivimos siete en una pieza: el Chila, Martín, Carlitos, el Cola y yo. Y se nos murió –me enteré recién a los 15 años– un hermanito que se llamaba Juan Carlos. Teníamos un primus dentro del cuarto donde calentábamos el agua; se le volcó una olla y murió quemado. Así vivimos”, contaba.
Envío a Marte
Haría falta hablar de las canciones que les dedicó a sus hijos Lucila, Matías y Julieta, de sus años fuera del país, de la música que hizo con Eduardo Mateo y los hermanos Fattoruso, de su llegada a Japón, de cómo impulsaba a los nuevos valores como Peke 77, Facundo Balta, de este lado del Río de la Plata, y Trueno y Ca7riel y Paco Amoroso, del otro.
Después de la pandemia siguió tocando sin parar, festejó sus 80 años en el Sodre y en el Luna Park y dio grandes conciertos como el que brindó el último verano en el festival Canelones Suena Bien. Estuvo a punto de volver con Totem en modo homenaje y algo de eso llegó a mostrar con los The Rada’s Old Boys en la sala Hugo Balzo, en noviembre de 2025.
Recuerdo con nitidez ese final de concierto. Tocaba junto con el contrabajista Daniel Lobito Lagarde, el tecladista Ricardo Nolé y el baterista Nelson Cedrez. Rada se había soltado a la improvisación de un candombe jazzeado y tenía la cabeza escondida en ese sombrero tipo Gilligan. Estaba ensimismado en un swing que solo él y la compañía de esa noche podían seguir. Era esa música diabólica y tribal de Totem. Asustaba de lo bien que sonaba e imponía el respeto de un código que les era muy propio.
Si tuviera que mandar una sola cosa de su obra a Marte, enviaría su disco solista En familia, la voladora “Montevideo” de sus días con Opa (esa la descubrí como cortina de las emisiones de fútbol de Alberto Kesman en CX 22 Universal) y definitivamente “Candombe para Gardel”: “Lindos recuerdos yo tengo de él/ Y hablo de un tiempo que fue muy gris/ Con la pobreza cerca de mí/ Solo su voz me ponía feliz”, escribió con agudeza social y fibra poética.
Del Zorzal Criollo, para inmortalizarlo, se hizo típica la frase “cada día canta mejor”. En el caso de Rada, que nos había acostumbrado a unos miniconciertos en cada intervención pública –una especie de hablar cantado–, habrá que imaginar que nunca dejará de cantar.
