Minutos antes de que empiece el partido, quedan pocas sillas libres. La parrillada con carne argentina en pleno centro de Playa del Carmen está llena de mexicanos y turistas; la mayoría tiene puesta la verde azteca. Hay varios televisores brillando y todos muestran lo mismo: una toma aérea del estadio, un mar de camisetas; los comentaristas hablan de una tarde que todavía no empezó, pero que se presume grande. No es para menos, empieza un nuevo Mundial.
Un mozo pasa con una bandeja cargada de vasos; la rubia transpira frío. El cuate es joven y se revuelve entre las mesas como ratón en quesería: camina rápido, cada pocos metros gira la cabeza hacia la pantalla que le quede más a mano. Nadie se lo reprocha. Todos quieren fiesta.
En una mesa, cuatro hombres discuten si el entrenador acertó con la alineación. No manches, échale ganas, ¿qué onda, güey? ¿Mande? En otra mesa, una mujer reparte platos entre comensales —rubios, pero rojos porque no se protegieron del sol aunque estuviese nublado— que no parecen demasiado interesados en la comida. Cerca de la puerta, somos varios quienes miramos de afuera.
Fan Fest, el 11 de junio, en Guadalajara. Foto: Ruth Rosas, AFP
Como México no hay dos, me dice un vendedor de pulseras. Converso con él; no empieza el partido. Dice que en cualquier otro día, a esta hora, habría conversaciones de cualquier cosa menos de fútbol. El precio de la gasolina. El calor. El trabajo. El sargazo. El bendito dinero, carnal. ¿Alguna noticia política? Pero hoy, dice, en México se habla del ¡pinche partido!
La camarera deja una cuenta sobre una mesa. “Después”, le dicen. No es una respuesta, es una suspensión: cuando aparecen los jugadores por el túnel, la gente explota. Un hombre se pone de pie para filmar con el teléfono, su compañera se empina el vaso, el de otra mesa se acomoda el gorro, un veterano que tiene varios cadáveres en la mesa grita: “¡Ahora sí, cabrones, que empiece lo bueno!”.
En la pantalla, los futbolistas se abrazan cuando suena el himno. Entonces ocurre algo. Nada espectacular, algo mínimo: el bar deja de ser un bar.
Festejos por la victoria Mexicana contra Sudáfrica, el 11 de junio, en Ciudad de México.
Foto: Marco Antonio Martínez AFP
Los mozos dejan de ser mozos. Los clientes dejan de ser clientes. Los turistas dejan de ser turistas, los vendedores no son vendedores, la Policía no será Policía. Nada ni nadie ocupa el espacio que ocupa todos los días. Mexicanos, al grito de guerra, el acero aprestad y el bridón, Y retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón. El himno es todo.
Son futboleros. Tienen sus cosas, pero el pueblo mexicano es futbolero. Hay un silencio mínimo, breve, extraño, casi solemne. Hasta que rueda la pelota y el parrilla cambia de estado. En cada ataque mexicano los cuerpos se zarandean, gritan olé cuando empezó el partido y me hace ruido; un tiro afuera sacó el ¡uuuhhh! de varios. El Mundial empezó y, de pronto, un país entero pareció reconocer un viejo ritual que creía olvidado.