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Deporte Fútbol
Belgrano campeón del Torneo Apertura del fútbol argentino, el 24 de mayo, en el estadio Mario Alberto Kempes, en Córdoba. · Foto: Diego Lima, AFP

Belgrano campeón del Torneo Apertura del fútbol argentino, el 24 de mayo, en el estadio Mario Alberto Kempes, en Córdoba.

Foto: Diego Lima, AFP

Belgrano campeón: el triunfo de la pertenencia

El pirata cordobés logró su título apoyado en algo tan valioso como profundo: su identidad.

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Arturo Orgaz tenía 14 años, empeines capaces de elegir el destino de una pelota, oídos anchos para aceptar la sugerencia del color celeste como ideal para una camiseta, decisión de convertirse en el primer presidente de un club compartido con sus amigos, la vida hecha un sueño en marzo de 1905 y una palabra en el norte de los dientes que jamás dejaría de pronunciar: Belgrano. Fue titular durante dos décadas de esa institución que sostuvo para todos los futuros el nombre de un prócer que simboliza la lucha por la libertad y la justicia como derecho colectivo para los pueblos de América. Y, desde Alberdi, acaso el barrio de mayor gravitación política en el recorrido siempre muy político de la ciudad de Córdoba, se fue mezclando con los poderosos del fútbol de un país en el que casi todo se resuelve en y desde Buenos Aires, y que ahora, en un domingo de otoño y de nubes, de tensión y de incertidumbre, de carcajadas eternas y de lágrimas que colman ríos, de 3-2 en la final frente a River, Belgrano es el campeón de Argentina.

Aquel pibe, ese Orgaz que le dio denominación a la calle por la que se ingresa al estadio de la institución, fue actor relevante de la Reforma Universitaria de 1918 que instaló el acceso a ese nivel de estudios como derecho colectivo, se recibió de abogado como parte de una familia de graduados notables (su hermana Mercedes fue la primera escribana de la provincia), militó en el Partido Socialista para enfrentar a los conservadores –resultó derrotado como vicepresidente en los comicios fraudulentos de 1937– y ejerció un antagonismo con el peronismo que, desde luego, abre debates y que conviene decodificar en el contexto de época. Se puede coincidir o diferir con su mirada del mundo, pero nadie le discutiría su sentido de pertenencia a las causas en las que se involucraba y a Belgrano. Todo un legado. Si algo manifestaron los jugadores que dieron una vuelta olímpica infinita, fue esa expresión: sentido de pertenencia.

No constituye una frase hueca. El heredero de Orgaz en el cargo es Luis Fabián Artime, el hijo del extraordinario goleador de Nacional, goleador máximo del club que hoy gobierna y figura determinante para que el sentido de pertenencia adquiriera encarnadura en apellidos. Argentina persiste en funcionar como fábrica de cracks, pero esos cracks migran jovencísimos y a veces no retornan. Belgrano lo logró. Repatrió a Lucas Zelarayán, el armador del conjunto, finísimo volante ofensivo que hinchó por esos colores desde que aprendió a hablar. Y a Franco Vázquez, un zurdo exquisito y recuperador a la vez, que brilló en Italia y que protagonizó la otra gesta de los cordobeses ante River, la de 2011, que envió al descenso a una superpotencia. Y a Ricardo Zielinski, el entrenador de aquel tiempo, 66 octubres, un tipo de muecas mínimas y calmas máximas. Y a Santiago Longo, mediocampista de marca determinante, que regresó tras un paso por San Pablo. Y a Emiliano Rigoni, que se modeló como extremo ambidiestro en ese club que lo reincorporó después de sus años europeos. Puede salir mejor o peor, pero es la médula de una identidad.

Esos liderazgos con pertenencia los enfatizó el arquero Thiago Cardozo, uruguayísimo, de temporada destacada, quien descerrajó, frente a las cámaras de televisión y apenas concluido el último partido del torneo, una confesión: “Vine al fútbol argentino por consejo de mi hermano, que, en las últimas conversaciones que tuvimos antes de que se muriera, me insistió en eso. El camino no es fácil: perdí también a mi padre, me rompí dos veces la rodilla. Pero acá estamos”. Después viajó de los ojos húmedos a la sonrisa al develar que, como consecuencia de una promesa, no tomó mate durante dos semanas. Compensará en las jornadas que se asoman, seguro, junto con Federico Ricca, el otro uruguayo del plantel. Y el mate irá de paladar en paladar con sabor a fiesta.

El itinerario que consagró a Belgrano tuvo bastante de juego y un montón de cine. La película empezó en los octavos de final, cuando venció a Talleres, su adversario clásico. Y edificó un pico de realidad digna de la ficción en la semifinal: a un minuto del cierre, caía frente a Argentinos Juniors, pero un derechazo de Nicolás Uvita Fernández, santafesino de 30 almanaques, le permitió ir al alargue y triunfar en los penales. Como si guionistas clásicos tramaran el desenlace, la final estaba prevista en el estadio Mario Kempes, o sea en la Córdoba de Belgrano, en la Córdoba de Rodrigo Bueno, prócer del cuarteto cordobés, alguien que murió temprano en un accidente y en el domingo del título hubiera cumplido 53 años. Al lado de Zielinski, porque trabaja como su asistente, sufría y se esperanzaba Juan Carlos Olave, el arquero contra River en 2011. Y, encima, dos veces mandó River en el resultado y la remontada desde el 1-2 al 3-2 floreció con dos goles del mismísimo Uvita, llegado desde el banco de suplentes en el último cuarto de hora, como si la aventura no programable del fútbol no necesitara de muchos minutos para erigir un héroe. O como si el propio fútbol, tan habitado por especulaciones y por negocios, se reservara invariablemente un guiño para el asombro.

El club que puso los pies sobre la tierra en un marzo viejo y con un presidente de 14 años creyó en el sentido de pertenencia y en no rendirse ni cuando la vida invita a rendirse. Tanto creyó que destartaló las lógicas de la historia. Ahora sigue en la tierra y, aunque el otoño y las nubes insistan, ve el cielo más celeste que nunca.