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Thomas Silva, durante la tercera etapa del Giro de Italia 2026, el 10 de mayo, en Bulgaría.

Foto: Luca Bettini, AFP

Thomas Silva bordó su lugar en la historia

3 minutos de lectura
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Luego de tres etapas el uruguayo continúa como líder del Giro de Italia, después de ganar en Veliko Tarnov y vestirse con la maglia rosa

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Lo veo y me conmueve. Es una imagen al pasar, pero tiene algo intimista, humano, lejos de la épica televisiva. Thomas Silva, el día que está en la cima del ciclismo mundial, agacha la cabeza y cose su número sobre la malla rosa. Está en el ómnibus del equipo junto con sus compañeros, pero él en lo suyo. No vuelan helicópteros, no se ven castillos ni palacios históricos, ni siquiera podio. La aguja entre los dedos entra y sale de la tela del 227 que hasta el sábado no era nada y ahora parece una contraseña personal, única. El gesto, hogareño y silencioso, parece salido en otra época y, sin embargo, roza una fibra sensible, como si en Uruguay el deporte empezara así, casero.

Es domingo Día de la Madre y no puedo mirar a Thomas Silva bordando sin pensar en las manos que cosieron túnicas, rodilleras o ruedos en los pantalones, medias o lo que fuera, en ese hilo conductor como homenaje, esa ternura cultural. Después vendrá la brutalidad de la carrera, la ruta, el puerto de montaña, los escapados, el pelotón controlado, la previa del final y el sprint. Pero el hombre borda, como si toda la épica/grandeza de una carrera necesitara, para volverse memoria, ese mínimo ritual de cuidado. Tal vez ahí esté lo más conmovedor. En el bordado no solo como ceremonia íntima, sino como forma de afirmarse. Porque Thomas Silva no se limita a tener la maglia rosa, calzársela o festejarla: la interviene, medio que la dobla y la pone sobre sus piernas, la atraviesa con una aguja, deja una huella, la hace suya.

La historia del deporte uruguayo lleva su nombre. Thomas Silva ganó una etapa del Giro, cosa extraordinaria, única, y ese mismo día logró subirse a la cima de la clasificación general. Es cierto que la carrera recién se está armando, pero también hay que puntualizar que por eso no deja de ser increíble, mucho menos si tenemos el nivel que tiene hoy en día el ciclismo internacional y cómo surgen los nuestros. Cuesta identificar si hay algo más grande en nuestro deporte a nivel individual en el siglo XXI. En Sydney 2000 todo el país miró el podio olímpico de plata de Milton Wynants, una medalla única, repetida sin parar cada vez que hay Juegos. En las décadas siguientes han existido enormes logros en otros deportes, en especial el de Felipe Klüver en single scull peso ligero, algunos destellos en deportes de combate, se puede sumar el bronce de Julia Paternain en maratón. Pero nada es, por peso específico del contexto, como lo conseguido por Thomas Silva. En el corazón del ciclismo profesional, en una de las grandes carreras de todos los tiempos, que un uruguayo se gane ahí, por la hendija que separa la gloria del resto, es meterse en la élite de un sistema que parecía hermético, al menos para los ciclistas de este quinto patio del fin del mundo.

Este domingo, en la última etapa de las tres que empezaron el Giro en Bulgaria, entre Plovdiv y Sofía, Thomas Silva, Tomi, como le dicen los íntimos, no ganó la etapa, pero cumplió su objetivo y el del equipo: mantener la malla rosada. Llegó tranquilo, cuidado, vio de lejos cómo el francés Paul Magnier se quedaba con el sprint ganándole nuevamente al favorito Jonathan Milan, sonrió al final, volvió a la ceremonia del final de etapa para calzarse la malla de líder. Nunca será poca cosa defender la malla en el ciclismo, mucho menos cuando todos corren para ganarte. Nada, ni el viento ni el abanico, pudo con Tomi.

Los números que sostienen la historia dicen que, con 13 horas 10 minutos 05 segundos, el uruguayo es el primero de la clasificación donde todos quieren estar. Cuatro segundos detrás vienen el alemán Florian Stork (Tudor) y el colombiano Egan Bernal (Ineos) –ganador del Giro en 2021–. Este lunes continuará todo igual porque hay descanso y traslado. La caravana deja Bulgaria para internarse en Italia, la casa madre de la carrera, donde el martes continuará el fuego con la cuarta etapa, que tendrá 138 km y unirá Catanzaro con Cosenza. Carrera corta, terreno ondulado, un puerto de segunda categoría y un final con repecho con desnivel hacia arriba (3,7%).

Entre tanto, el mismo ciclista que se inclinó a coser su número en la malla, concentrado, humilde, como entendiendo que las cosas importantes en la vida solo pueden sujetarse con paciencia y con las manos, volverá a estar de rosado. Esa malla, la maglia rosa, que parecía un préstamo fugaz, una equivocación del destino o un capricho de la carrera, estará un día más ajustada a su cuerpo, ese lugar exacto.

No importa cuántos días más pasarán así. Ya quedó instalado para siempre. Ya hay algo profundamente conmovedor en verlo así, en ver a ese gurí como si fuera la bandera de Uruguay corriendo entre montañas lejanas, carreteras míticas y apellidos en otros idiomas, discutiéndoles por qué ellos sí y nosotros no, él no, si ahora él sí y ellos no. Esto es la garra charrúa, también. La eterna costumbre de nuestros deportistas de recorrer la gloria por los márgenes, con hilo fino y manos de artesano, cosiendo la historia que parecía imposible.

Magnier de atrás

El lunes será día de descanso. El domingo, en la tercera etapa que se corrió entre Plovdiv y Sofía, en Bulgaria, la carrera se definió por estrecho margen y con photo finish, aunque el francés Paul Magnier (Soudal-Quick Step) levantó las manos al cielo cuando llegó primero con un tiempo de 4:09:42. Hizo bien, porque fue primero, por delante de Jonathan Milan (Lidl-Trek) y Dylan Groenewegen (Tudor).

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