Es cierto, he tomado un poco de distancia de él. Me preocupó y me dolió porque pensé que sería duro y por mucho tiempo. Era nada más que poner una discreta cara de orto durante 20 minutos o media hora y punto. Nada de sonrisitas, nada de comodidad, educado y correcto. Yo, aunque lo rechazo, igual me lo creo: “No tenían que ir porque van siempre los campeones” o “¿qué querés que hiciera, que no fuera?”. Pero igual, Luis, estuviste mal. Ta, somos humanos y todos la cagamos, pero estuviste mal. Fijate vos que, sin esa reverenda cagada, yo te estaría pidiendo a cara descubierta para que fueras al Mundial. Porque al final seguro que es indiscutible que el 9 es Darwin y que está muy por encima tuyo en este momento de la vida. ¿Pero después? Si Marcelo Bielsa pone jugadores cinco o diez minutos, ¿no podías ser el jugador 26 y entrar a tratar de sacarnos de los pelos? Está claro que estás de suplente en el Inter de Miami, que estás ancho, que te movés mucho menos, pero ¿sabés cuánto te querría para tenerte en el banco y ser la ilusión de último minuto cuando todo se esté desbarrancando?
El Suárez omnipotente de este siglo, de aquella selección, está siendo Federico Valverde, un crack y en camino a ser él a quien encomendarnos, o el Lolo Rodrigo Bentancur, cuando vuelva. Pero hay algo que me hace tener esos pensamientos, como si se fuera desvaneciendo mi ilusión en la ejecución de la propuesta y las ideas de Marcelo Bielsa.
Humores, emociones e ilusiones
Durante décadas me he preparado, ocupado y estudiado cada día para dar todo en mi apreciación del fútbol. Desde que dejé mi aspiración de poner en el pasaporte la profesión de deportista para ser el periodista que hoy soy, he recorrido todo el espinel: fui el muchachito de Florida que conocía los planteles mejor que la tabla del nueve, el alcanza pelotas y el aspirante dramático a futbolista. Antes del cronista fui hincha y conocí canchas, barrios, alambrados, la perfidia de la puteada, la afonía precoz del gol y el dolor omnipresente de la derrota en el barro.
El fútbol es como la vida; el fútbol es vida. En esto, hay dos camisetas que se llevan toda mi atención y emoción innegociable: la celeste de Uruguay y la albirroja de Florida son y han sido dueñas de buena parte de mis humores, emociones e ilusiones.
Me interesé por la pasión lúdica mucho antes de enrolarme en este oficio. Mi conciencia en construcción abrevó de irracionalidades ridículas: la idea fija de que, si alguien vestía de celeste, debía someter al rival, al menos anímicamente. Pero la instrucción y el paso del tiempo me fueron mutando, alejándome de esa madurez nunca alcanzada. He evolucionado en mis comportamientos y pensamientos dentro de las canchas.
Hoy he vuelto a ser hincha de muchas emociones y pocas razones. Lo he descubierto en mi cuerpo, en mis movimientos y en la pobreza de mis hipótesis para encontrar una solución. Ya no solo analizo estos partidos con frustración, sino que, como si perteneciera a las primeras generaciones de Prudencio Reyes, me vienen tautologías que me dejan expuesto. Con la celeste, y con la albirroja de Florida, eso no está superado; siento puntadas de dolor y neuralgias de la guinda que no salen de mi ser ni del cubículo donde escribo, con el micrófono en ristre.
Me duele acá
No es autoayuda ni coaching, pero hay respuestas del cuerpo que son un alerta visceral. Me sucedió con Inglaterra y con Argelia , pero me vengo dando cuenta de que esto me pasa desde hace más de un año, desatándose con el empate con México y la feroz goleada de Estados Unidos en 2025. Son las mismas sensaciones de muchacho, cuando en plena dictadura no se veía una luz al fondo del túnel. Al finalizar en Wembley, identifiqué las mismas respuestas de cuando veía a la selección de Omar Bienvenido Borrás —aquella coyuntura de grandes futbolistas bajo una conducción de recursos raros—. Pero venía de antes: del tano Porta en el 74, de Carlos Silva Cabrera, del Chema Rodríguez, del dolor con Hohberg en el 77, de Bagnulo y de don Raúl Bentancor. Solo con Máspoli y el Mundialito sentí seguridad, hasta que la era Tabárez nos generó otra sensación: siempre daríamos competencia y el volver a empezar tenía la luz del sol.
Fueguitos
Ese sentimiento de esperanza en plenitud herida parece tener un diagnóstico técnico claro: Uruguay se ha convertido en un equipo de fuegos artificiales. Corre, asfixia, propone un ritmo frenético que parece que descompondrá al rival, pero se apaga en los últimos metros y, sin dudas, en los últimos minutos. Antes de aquel amistoso con México en 2025, todavía, más o menos, vivíamos de los créditos de los triunfos y exposiciones inolvidables en el tramo 2023 de las eliminatorias, pero después de la Copa América de 2024 se rompió el encanto.
La goleada de los estadounidenses fue el síntoma de que, sin equilibrio, la propuesta de Bielsa nos deja expuestos a la intemperie. Es esa incoherencia dinámica la que parece que nos agobia: queremos ser protagonistas, pero terminamos siendo víctimas de nuestra propia intensidad. El desasosiego nace de ver que el Mundial está a la vuelta de la esquina y el equipo ha perdido la maña de saber sufrir para terminar ganando.
¿Qué pasa hoy con este núcleo de elegidos que no logra entregarnos expectativas sostenidas? Se convocó a Bielsa por su matriz inmodificable: atacar, atacar y atacar. Pero el desencuentro entre esa idea y la propuesta ejecutada es enorme. Jugamos a otra cosa; atacamos poco, llegamos menos y convertimos poquísimo. Si al menos nos pareciéramos a lo que queríamos ser, habría ilusión, pero, sin embargo, no pasa. Mi ilusión en la ejecución de la propuesta de Bielsa se va desvaneciendo, y el cuerpo, que no sabe de mentiras, ya me dio el aviso.