En un partido interesantísimo que abrió el grupo K, Inglaterra derrotó a Croacia por 4-2, mostrándose como un equipo de gran potencia ofensiva liderada por Harry Kane, que además anotó en su tercer mundial consecutivo, poniendo dos de los cuatro goles de la selección de los tres leones. El equipo dirigido por el alemán Thomas Tuchel consiguió en Dallas estar siempre arriba en el marcador y, aunque fugazmente Croacia se lo empató dos veces y estuvo cerca de igualarlo por tercera vez, siempre se percibió que los inventores del fútbol estaban por encima en juego.
Oferta de penales: dos por uno
Casi que no había empezado el partido —iban ocho minutos de un intento de encontrarle el ritmo al juego— cuando, en un córner de los ingleses, Luka Modrić ingenuamente intentó restar una pelota y le dio una patada al inglés en el área, por lo que Turpin pitó el penalito. Kane lo pateó y Dominik Livaković atajó. Aunque, sorprendentemente, y solo por la repetición establecida por la televisión, señalaron que se había adelantado, por lo que el árbitro, con la asistencia del VAR, hizo rematar de nuevo desde los 12 pasos y Kane esta vez mandó la pelota a las redes, sin que el golero croata pudiera hacer nada. Muy al rato se pudo ver que Livaković había adelantado su zapato rosado un centímetro antes de que Kane conectara. Así no se puede.
En ese momento, antes de llegar al cuarto de hora, cuando el partido no se había armado todavía, pareció una ventaja muy pesada de asumir para los croatas y cierto alivio no esperado para los británicos.
Y así fue que llegamos a la pausa de hidratación publicitaria —porque, en definitiva, así debería llamarse— sin que cuajara el alineamiento general del partido. Pero, claro está, con una diferencia a favor de los ingleses, no solo por el gol del doble penal ejecutado, sino también por el juego y por la condición emocional que aparentemente había afectado a los croatas.
Después de la pausa, pareció que todo seguía bajo los mismos carriles, con los ingleses dominando en el juego, pero sobre todo en el marcador, a través de sus características de pelota abierta por afuera y centros templados; mientras tanto, los eslavos no pasaban de intentos de conectar desde su cancha que por lo general no prosperaban, ya sea por errores propios o por la presión de los británicos.
Todo eso hasta que, en el minuto 34, en la primera gran acción de Croacia, la pelota fue en profundidad por derecha y vino el pase hacia atrás para Baturina, que sacó un guascazo impresionante, llenándose el pie derecho e inflando las redes inglesas para poner el 1-1.
El marcador se mantuvo así por minutitos, nada más, porque en un córner Kane entró suelto, increíblemente por detrás, y a la altura del punto penal puso un cabezazo fortísimo que venció inapelablemente al golero croata. Nunca tuvieron tiempo de disfrutar del partido los croatas. Eso hasta que, en la última —pero última, última— jugada del primer tiempo, la selección ajedrezada, con una paciencia inconcebible cuando manda la desesperación, trabajó y trabajó la pelota con pases laterales sin nunca intentar meter el ollazo desesperado hasta el penúltimo segundo, cuando se la pusieron en profundidad a Ivan Perišić, que la bajó de cabeza hacia atrás para el ingreso de Petar Musa, quien, de cara al arco, puso el 2-2 que les dio tranquilidad, como la del viejo oficio del sastre que mete aguja e hilo sin apuro. Por lo menos, por los quince minutos del entretiempo.
Cerrado por fútbol
Y talmente fue así. Solamente durante los 15 minutos de los vestuarios pudieron mantener el empate los croatas, porque de salida Jude Bellingham, ingresando por derecha, en un unipersonal, llegó al área y, con una definición ajustadísima, puso el 3-2 otra vez a favor de los ingleses.
De ahí para adelante pasó un raid de ataques ingleses sin solución de continuidad, con jugadas de mucho peligro que fueron bloqueadas de manera aleatoria por la defensa croata, principalmente con las intervenciones reiteradas del golero que, realmente como gato entre la leña, se revolvió en su pequeña área. Fueron quince minutos avasallantes de los ingleses que, con su principal recurso de la pelota aérea, generaron muchísimo peligro para la defensa croata.
A pesar de la enorme superioridad inglesa, que de manera constante doblegaba los intentos de neutralización croata, la selección de los Balcanes, que parecía muy superada, tenía esporádicamente respuestas peligrosas donde demostraba que seguía encima del partido. Croacia lo había puesto contra las cuerdas en los últimos diez minutos y eso generó que el equipo de Dalić se volcara a campo contrario, lo que permitió que, en una rapidísima transición inglesa, la pelota fuera de derecha a izquierda; a la entrada del área recibió Rashford, que enganchó cortito de zurda y definió cruzado de derecha para poner el 4-2, que cerraba el partido. Fue el golpe seco de la cortina de chapa de un boliche de Mánchester que baja a deshoras para dejar afuera a los rezagados.