Deporte Literarias de deporte

Club Santos de Brasil, durante su partido contra Peñarol por la Copa Libertadores, el 28 de marzo de 1965 en el Estadio Centenario. Foto: s/d de autor, El Popular, CDF

Estadio de vida

El Centenario, el monumento histórico al fútbol mundial.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

El jueves 22 de octubre, llegando a la medianoche, cuando Fernando Muslera se volcó hacia la derecha y contuvo el tercer penal de la serie, esta vez a Bruno Henrique, me invadió una profunda alegría por él. Ningún deportista, ningún trabajador merece ser cargado con el estigma de la culpa ni ser sindicado como el único responsable de las derrotas o los malos desarrollos, justamente cuando su capacidad lo llevó a ser un elegido para su tarea.

De inmediato conecté con mi infancia más inocente, con mi padre, el gran iniciador en nuestras vidas, y con el Centenario, mi templo pagano. Conecté con aquella fría noche de invierno, con las luces del estadio encendidas, los gorros de lana con pompones de los argentinos y el rojo y blanco de sus camisetas, igual al de mi querida Florida que recién acababa de dejar. No fue mi primer partido en el Centenario –que bien pudo haber sido un par de meses atrás–, pero sí la primera final de la Copa Libertadores en la que estuve presente y la primera vez que un club extranjero se consagró campeón en esa mole de cemento.

Es que cuando Muslera contuvo aquel penal en el Maracaná la memoria disparó directo hacia aquel mayo de 1968 en que el Centenario recibió la tercera final entre Estudiantes de La Plata y Palmeiras, cuando por primera vez en su historia el equipo pincharrata se coronaba como el mejor de América, inaugurando un raid impresionante de copas y definiciones.

Ser feliz era esto

Cualquier gurisito, de la mano del padre, un tío o un tutor, podía, año tras año, nutrirse de los más grandes espectáculos futbolísticos en el Centenario. En 1966 pasaba Real Madrid en la ida del campeonato del mundo, la Intercontinental, en 1967 Racing era el primer equipo argentino en ganar la Intercontinental ante Celtic de Glasgow, en 1968 Estudiantes empezaba una serie de cuatro finales consecutivas en el Centenario: le ganó a Palmeiras la finalísima de ese año, se llevó un triunfo de oro ante Nacional en la primera final de 1969 en Montevideo, dio la vuelta ante Peñarol en 1970 tras ganar en La Plata y dejó la corona en la de 1971 ante los tricolores, después de la finalísima en Lima y de haber perdido en el Centenario.

Porque entre 1960 y 1971 hubo en el Centenario 11 finales de la Libertadores de América y cinco de la Intercontinental. Un registro colosal que explica por qué ese gigante de hormigón fue el verdadero centro neurálgico del fútbol mundial.

El raid continuó. En 1973 Independiente volvió a levantar la copa en el Centenario ante Colo-Colo, en 1977 Boca Juniors se quedó por primera vez con la Libertadores en Montevideo, en 1981 Flamengo se consagró también en la finalísima ante Cobreloa. En 1982 y 1983 Peñarol trajo de nuevo la final al coloso de Parque Batlle, y en 1987 y 1988 la custodiaron los grandes de nuestro pago: aurinegros y tricolores se la quedaron. La penúltima vez que la Libertadores pisó su casa fue en 2011, cuando los carboneros definieron con Santos, hasta que por fin Palmeiras pudo romper el maleficio en 2021 al ganarle la final a Flamengo.

Empezá a contar

El Centenario es el escenario que atesora más finales continentales de torneos de clubes en todo el mundo. Desde 1960, el primer año de disputa de la Copa Libertadores, se jugaron allí 20 definiciones de América y seis de la Intercontinental, certamen que a partir de 1981 mudó su sede a partido único al Estadio Nacional de Tokio, dejando al coloso de cemento montevideano solitario en la cima de este registro histórico.

Apenas un día antes de las voladas de Muslera en el Maracaná, atajando los penales y trayendo a su club, Estudiantes de La Plata, al Centenario, donde se jugará la vegesimoprimera final continental, los de ESPN Brasil quisieron pasarse de listos. Al referirse al Centenario, al que habían llegado para la semifinal de la Sudamericana entre Torque y Atlético Mineiro, flotaba una línea casi invisible de sorna hacia el estadio más grande del mundo, ya fuera por las butacas de cemento de la platea América, los fosos abiertos para el Mundialito de 1980 o algunos ladrillos desgastados por el paso del tiempo y las pisadas de la historia que vio allí lo más grande del fútbol mundial. Con el Centenario no se jode, muchachos. No sean malos. Não se brinca com o Centenário. Não sejam ruins.

Soy un viejo beato del Centenario. Tengo un vínculo casi eterno con el coloso de cemento, ladrillos y pasto. Lo inicié hace más de medio siglo y lo continuaré ininterrumpidamente hasta el fin de mis días, porque alguien –un hijo, una nieta, un amigo– se tendrá que colar de bobera en el futuro y desparramar mis cenizas; no importa si es en la Olímpica donde mi viejo me inició de la mano, en el arco de la Ámsterdam que me tuvo de parroquiano cada fin de semana durante mi juventud y adolescencia, o en el de la Colombes donde, como en la Isla de la Fantasía, los jugadores me hicieron campeón con la celeste.

Cuando espiche, todo el mundo tiene que saber que quiero estar ahí. Déjense de joder con velorios, entierros y cementerios. Yo voy a querer estar ahí. Háganse un asado o cómanse un chori en El Galleguito –que ahora se llama de otra manera–, cántense una retirada de Los Asaltantes o de Los Hongos y arrímenme de cayetano por ahí, porque ese será por siempre mi lugar en el mundo. Pero ahora estoy vivo y, como buen parroquiano del Centenario, voy por una vuelta más.