La bandera de Lamine Yamal flamea. Entonces, flamea el mundo. Flamea el mundo que reverencia a Yamal o que maltrata a Yamal. “Por fin alguien lo dice”, sentencia una dama en los bordes de Plaza Catalunya, conmovida porque un supercrack de la pelota se hace cargo de mover en el aire el estandarte de Palestina. “No se da cuenta de que este es un festejo del Barça campeón y no de una cuestión política”, musita otra dama, también en un borde, también en Plaza Catalunya. Algún contrapunto así se reproduce en otras ramblas, no de Barcelona y sí de Montevideo. O en otras plazas, no de Barcelona y sí de Buenos Aires. O entre otros núcleos humanos, no de Barcelona y sí de Ottawa, de Osaka, de Ciudad del Cabo o de Moscú, o de pueblitos cuyos nombres no susurran gargantas salvo las de los habitantes de esos pueblitos.
Nadie en ningún rincón desconoce a Yamal, aunque ostente apenas 18 años y tres mayos atrás fuera un pibe anónimo porque su extraordinaria capacidad para desparramar imaginaciones y adversarios no ocupaba las pantallas planetarias. Todo lo que toca o deja de tocar –para el territorio de las ideas o para los consumos de la arrasadora sociedad de mercado– construye un eco universal o un aporte a un silencio universal. No hay referencia más instaladora de las reivindicaciones del pueblo palestino que Yamal flameando esa bandera. No hay declaraciones más viralizadas, en sintonía o no con lo que Yamal dice a través de su bandera, que las de los y las deportistas que retumban por lo que acontece en Medio Oriente. Lo saben quienes la flamearían con él o quienes le pedirían que se quitara esa bandera de los dedos y esos posicionamientos de la cabeza.
¿Puede o no puede Lamine Yamal “meterse” en política si su inserción en los ojos y en el corazón de las gentes deviene de su magia y su misterio con la pelota? ¿Puede o no puede hacerlo en un escenario deportivo? ¿Molesta que lo haga o molesta que lo haga en una celebración de su equipo? ¿Molesta que lo haga o molesta el punto de vista con el que lo hace?
La bandera de Lamine Yamal es de Palestina y el mundo flamea al ritmo de esa bandera con la que Lamine celebra el título más nuevito de Barcelona, porque la relación de las megaestrellas del fútbol con cualquier aspecto de la realidad se vuelve más notoria que ese aspecto de la realidad. Flamea y el entrenador de Yamal, o sea, no cualquier entrenador –el alemán Hansi Flick–, ve esa bandera, la ve flamear, oye que le preguntan por ese flamear y contesta que no le gusta, que prefiere que los futbolistas no se expresen de ese modo. Flamea y un rival sobresaliente entre los rivales de Yamal, el francés Kylian Mbappé, justo aparece entrevistado en la revista Vanity Fair y sus dichos, aunque previos, le devuelven la pared a Yamal: “Los futbolistas no podemos callar ante el mundo”. Flamea y el director técnico y analista político argentino Ángel Cappa escribe: “Cuando algún jugador de fútbol de la élite opina o se manifiesta en favor de las clases o pueblos oprimidos, salta la alarma de los guardianes del orden establecido”. Y, tras escribir, titula: “Yamal enfurece al poder”.
Hace 60 años, el científico social Jean Meynaud pulió el concepto de “apoliticismo deportivo”. Suena pomposo, pero se digiere sencillo: afirmar la no política es una posición política. La referencia surge del discurso de “no mezclar la política con el deporte” que mucha dirigencia deportiva y no deportiva enarboló y sostuvo desde la sistematización del deporte en el final del siglo XIX. Meynaud documenta de manera múltiple cómo dirigentes y entidades, pronunciándose u omitiendo, fijan posición sin asumir que fijan posición. Mirado desde el presente: si Yamal no aferrara la bandera, ¿no estaría tomando postura?, ¿o, en verdad, tendría postura y esa postura consistiría en no decir nada, hasta en hacerse el distraído?
Cuando Diego Maradona o el brasileño Sócrates, futbolistas que desde la década del 80 encontraron formas de poner en cuestión el poder del fútbol (que nunca es solo el poder del fútbol), el titular de la FIFA, João Havelange, replicó sintético: “Usted cállese y juegue”. Sin embargo, Havelange, el hombre que mandó a cerrar bocas y cerebros con esa rotundidad, confraternizó con los jerarcas de las dictaduras latinoamericanas en una melodía con tonos heredados por el actual líder de la FIFA, Gianni Infantino, quien condecoró al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con un premio de la paz. Y, a propósito de los nexos con el deporte de Trump, responsable autoconfesado de los bombardeos sobre Irán, ¿dijeron algo sobre la cumbre Trump-Messi aquellas personas y aquellos grupos que objetan a Yamal y su bandera flameante? ¿O será eso que asevera Cappa y lo que suscita críticas es el contenido del acto de Yamal y no que sea político?
Con frecuencia, unos cuantos actores políticos conciben la política como lo que sucede en los espacios institucionales donde, efectivamente, se construyen (o destruyen) políticas. Pero hay más. Porque la política, tal cual abrevió el historiador francés Francois Furet, es “todo lo que tiene que ver con el poder”. Y el poder reside no solo en la institucionalidad política. Poseen muchísimo poder las corporaciones económicas transnacionales o las mafias internacionales y locales, por ejemplo. Y también, dando peleas organizadas o sueltas, el poder late en los pueblos. La imagen de Lamine Yamal con la bandera palestina ahora es una pintura en medio de las ruinas de Gaza, en un huequito de la geografía donde quienes sobreviven sienten que esa bandera es la suya. Alrededor crece la desolación o, peor, la certeza de que allí hubo algo que difícilmente volverá a ser. Alrededor, acaso, no hay nada de nada. Pero la bandera de Yamal flamea.