Nació en Paysandú, zona de aguas termales y aire basquetbolero, de mucha tradición, de las mejores del país. A Gino Alderete lo mandaron hacer natación al club Remeros de la capital sanducera, pero él se enamoró de la pelota naranja que picaba en la cancha de al lado y cada vez que tenía un ratito libre iba a tirar, aunque el aro quedara tan lejos como sus sueños.
De adolescente pasó a Pelotaris. Allí jugó un tiempo, hasta que lo invitaron a ser entrenador y vio que ese era su futuro. El camino fue largo, sinuoso, de los que tienen sus idas y vueltas, pero en cada complicación encontró la motivación para seguir luchando por los lugares que quería conquistar.
Recientemente fue designado entrenador de la selección mayor femenina. Sus títulos en Defensor Sporting lo colocaban como el principal candidato a un cargo que estaba acéfalo desde diciembre de 2024. Es real que no hubo actividad en 2025; tan cierto como que se perdió un tiempo importante para adelantar el nuevo proyecto. Sin embargo, de forma elocuente Alderete prefiere evitar las excusas y demostrar dentro de la cancha.
¿Cómo fueron tus inicios en el deporte y tus primeros contactos con el básquetbol?
Arranqué de muy chico. A los seis años mi madre me llevaba al Club de Remeros de Paysandú a hacer natación, pero al lado había básquetbol y, cuando quedaba alguna hora puente, me metía. Ahí empezó el entusiasmo por el deporte.
¿Qué recordás de tu etapa como jugador? ¿Cuándo te picó el bichito de ser entrenador?
Mi etapa más linda fue en el Centro Pelotaris, donde me formé y me hice hincha. A los 18 años surgió la posibilidad de ayudar como monitor en formativas, a partir de una pregunta que hizo el entrenador para ver quién se animaba. Levanté la mano y me dieron un rol real, con responsabilidad: incluso dirigía alguna práctica, no era que iba a poner conos y organizar las filas. Entre lesiones y pocos minutos en primera, a los 21 años decidí enfocarme definitivamente en ser entrenador. Se puede decir que el básquetbol me dejó a mí.
¿Ese niño que jugaba en Paysandú alguna vez imaginó que podía dirigir a una selección mayor de Uruguay?
Siempre fui muy soñador y tuve claros mis objetivos, pero también entendiendo que, siendo del interior, había que demostrar el doble. No es solo motivación, es disciplina constante. Lo soñaba, sí, y por suerte llegó. Ahora tengo que disfrutarlo.
¿Qué tan difícil fue dar el salto desde el interior a Montevideo?
Muy difícil. Pero tuve un apoyo familiar clave que me bancó en muchos aspectos, hasta en lo económico. Llegué a Montevideo a los 30 años, gracias a la gente de Defensor Sporting, que confió en mí y me abrió puertas. Estoy profundamente agradecido a Santiago Canto, que me trajo al club y vio algo en mí, y a Alejandro Álvarez, que también me sumó a formar parte del staff de la selección. En el interior no se vive de esto, así que hubo mucho esfuerzo y disciplina para sostener el camino. Siempre puse un pie adelante del otro y seguí avanzando; por suerte, el trabajo me da esta satisfacción de poder disfrutar de ser entrenador de la selección mayor.
¿En qué momento te encuentra esta oportunidad?
En un momento de cambios. Estoy en un club grande, Aguada, tratando de adaptarme, y al mismo tiempo con la responsabilidad de la selección, donde hay que armar todo en muy poco tiempo. Es un desafío grande, pero lo disfruto. Estoy intentando ser el entrenador de la selección nacional, sin olvidarme de quién soy cuando dirijo en la liga, tratando de mantener los códigos éticos y morales sin dejar de ser yo mismo. En todo ese quilombo me encuentro.
Hablaste de valores éticos y morales. ¿Cómo te preparás para eso?
Trabajo con mi coach deportiva Natalia Grignola y me apoyo mucho en mi entorno: cuerpo técnico, familia, gente cercana. También en la experiencia acumulada. Es clave entender que a veces necesitamos ayuda para mejorar.
Las vueltas celestes
La selección estuvo casi un año y medio sin entrenador y ahora falta tiempo de trabajo, ¿sentís que tu designación pudo haber sido antes?
Entiendo algunas cosas por el contexto competitivo, ya que no había campeonato el año pasado, pero no comprendo la demora. El entrenador debería estar antes para hacer un seguimiento más profundo: dónde está jugando cada jugadora, cuál es la actividad y el presente de cada una. Tampoco es ideal el tiempo de preparación; son tres meses y no vamos a poder entrenar todos los días. Igual, hoy el foco es otro: tenemos lo que tenemos y hay que trabajar con eso, sin excusas.
¿Cómo viviste el período previo a asumir este rol?
Nunca dejé de trabajar pensando en esto. Hice propuestas, investigué, me preparé. Siempre estuve compitiendo para llegar a esta oportunidad. Si hay alguien que tenía hambre de estar acá, soy yo.
Con poco tiempo de preparación, ¿cuáles son las prioridades?
Primero, controlar las cargas de las jugadoras. Después, construir identidad y fortalecer el grupo humano. Antes de ser un gran equipo, tenemos que ser un buen grupo. Ya tuve contactos y reuniones con algunas jugadoras. Se está trabajando en silencio, escuchando experiencias anteriores y sacando conclusiones. Ver qué cosas podemos adaptar y optimizar de lo que se venía haciendo.
¿Cómo manejás las críticas que muchas jugadoras hicieron sobre procesos anteriores por el poco tiempo de preparación?
Controlando lo que podemos controlar. No es el escenario ideal, pero no sirve excusarse. Hay que dar lo máximo con lo que tenemos. Darle toda la calidad al tiempo que tenemos para trabajar, luego de que nosotros podamos demostrarle a la Federación, a nuestro país y a nosotros mismos que dimos todo lo que teníamos para dar y que defendimos ese espacio a morir. Después, si lo hicimos de buena manera, exigir.
En lo deportivo, ¿qué expectativas tenés a nivel continental?
Voy a ir a ganarles a Bolivia y a Ecuador y a competir con Paraguay y Chile. Esa es la mentalidad. Sé que hoy es todo lindo y me felicitan por el lugar al que accedí, y en ese momento voy a estar en el ojo de la tormenta por si hago mal un cambio o me equivoco. Pero me la juego con lo que digo, esos son mis objetivos.
¿Hoy se cuenta con más información sobre los rivales?
Sí, muchísimo más. Datos, videos y un staff preparado. Eso nos da herramientas y seguridad.
¿En qué lugar está hoy el básquetbol femenino en Uruguay?
No estamos en el momento de ponernos a discutir; ahora hay que trabajar de buena manera y después exigir. Estamos en un proceso de crecimiento, pero todavía en lucha. Hay avances: mejores condiciones, algunas jugadoras son profesionales y están cobrando por jugar, hay más profesionalización en general. Ahora el desafío es sostener y defender esos logros. Ese tiene que ser el pensamiento, sin excusarnos.
¿Sienten respaldo para seguir creciendo?
Sí, aunque no es ideal en todos los casos. Pero hay avances claros y eso es importante. Hay que seguir construyendo sin compararse tanto con otros contextos. Por ejemplo, hay un equipo como Urunday Universitario que fue creciendo paulatinamente: arrancó jugando la liga sin extranjeras, al año siguiente sumó una y ahora comenzó con dos. Ahí hay un crecimiento claro, con apoyo para avanzar. Cada vez hay más clubes que tienen proyectos institucionales reales y apuestan a que todo crezca.
En lo local
¿Cómo evaluás la competencia interna de la liga?
Está creciendo. Hay diferencias, sí, pero también procesos. Cada club cuida sus intereses. Los equipos de abajo mejoran y los de arriba deben seguir invirtiendo. La clave es tener una conciencia colectiva para que la competencia sea mejor para todos. Quizás en un partido en el que hay mucha diferencia es necesario poner categorías formativas para que sea más parejo y les sirva a todos, porque un partido con mucha diferencia no es bueno para nadie.
¿Creés que están dadas las condiciones para dividir la liga en categorías?
Todavía no. A futuro puede pasar. Es una liga joven, pero se están dando pasos en ese sentido. Por ejemplo, este año hay varios entrenadores que pasaron por torneos importantes a nivel masculino.
¿Qué aporta que cada vez más jugadoras puedan ir al exterior?
Muchísimo. Permite que puedan soñar en serio con una carrera profesional. No es para todas, pero para las que tienen condiciones es una oportunidad real, y eso obviamente ayuda a la selección porque las jugadoras en sus clubes elevan el nivel.
¿Esto puede ser un trampolín en tu carrera?
Ojalá. A mí las oportunidades siempre me llegaron tarde, pero mi objetivo es seguir creciendo y vivir de esto. Más allá de resultados, quiero construir una identidad: que el equipo represente valores, compromiso y entrega total.