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Cultura Música
Julian Casablancas, de The Strokes, durante el Festival de Música y Artes de
Coachella Valley de 2026 en Indio, California. Foto: Valerie Macon, AFP

Julian Casablancas, de The Strokes, durante el Festival de Música y Artes de Coachella Valley de 2026 en Indio, California. Foto: Valerie Macon, AFP

¿Vuelven los Strokes más políticos?

El disco Reality Awaits aparecerá en un mes y todo apunta a que tendrá mucho de First Impressions on Earth, la obra más incomprendida de la banda que había llegado para “salvar el rock”

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El 18 de abril de 2026, en el desierto de Indio, California, The Strokes cerraron su actuación en el segundo fin de semana de Coachella tocando “Oblivius” –una canción que no habían hecho en vivo desde 2016–, mientras en las pantallas gigantes detrás de ellos corría un videomontaje de varios minutos. Cuando terminó la canción, la pantalla quedó completamente negra. Si uno sigue la transmisión, que está en Youtube, se puede escuchar un silencio atronador. La tensión era perceptible. ¿Cómo llegó a ese momento una banda neoyorquina que en 2001 había sido coronada como la salvadora del rock?

No hay que retroceder 25, sino 20 años, y escuchar un disco que casi nadie quiso entender. Hablamos del público que se fanatizó con la estética de los primeros videoclips de la banda, los de su disco debut, Is This It, y también de la crítica. First Impressions of Earth fue el tercer álbum de los Strokes, el menos celebrado, el más irregular y, con el tiempo, el que podría ser el más honesto de todos. Fue el disco en el que Julian Casablancas empezó a insinuar que tenía cosas para decir, además de canciones sobre salir de noche en Manhattan, emborracharse y chuponear en el backstage. El germen de lo que explotó en Coachella estaba ahí, enterrado entre el caos de las sesiones de grabación y la incomodidad de unos músicos que no sabían muy bien cómo comunicarse entre sí.

Una catástrofe productiva

Cuando empezaron a grabar First Impressions of Earth, los Strokes estaban achurados por el peso de haber “salvado el rock”, como había dicho la prensa británica en 2001. ¿Qué músicos de 25 años podrían sobrevivir como banda después de eso? Room on Fire, su segundo disco, era tan parecido al primero que muchos lo vivieron como una parte 2 antes que como una continuación. Los muchachos se dieron cuenta y, cuando entraron al estudio para el tercero, tenían la necesidad de romper algo, sin saber muy bien qué ni cómo.

Lo que siguió fue una catástrofe productiva que resultó ser exactamente lo que el disco necesitaba. Gordon Raphael, el productor de los dos primeros álbumes, inició las sesiones. Fue Albert Hammond Jr., el guitarrista de la banda, quien acercó a David Kahne, un productor que había trabajado con Paul McCartney, Tony Bennett y Sublime. La combinación debería haber sido una señal de alarma, pero de todos modos entró a colaborar con Raphael. La convivencia entre ambos se hizo insostenible y Raphael terminó renunciando. El disco quedó mayormente en manos de Kahne, aunque su colega conservó los créditos de producción en tres canciones.

Sumado a eso, Casablancas, que en las otras grabaciones había alternado entre el alcohol y la concentración, decidió mantenerse completamente sobrio. En una entrevista con Rolling Stone, en 2014, dijo que el alcohol no era suero de la verdad sino suero de idiota: brinda esa falsa confianza que te convence de que sos valiente cuando en realidad no podés hablar con nadie sin estar con tres o cuatro copas bailando en el hígado. También contó que estuvo con sensación de resaca durante casi cinco años después de dejar la bebida.

Hammond Jr., por su parte, ya estaba empezando a hundirse. De las sesiones de First Impressions on Earth dijo años después: “Fue la primera vez que noté que había dejado de ser divertido. Entré en una espiral”. Según le contó a NME, en 2013, la caída venía acumulándose desde la época de Room on Fire: usaba cocaína, heroína y ketamina, todo junto, de desayuno, de cena. La rehabilitación no llegaría hasta 2009, durante las sesiones de Angles, cuando, según dijo a Rolling Stone, todos en la banda lo vieron en su peor momento y entendió que no podía seguir así.

Así, el daño emocional ya estaba instalado en las sesiones de First Impressions.... Fueron diez meses de grabación para un disco que suena, en sus mejores momentos, como cinco personas que todavía se quieren, pero que ya no saben muy bien por qué siguen juntas en la misma habitación.

Lo que el disco tenía para decir

“Juicebox” abre con un bajo de Nikolai Fraiture que es una declaración de intenciones, como si el pulso cacheteara diciendo “esto no va a sonar como Is This It”. Hay algo de Television en su riff, pero pasado por un filtro más oscuro y urgente, como si los referentes de siempre hubieran empezado a pudrirse un poco y su olor cambiara la naturaleza de la canción. “Heart in a Cage” viene inmediatamente después y tiene uno de los mejores riffs de los Strokes, solo que nadie lo dice porque el disco fue recibido con la actitud de quien esperaba algo y encontró otra cosa. La guitarra de Hammond entra con una agresividad que no habían mostrado antes, el ritmo es sincopado y casi metalero, y Casablancas canta con el tono cansado, hablando de sí mismo. “Razorblade” es la canción pop perfecta, enterrada en el lado B del disco. Tiene todo el ADN de los Strokes, pero más maduro, más triste, algo así como si “Someday” hubiera crecido y dejado de creer en ciertas cosas. Por su parte, “On the Other Side” es un grito de ayuda con la máscara del indie rock puesta.

Entonces aparece “Ize of the World”, y es directamente otra categoría. El título es un juego de palabras clásico de Casablancas: “eyes of the world” comprimido en un sufijo: la terminación -ize (-izar en español) como instrumento de control. El estribillo es un listado rítmico y despiadado de los mecanismos con los que la sociedad procesa a los individuos: “An egg to fertilise/ A pulse to stabilise/ A body to deodorise/ A life to scrutinise”: modernizar, publicitar, neutralizar, vaporizar. La canción cierra cortada en seco, a mitad de palabra (“Cities to vapour-i–”), como si alguien hubiera sacado el enchufe. No pareciera ser un recurso de producción caprichoso, sino la única forma en que una canción sobre la finitud apocalíptica podría terminar, así, en seco, de golpe. La revista Far Out la describió como “un despliegue interminable de desdén social”, en el que Casablancas sostiene un espejo frente al mundo. Era la canción más política que los Strokes habían escrito, pero, por todo lo anterior, pasó casi inadvertida.

Después está “Ask Me Anything”, el momento más extraño del disco y el más valiente. Son tres minutos en que Casablancas repite que no tiene nada que decir, sin guitarra, sin batería, sobre un colchón de teclados de sala de espera. La crítica lo leyó como cansancio creativo, pero podría llegar a ser otra cosa. Después de todo, era la única vez que una banda de rock tan vinculada a la imagen cool bajaba la guardia completamente y decía, con la misma música, que el juego del rockstar le resultaba un poco vacío.

Germen de dos décadas

El germen político de “Ize of the World” tardó años en florecer en público. En 2014, Casablancas formó The Voidz –con ellos llegó a Montevideo en 2017– y anunció que Tyranny, su debut con la banda, era un “disco de protesta”: “La tiranía ha adoptado muchas formas a lo largo de la historia. Ahora, el bien de los negocios se impone por encima de cualquier otra cosa, ya que las corporaciones se han convertido en el nuevo poder gobernante”.

En 2015 añadió en su sitio web una sección de “Política” con textos de Martin Luther King Jr. y Noam Chomsky, entre otros. En 2021 firmó junto con más de 600 músicos –entre ellos, Rage Against the Machine, Roger Waters, Patti Smith y System of a Down– la carta abierta “Musicians for Palestine”, que llamaba a boicotear las instituciones culturales israelíes y a apoyar “la justicia, la dignidad y la autodeterminación del pueblo palestino”.

El hilo era largo y en Coachella 2026 se ató el nudo. El primer fin de semana del festival, el 11 de abril, fue una celebración. Quince canciones, mucho material temprano, Casablancas tirando chistes desde el escenario sobre el hecho de que los habían programado para abrir para Justin Bieber. “Juicebox” sonó bajo el sol de metal de California. El segundo fin de semana, el del 18 de abril, fue otra cosa.

Cuando arrancó “Oblivius”, canción del EP Future Present Past, de 2016, que no habían tocado en vivo desde su año de lanzamiento, las pantallas del escenario no mostraron imágenes de la banda ni efectos visuales de rigor. Lo que apareció fue un videomontaje de acusaciones directas, históricas y presentes, contra el gobierno de Estados Unidos y la CIA.

Estaba Mohammad Mosaddegh, primer ministro de Irán derrocado en 1953 en un golpe orquestado por la CIA y el MI6 británico, después de haber intentado nacionalizar el petróleo iraní. Estaba Jacobo Árbenz, presidente de Guatemala derrocado en 1954 por la misma agencia luego de una reforma agraria que amenazaba los intereses de la United Fruit Company. Estaba Patrice Lumumba, primer ministro del Congo, asesinado en 1961 en una operación con participación de la CIA y el gobierno belga. Estaba Juan José Torres, presidente boliviano derrocado en 1971 y asesinado en Buenos Aires en 1976 durante los primeros meses de la última dictadura argentina –uno de los tantos exiliados que el Plan Cóndor alcanzó en territorio rioplatense–. Aparecía Salvador Allende, presidente de Chile elegido democráticamente, muerto el 11 de setiembre de 1973 durante el golpe que instaló a Pinochet con respaldo explícito de Washington. Y estaban Omar Torrijos, líder panameño que en 1977 logró los tratados que devolvieron el canal a Panamá y que murió en un accidente de aviación en 1981, y Jaime Roldós Aguilera, presidente ecuatoriano que murió ese mismo año en circunstancias similares; según informó Huck Magazine, el video señalaba a la CIA como sospechosa en ambas muertes. También aparecía Martin Luther King junto al texto: “El gobierno de Estados Unidos fue declarado culpable de su asesinato en juicio civil”, en referencia al fallo del jurado de 1999 en el caso King versus Jowers.

El montaje cerró con imágenes de los bombardeos estadounidenses en Irán –“más de 30 universidades destruidas”– y la demolición de lo que el texto describía como “la última universidad en pie en Gaza”. Un avión de guerra cruzó la pantalla y la canción se cortó en seco, de la misma forma en que “Ize of the World” se cortaba en 2006. La pantalla quedó negra. Casablancas había estado repitiendo el estribillo durante todo el tema: “What side you standing on?” (“¿de qué lado estás?”).

Lo que el tiempo hizo con First Impressions of Earth es lo que el tiempo hace con los discos incómodos: los vuelve más honestos que los celebrados. Pasa en las mejores familias, pasa en las mejores bandas. Is This It sigue siendo perfecto, Room on Fire sigue siendo disfrutable, pero ninguno de los dos tiene la incomodidad productiva del tercero, que dura 52 minutos –casi el doble que los anteriores– y se permite el lujo de ser irregular porque los cinco tipos que lo grabaron estaban demasiado ocupados sobreviviendo como para pulirlo. Después de la gira, la banda entró en un hiato de cinco años.

Todo eso, de alguna forma, desemboca en Reality Awaits, el séptimo disco de The Strokes, anunciado en abril y con fecha de salida para el 24 de julio, y producido por el veterano Rick Rubin (Beastie Boys, Public Enemy, Johnny Cash). En su primer adelanto, titulado “Going Shopping”, Casablancas canta con autotune, encima de las guitarras limpias de Hammond y Nick Valensi, un groove que no apura nada y que sin embargo tiene adentro una de las líneas más directas que escribiera en años: “Solidarity can be difficult/ When you got cool stuff to lose”.

Algo similar sucede con el segundo adelanto, “Falling out of Love”, lanzado el 13 de mayo. El autotune vuelve y la brisa se percibe en los desvaríos que produce la herramienta digital cuando Casablancas intenta alcanzar una nota alta con la voz o cuando se produce una suerte de scratch. La voz fluctúa entre los parajes más melódicos y un estilo spoken word que podríamos haber visto en su proyecto The Voidz. El mismo tipo que en Coachella mostró el golpe contra Allende y el asesinato de Lumumba ahora habla de lo difícil que es la solidaridad cuando tenés cosas lindas que perder. No es una contradicción. Es la misma canción de siempre, con otro título.