La final de la Copa Africana de Naciones en Rabat, Marruecos, fue paradójica. A modo de rememoración, el partido estuvo más peleado que bien jugado, hubo más patadas y protestas que tiros al arco, el VAR estuvo permanentemente en funcionamiento y cada decisión de los árbitros era cuestionada. Hubo un punto de inflexión cuando le anularon un gol a Senegal: era el del campeonato. En el banco senegalés no lo podían creer, los suplentes se levantaron y hacían el gesto del televisor con las manos, el entrenador gritaba pidiendo explicaciones.
No quedó ahí. La novela continuó con un nuevo giro sobre la hora: penal para Marruecos. El VAR hizo una revisión larguísima mientras los jugadores se querían comer al árbitro, unos para que lo cobrara, otros para que anulara la decisión; la hinchada, en un estadio que reventaba, se enardeció. Cuando el juez señaló el punto penal, los senegaleses primero se quejaron y después decidieron irse a los vestuarios. La retirada, que se prolongó varios minutos, obligó a detener el encuentro y generó incertidumbre sobre la continuidad de la final. Finalmente, el equipo regresó al campo -convencidos por su capitán, Sadio Mané- y el partido se completó, con Senegal levantando el trofeo tras un tanto de Pape Gueye en el alargue.
Senegal festejó el bicampeonato, pero no terminó ahí. La historia continuó en los despachos, donde la Confederación Africana de Fútbol (CAF) revisó los informes arbitrales, las imágenes y los alegatos -sobre todo uno de la Federación Real Marroquí de Fútbol, que presentó un recurso formal argumentando que la retirada de Senegal vulneraba de forma directa el reglamento de la competición y debía derivar en la derrota automática del equipo que abandonó el juego-. Primero, la CAF abrió expedientes disciplinarios e impuso sanciones económicas y deportivas a las federaciones implicadas, sin alterar el resultado deportivo. Sin embargo, la Junta de Apelaciones releyó la retirada de Senegal con otra óptica, no como una protesta, sino como un abandono que encaja en la figura de forfait y habilita la derrota 3-0 según las disposiciones del artículo 84, que contemplan la pérdida del partido cuando un equipo se retira o se niega a continuar. Sobre esa base jurídica, el órgano decidió declarar a la selección senegalesa perdedora por 3-0 y registrar oficialmente a Marruecos como campeón.
La resolución supone un giro histórico, porque, por un lado, modifica a un campeón -y el palmarés- de la Copa Africana, mientras que, por otro, envía un mensaje respecto de los límites de la protesta dentro del campo de juego. Si bien la medida fue laudada, la federación senegalesa podrá ir al Tribunal de Arbitraje Deportivo en busca de una última instancia de revisión.