Fin de semana Música

Ignacio Iturria, Federico Anastasiadis, Alberto Wolf e Ignacio Echeverría.

Foto: Gianni Schiaffarino

“Tengo un asunto con el diablo”: Mandrake Wolf y Un plan perfecto, su nuevo disco con Los Druidas

Rock, blues y algo de funk, con historias como la del barco Calpean Star, se entrelazan en el cuarto álbum del grupo, que tiene la participación estelar de Walter Nego Haedo en percusión.

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“Yo estaba muy feliz con el disco que habíamos hecho, La suite de Raymundo. Para mí con eso ya estaba bien”, dice Alberto Mandrake Wolf sobre el tercer álbum que sacó con su banda, Los Druidas, en 2023, y agrega que fue “importantísimo” porque fue “hecho en sobriedad”. Además, nunca fue de darle mucha importancia a los premios “en los que no hay plata”, pero cuando ganó el Graffiti como compositor del año por ese disco quedó muy contento.

Parecía estar satisfecho y quizás podría haber llegado hasta ahí con Los Druidas; pero, ensayando, como quien no quiere la cosa, en el grupo cayeron en la cuenta de que tenían varias canciones nuevas. Así nació Un plan perfecto, el cuarto álbum de Mandrake y Los Druidas, que se publicó hace escasas horas en plataformas digitales y será presentado el viernes 9 de octubre en La Trastienda.

El disco se fue armando hace un tiempo con el entrenamiento de un ciclo de toques de cuatro jueves seguidos en Ducón –Mandrake acota que es algo raro porque ya casi nadie hace ciclos–.

De lo dicho por el músico también resuena eso de componer sobrio, así que no queda otra que pedirle que profundice: “Yo siempre tomaba para componer, y pensaba que no podía componer más si no tomaba un trago, una sustancia o algo, pero es el segundo disco así”. Aclara, no obstante, que “jamás” va a poder ser abstemio porque era “alcohólico, un adicto”. “Fui reduciendo día a día y ya hace seis años que no tomo absolutamente nada. Fue una decisión personal”, agrega.

El bajista del grupo y también productor del disco, Nacho Echeverría, cuenta que el material fue grabado en vivo en el estudio, con todos los músicos juntos, como suele ser la regla en Los Druidas. Luego grabaron las voces y alguna cosita más en la sala de ensayo-estudio ubicada en Punta Carretas en la que recibieron a la diaria para esta nota. Como diferencia con los discos anteriores –y se nota al primer golpe de oído–, en Un plan perfecto se marca la presencia rítmica estelar de la percusión –tumbadoras– de Walter Nego Haedo. Es el primer disco de Los Druidas con invitados. La invitación a Haedo surgió como suelen surgir estas cosas en las bandas de rock de la vieja escuela: lo invitaron a tocar en vivo, al ciclo La Cueva de Los Druidas, y les encantó.

“Tenemos un plan perfecto para ti, me dijo, / y con sus arcángeles se fue”, canta Mandrake al final de “Un asunto”, una de las mejores canciones del nuevo disco –y de la que sale su título–, cargada de un coro de ritual misterioso y del ritmo de la percusión de Haedo. La canción relata un clásico pacto con el maligno (“tengo un asunto con el diablo”), pero no muy en serio, con mucho swing y un pulso funky descansado –la guitarra de Ignacio Iturria hace un aporte sustancial al asunto–. Es una música que está lejos de ser diabólica; de hecho, en el estribillo el coro se torna casi angelical.

“El bien no significa mucho / si no existe el mal”, canta Mandrake, y para esta nota dice que se dio cuenta de que hay un equilibrio porque “todos tenemos una parte oscura y una parte luminosa”, o sea que “no hay nadie que sea malo ni nadie que sea bueno; la naturaleza humana es así, ambivalente”. Pero no queda otra alternativa que interrumpirlo y decirle que hay gente que no es mala, sino muy mala. “Sí, pero también hay gente que es muy buena y que hace cagadas. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, contesta. Y esa cita bíblica sirve también para recordar que Lucifer en latín significa “portador de luz”.

El Calpean Star

“The lake, it is said, never gives up her dead / the lake, it is said, never gives up her dead”, entonaba el cantautor canadiense Gordon Lightfoot en “The Wreck of the Edmund Fitzgerald”, una balada folk de 1976 que cuenta la historia del barco carguero estadounidense SS Edmund Fitzgerald, que un años antes se había hundido en el Lago Superior. La canción llegó a los oídos de Mandrake gracias al algoritmo de Spotify, un día en el que estaba limpiando su casa. No la escuchaba hacía “veinte mil años”. Entonces, escoba va, escoba viene, se quedó pensando en los barcos hundidos en nuestras aguas, porque le gustó la idea de cantarle a alguno de ellos. Recordó una anécdota de cuando tenía 15 años y fue a pescar en chalana con unos vecinos. Mandrake subraya que en una época la pesca era su hobbie preferido y agrega: “Fuimos a pescar al lado del Calpean Star, me acuerdo de los fierros, porque antes se veían desde la rambla Sur –ahora no, se hundió más–. Los pescadores contaban historias del barco, y me quedaron algunas, porque está lleno de leyendas sobre el Calpean Star: que había un piano de cola que desapareció, fue robado, y que toda la maldición empezó cuando los tipos transportaban aves y se murió un albatros, que es el amigo del marinero. Estaban en Liverpool y los marineros no querían subir porque sabían que ahí había muerto un albatros”.

“Una explosión sacó de la cama / a los vecinos de la Ciudad Vieja, / hubo un incendio en las calderas / del viejo buque y entonces se fue a pique / el Calpean Star, Calpean Star. / La playa Ramírez llena de gusanos, / la carne podrida de ballena; / por varias semanas nadie se bañaba, / todos comentaban las causas del naufragio / del Calpean Star, Calpean Star”, dice su canción.

Echeverría dice que su rol como productor también implica “ordenar cosas” y analizar para dónde va el sonido, aunque aclara que es una construcción que se va conversando mientras graban, porque al hacer los discos siempre hablan de música y así surgen referencias sonoras que quedan “dando vueltas”.

Por ejemplo, el sonido guitarrero de la urgente “Cáscara de banana” desprende brisas de The Strokes. Echeverría dice que el primer disco de la banda de Julian Casablancas, Is This It (2001), ha estado en las conversaciones de la banda. Mandrake acota que la referencia es cercana pero de antes –el grupo pospunk estadounidense Television–, y fue por ella –en un camino anacrónico– que después descubrió por qué le gustaba The Strokes.

“Cuando apareció Television, no entendía muy bien lo que hacían, porque decían que eran punk pero no tenían nada punk, era música re sofisticada. Pero cuando escuché bien Marquee Moon [1977], los volví a descubrir y me morí con ese disco”, recuerda, y dice que hasta se compró una guitarra eléctrica Fender Jazzmaster –la que usaba Tom Verlaine–, porque le gustó el sonido de la viola.

“La discoteca de la gente”

En “Viejos” y “Pepper”, dos canciones que están pegadas en el disco, aparece la muerte en dos formas distintas. “Viejos” es una pieza atmosférica, etérea, brumosa. Mandrake se inspiró en sus padres –ya fallecidos– cuando estaban en silla de ruedas y con gente que los cuidaba; además, sintió la conexión con una “de las mejores canciones” de Eduardo Mateo: “Un canto para mamá”, del disco Mateo y Trasante (1976).

“Morir, nadie sabe nada, nada de morir; / nacer, nadie sabe nada, nada de nacer”, canta en “Pepper”, titulada así por el saxofonista yanqui Art Pepper. Un amigo le prestó una biografía sobre la vida del jazzero y quedó “flasheado”. “Yo lo había escuchado tocar un poco. El tipo se rehabilitaba, tocaba, volvía a caer preso y revivía. Nadie sabe lo que es morir, nadie sabe lo que es vivir, y Art Pepper de repente aparecía con su saxo, con el sonido de la puta madre que tenía”, agrega.

Las referencias van y vuelven. Mandrake, que nació en 1962, recuerda que de muy niño, a los 7 u 8 años, escuchaba a Sandro, y un día su madre le dio para leer el cuento “Los crímenes de la calle Morgue” (1841), de Edgar Allan Poe, y “flasheó”. Poco tiempo después, sus padres lo llevaron a ver la película animada de The Beatles El submarino amarillo (1968) –en Montevideo se estrenó en 1970– y otra vez flasheó. Cuando se adentró en el mundo beatlero y se enteró de que en “I Am the Walrus” John Lennon cantaba “You should have seen them kicking Edgar Allen Poe”, se dijo: “Estoy en el camino correcto”.

Mandrake cuenta que antes –o al menos él era así– se valuaba a una persona por los discos que tenía, así de simple –o longplay–. “Para mí era muy importante ver la discoteca de la gente. Ahora ya no sabés con qué tipo de gente te relacionás”, acota, para la risa de sus compañeros de banda. El baterista del grupo, Federico Anastasiadis, dice que The Beatles es una banda que a todos les gusta y de la que siempre hablan. Por ejemplo, cuando salió el documental Get Back, de Peter Jackson, fue un tema de conversación omnipresente.

A veces Mandrake queda descolocado, porque otros músicos lo invitan a tocar, y de repente tira nombres de grupos o solistas y lo quedan mirando raro, no tiene la misma devolución. “No puedo reaccionar porque ahora estoy en otra etapa de mi vida… ¿Cómo no vas a conocer?”, dice, siguiendo el tren de las bromas. Recuerda cuando hace poco le mencionó al músico inglés Peter Hammill, de la banda Van der Graaf Generator, a alguien que supuestamente sabe de música, y no lo conocía.

“La puerta cancel” es otra de las canciones del nuevo disco que desde el arranque se destacan por la percusión, con aires santanescos. Mandrake dice que originalmente era un blues, pero pensó que no había que tocarla igual que todos los blues: se pusieron a buscarle la vuelta y salieron de la estructura. Señala que puede ser Santana, pero también Captain Beefheart. Y así, como quien no quiere la cosa, tira otro nombre de los que hay que saber para que después no te ponga de mal ejemplo en una nota.

Mandrake dice que puede haber un paralelismo entre componer canciones y pescar. Cuando lo catalogan como artista aclara que se siente más como un artesano, como un pescador, porque hay que preparar las redes, ver cómo está el agua, con qué se pesca –boya o reel, por ejemplo–, más que nada como un pescador deportivo, como se considera él, aunque acota que una vez hizo una pesca “profesionalmente”, de camarón, en la laguna de Castillos (Rocha).

“Yo siempre estoy componiendo varias canciones a la vez. El mar es el que lo trae, pero siempre estoy preparado, hay que estar listo con toda la parafernalia prendida”, comenta. Agrega que todos los días toca la viola y recuerda que en una época quiso ser “guitarrista posta”, pero un día sí y otro también se desviaba y se ponía a componer, entonces, se dio cuenta de que iba a ser un “trabajador de la guitarra”.

Algo de esperanza

“Hace miles y millones de años que el mundo es lo que es, / se mueve y pasa y por lo general está todo okey”, dice en la canción que abre el disco, “Miles y millones”, que desprende una pizca de optimismo o de esperanza –o ambas–. Tiene algo de eso sobre todo si se la compara con “Están pasando los días”, incluida en Sortilegio, el segundo trabajo del grupo, que salió en 2020, el año de la pandemia de coronavirus. En ella cantaba “al nuevo orden del mundo / no me quiero adaptar”, y fue compuesta antes de que estallara todo aquello. Mandrake dice que fue “increíble” porque a veces una letra está tan metida en lo que está pasando que hasta le sale profética.

Insiste con recordar la pandemia porque “la gente se olvida de eso”, pero los músicos no, porque no tenían “nada para hacer”, a tal punto que en aquellos meses a él lo llamaron del programa de televisión Master Chef y agarró viaje. “Yo me hago un churrasco todos los días. Me llamaron y pregunté cuánta plata había, porque estaba cagado de hambre”, dice. Pero quizás pocos recuerden su paso por el programa, ya que duró solo dos episodios –sus compañeros le recuerdan que lo echaron por unos huevos rellenos que no cumplieron con los estándares culinarios que pedía el exigente jurado–.

Lo que sí se pudo cocinar bien son los cuatro discos de estudio que llevan grabados Mandrake y Los Druidas, que en diciembre cumplirán diez años de su primer toque. Tanto el baterista como el bajista recuerdan que, cuando empezaron, Mandrake les decía que iban a hacer dos discos de estudio, un álbum en vivo, y nada más. Pero, como suele pasar en cualquier grupo humano, él en su mente lo guarda diferente, y aclara que a sus ahora compañeros de banda no los conocía, básicamente porque son entre 20 y 25 años más jóvenes, y no eran amigos ni mucho menos. “Vamos a hacer un disco, a ver qué pasa; yo prometo hasta ahí”, les dijo hace diez años.

La diferencia de edades se materializa sobremanera en este detalle: el debut discográfico de Mandrake fue en 1984, tres años antes de que naciera el baterista de Los Druidas. Aquel álbum fue registrado a medias con El Cuarteto de Nos –que también debutaba en las bateas–, y el músico subraya que fue grabado en otra época oscura que vivió, la dictadura: “La pandemia, pero diez veces más”. Él estudiaba con Luis Trochón, así como los hermanos Roberto y Riki Musso, y Santiago Tavella, pero no los conocía. Hasta que un buen día Trochón le dijo: “Te voy a presentar a tres que están tan locos como vos”, y después de conocerse se convidaron a hacer algo juntos.

Mandrake recuerda aquella experiencia en conjunto con El Cuarteto: “Era muy divertido. Fue bueno porque intercambiábamos mucha música y teníamos muchas coincidencias. Ahora dirás: ¿qué tiene que ver Mandrake con El Cuarteto? Pero en aquella época éramos como dos moscas en la leche”.

Un plan perfecto, de Mandrake y Los Druidas. Little Butterfly, 2026. En plataformas.

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