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Cultura Miradas
Foto principal del artículo 'Rada estaba ahí desde que tengo memoria' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Rada estaba ahí desde que tengo memoria

“Conocía su voz. Su risa. Sus manos. Esa manera de hacer convivir la tristeza con el baile, como si hubiera entendido algo muy uruguayo y muy humano”

Rada estaba ahí desde que tengo memoria. Y eso es muchísimo tiempo.

Estaba cuando yo todavía era hija y estaban todos. Cuando la muerte era algo que les pasaba a otros y una no sabía que un día iba a empezar a llevar a sus muertos consigo. Estaba cuando fui creciendo, cuando me enamoré, cuando tuve hijos, cuando armé casas y desarmé otras, cuando me fui, cuando volví a empezar. Estaba en Montevideo, en sus veredas, en el verano, en el tambor que aparece a lo lejos y una reconoce antes de saber de dónde viene.

Quién va a cantar.

Qué pregunta para hoy.

Conocía su voz. Su risa. Sus manos. Esa manera de hacer convivir la tristeza con el baile, como si hubiera entendido algo muy uruguayo y muy humano: que a veces hay que tocar el tambor justamente porque estamos tristes.

Tal vez por eso me pega tanto.

Porque yo también he aprendido algo de eso.

He llorado y he seguido. He perdido gente que era parte de mi mundo y, sin embargo, sigo poniendo música. Sigo llenando la casa de plantas, de libros, de discos. Sigo armando muebles, cocinando, caminando, haciendo planes. Sigo queriendo viajar. Sigo enamorándome un poco de las palabras y bastante de las canciones. Sigo mirando a mis hijos crecer y descubriendo, con una mezcla feroz de orgullo y nostalgia, que la vida no se detiene para esperarnos.

Y sigo poniendo un disco.

Y pienso que quizá eso sea lo que hacemos con quienes amamos cuando se van: encontrar alguna manera de volver a poner la aguja.

Una canción.

Una anécdota.

Una fotografía.

Un gesto que heredamos sin saber.

Unas manos que de pronto se parecen a otras manos.

Y vuelven.

No enteros, claro.

Pero vuelven.

Hoy miro esas manos de Rada y veo otras. Las de mi padre. Las de mis hermanos. Tal vez no se parecieran tanto. Qué importa. En mi memoria se parecen.

Y por un rato están todos ahí.

Altos, oscuritos, muertos y absolutamente vivos.

Entonces, gracias, Rada.

Gracias por haber estado cuando yo todavía no sabía cuánto iba a necesitar algunas canciones.

Gracias por Montevideo. Por el candombe. Por la alegría que nunca fue ingenua. Por enseñarnos que se puede cantar desde la tristeza sin quedarse a vivir en ella.

Gracias por acompañar a la gurisa que fui, a la hija, a la hermana, a la madre, a la mujer que soy.

Gracias por todas las veces que cantaste sin saber que, del otro lado, estabas poniendo música a la vida de alguien.

A la mía.

Y gracias por esto último, incluso aunque hoy duela: por traerme de nuevo a los míos.

Qué privilegio haber vivido en un mundo en el que estaba Rada.

Ahora habrá que aprender a vivir en uno en el que quedan sus canciones.

Por suerte, quedan sus canciones.