El aire no va ni para allá, ni para allá ni tampoco para allá. El tiempo no va ni por acá ni para más acá. El fútbol, el superclásico argentino, la pelota que vuela por cualquier zapatazo o que queda sepultada por cuerpos que se abollan de tanto chocarse, la pasión colectiva, el césped de la Bombonera, el triunfo que desborda, la derrota que duele, las broncas hacia el árbitro, los ecos de los vendedores de bebidas y, al cabo, la vida –así, tal cual, la vida– eligen ponerse de acuerdo ahora y rendirse ante la voz que conmueve, ante la letra O que se estaciona en el viento, ante la identidad de esa letra O viajando desde la radio siempre mágica, ante ese paladar que, como si fuera el día del debut, como si las décadas no importaran y el entusiasmo le latiera en cada cachito del cuello, persevera en transformar a los partidos en palabras y a las palabras en poesía, ante ese tipo que grita gol como nadie. Ante Víctor Hugo.
60 años cumple Víctor Hugo como relator de fútbol. Debe ser récord del mundo, pero hasta los récords prefieren ponerles las orejas a Víctor Hugo antes que confirmarse como récords. Y, al compás de tantas circunstancias de su existencia que parecen articuladas por un guionista del mejor cine, a Víctor Hugo le toca que coincida con un Boca-River. Hay gentes que pisan el estadio y lo saludan con la palabra “maestro” o le apostrofan la palabra “gracias”. Hay más gentes, infinitas gentes, con pertenencias amarilloazules o rojiblancas o de las combinaciones cromáticas que quepan en el arcoíris, que palpitan ese duelo con una pantalla con nada más que la imagen encendida y con otro aparato también encendido para que la garganta, más encendida que todo lo encendido, de Víctor Hugo les traiga los ataques y las defensas, la esperanza de victoria y la certidumbre de alguna mala nueva, les traiga un sabor por encima de todos los sabores, les traiga, en definitiva, el sabor a que es de tarde y que es domingo, y les corrobore que nada vuelve tan tardes a las tardes y tan domingos a los domingos como Víctor Hugo relatando.
A esta altura del devenir social, Víctor Hugo es la narración impagable de los episodios que cada día transcurren sobre el pasto, pero, sobre todo, sin extraviar ni un cachito de actualidad o de noticia, es el encuentro de cada persona con su historia. Escuchar a Víctor Hugo –apunta un hincha de Boca que sufre y celebra en una casita módica del conurbano bonaerense– significa sentarse, de nuevo, venciendo a los calendarios y a las muertes, al lado de cada papá y de cada mamá y cerquita de una radio. Escuchar a Víctor Hugo –asume un hincha de un equipo del ascenso que matea en una capital de provincia mientras avanza el partido– es encontrarse de algún modo con casi todas las glorias de Maradona, y con un montón de asombros de Messi, y con los cabezazos y los penales y las salvadas en la línea de inacabables jugadores sin y con fama. Escuchar a Víctor Hugo es –para esos jugadores– la memoria de cuando construyeron la primera y la segunda ilusión de dedicarse profesionalmente al fútbol porque dedicarse profesionalmente al fútbol consistía, en especial, en ser nombrado por Víctor Hugo. Escuchar a Víctor Hugo representa –para un hincha de River que verifica entre rabias la inevitabilidad del traspié– atenuar, aunque sea un poco, la fealdad del universo cuando se pierde un clásico. Escuchar a Víctor Hugo es este día y es infinitos días.
24 horas antes de darle el pie a su comentarista crack Alejandro Apo, Víctor Hugo modula como si relatara, pero sin ningún match adelante. Expone en el cierre del segundo Congreso Maradoniano, esta vez en La Plata, que la universidad pública argentina le dedica al Diego. Las cuerdas vocales le fluyen con las pausas magnéticas igual que si transportaran la inminencia de una final planetaria. Se trata de un episodio necesario: un hombre notorio, de casi 79 años, habla sobre la felicidad. “La felicidad son todos los abrazos maradonianos que nos dimos en este encuentro”, abrevia. El público festeja esa afirmación como un gol. Es un público que registra feliz ese modo de situar a la felicidad. Es un público que fue y es feliz con los relatos de Víctor Hugo. Es un público que nuclea a todos y a todas quienes andan por allí y que podría nuclear y abrazar a millones que reconocen lo que constituye esa felicidad. Qué cosa tan conjeturada y, al cabo, tan a mano resulta la felicidad: la memoria o el presente de un relato y que ese relato lo regale ese relator de 60 años de relatos.
En la Bombonera, Víctor Hugo detalla con excelencia el gol de cabeza de Lautaro Di Lollo que le concede a Boca un triunfo sobre River de los que merecen diez brindis para unos y una noche sin apetito para otros. Algún pariente de Di Lollo aún perdurará en el llanto porque ese gol es un sueño y el sueño vale doble porque incluye ese relato. Otra tarde de superclásico, de fútbol, de maldiciones al árbitro, de la próxima será igual o la próxima será mejor, de las totalidades y los vacíos que genera el fútbol, empieza a agotarse.
Víctor Hugo deja el estadio rumbo al resto de las cosas, rumbo a dentro de poco cuando cumpla 60 años y una semana como relator. El aire y el tiempo permanecen quietos y lo miran. También le dicen “maestro”, también le dicen “gracias”.
