El teatro ha sido históricamente concebido como un arte efímero. La presencialidad es esencial y la atención, en tiempos de dispersión tecnológica, es reivindicada tanto por público como por hacedores. Entre los múltiples audios que solicitan al público apagar celulares antes de la función, tal vez el más interesante sea el del teatro El Galpón, que nos invita a que “el teatro nos encuentre presentes”.
Así es y así ha sido, pero, ¿por cuánto tiempo? Ya Gabriel Calderón nos introducía en ese dilema en Ay. La miseria nos hará felices. Allí los actores supuestamente humanos, temían y despreciaban a aquellos hijos de la IA. El público ya no los distinguía y en un punto ni siquiera podían hacerlo ellos mismos.
Este viernes se estrena Cámara Hamlet, de Marcel Sawchik, y la discusión continúa. Ya no podemos escapar a nuestro propio destino. ¿Acaso será el error, las fallas, nuestras debilidades, lo único que diferencie humanos de inteligencias artificiales en un futuro demasiado cercano? ¿Nos importará? ¿O ya no, porque nos sentimos parte de este nuevo presente? ¿Acaso existirá siempre una tribu reivindicadora que ofrecerá espectáculos de valor humano para un público fundamentalista que no querrá otra cosa?
Cámara Hamlet propone un espacio de ciencia ficción: uno de los últimos reductos de la experiencia humana frente a la inteligencia artificial. En él, cuenta su creador, “dos grupos de personas o por lo menos dos personas, público y actor, comparten un mismo espacio físico y temporal. La posibilidad del error escénico, la imperfección del trazo en vivo, la adrenalina de lo impredecible son su esencia y motor”.
¿Será posible, se pregunta el autor, “que ninguna IA pueda jamás representar una obra de teatro, ni siquiera una que ella misma haya escrito? En la pieza, una corporación virtual inicia un experimento: la puesta en escena de una versión unipersonal de Hamlet, una de las obras que retrata con mayor profundidad la condición humana, y una de las más influyentes en la historia de las artes escénicas. Allí, un actor será guiado únicamente por una IA antropomórfica. Cámara Hamlet relata el vínculo y los debates éticos y filosóficos que se dan entre IA y ese actor durante un intrincado proceso de ensayos previo al estreno”.
Nadie escapa a este vértigo. Para algunos, la IA es hoy la reina de los desafíos; para otros, el miedo incontrolable que por momentos nos controla incluso sin que lo sepamos. Mientras muchas personas han perdido sus trabajos por causa de la IA, otras viven entrenando a otros en su manejo, o ganan mucho dinero ahorrando en empleados y dribleando impuestos. ¿Pero qué será del arte?
Marcel Sawchik experimentó la alerta desde el principio. Hoy, dice, “por la velocidad exponencial con la cual se desarrolla su avance, hasta parecen fosilizados algunos acontecimientos como la primera pintura realizada con una inteligencia artificial que fue subastada y vendida por casi medio millón de dólares. Y no fue hace tanto. A diario nos enteramos de noticias que nos hacen convivir con toda posible distopía: una sensación extraña en la que hemos perdido la sorpresa y nos parece hasta incluso natural que aparezca una actriz creada completamente con IA, como es el caso de Tilly Norwood. Entonces, ¿quién te asegura que no se esté utilizando una imagen tuya creada con IA en alguna parte del mundo con un fin comercial, político, propagandístico? Un día, un colega te dice que está armando una obra para trabajar con estudiantes a través de ChatGPT; un compañero te cuenta que su mejor amigo por las noches es la IA, gente que confiesa hacer terapia con ella o que la toma como única consulta médica. Es la pérdida total del vínculo profundo con un par, la sustitución del humano por inteligencias artificiales en determinados contextos que no parecen naturales.”
La obra se plantea como la esperanza de que el teatro sea uno de los últimos bastiones de resistencia de lo humano, por la sencilla razón, como esgrime Sawchik, de que el teatro “se entiende a través de lo que Dubatti bautizó como el convivio, en donde es necesaria la presencia física de espectador/a y actor/actriz”.
¿Es posible que algunos creadores se resistan a este cambio hasta el final, con la misma determinación con la que otros ya se sumaron a la nueva ola? En opinión de Sawchik, “cuando elegís meterte en un proceso creativo, tenés que estar totalmente permeable en todo momento a los insumos que se te pueden aparecer en cualquier circunstancia. A mí me gusta mucho el concepto de Mauricio Kartún sobre acopio: voy acopiando cualquier cosa que me parezca que de alguna manera u otra resuene con la obra en construcción, ya sean noticias, música, imágenes, hasta mensajes de Whatsapp en grupos, lo que sea. Tengo la imagen de los tableros de policías que te muestran en las películas, en donde van acumulando todo lo que pueda ayudarles a solucionar el caso”.
Lo imperfecto es lo que nos hace humanos. Es algo de lo que se habla en la obra. El teatro es presencial, aquí y ahora, tiene el sabor de la adrenalina, opina el autor. En el cine todos sabemos que lo que ves es la última versión elegida para ello, pero en el teatro, dice Sawchik, “todo puede pasar y pasa, por más que el público no se dé cuenta: fallas técnicas, baches, textos intercalados, un actor puede tener un accidente y eso coloca al público en otro lado. Hay cierta belleza en la asimetría y en la imperfección.”
Cámara Hamlet . Viernes a las 21.00 en la Escuela Nacional de Declamación (José Enrique Rodó 1712). Entradas $ 600 en RedTickets. 2 x 1 para la diaria