Giorgian de Arrascaeta durante el partido frente a Argentina, por las Eliminatorias sudamericanas (archivo, marzo de 2025).

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Las incertidumbres mundialistas de Uruguay

La situación sanitaria de Ronald Araújo y Giorgian de Arrascaeta ya tiene antecedentes en otros jugadores y otros mundiales.

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La situación de Ronald Araújo, y hace unos días la de Giorgian de Arrascaeta, nos impulsa a pensar por qué se nos rompen los cracks en el fútbol de élite o ante una gran contienda.

El talento en el Río de la Plata brota de las baldosas, eso lo sabemos todos, pero cuando esos muchachos llegan al mostrador de la altísima competencia, el cuerpo les pasa una factura que se empezó a escribir mucho antes de que tocaran la primera guinda en un club profesional. No es solo mala suerte o un mal entrenamiento; es la hipoteca biológica de una nutrición de fábrica que viene fallada de origen. Esa puede ser una de las explicaciones. También hay otras.

El búnker de cristal

Tal es así que parece una cuestión de mala suerte que, antes de cada Mundial o Copa América, nos asalten las lesiones de los futbolistas que parecen más destacados. Y aunque no es un patrón universal y estricto, da la impresión de que no es casualidad, ni solo un golpe, ni únicamente el estrés del fin de temporada lo que les puede pasar a Araújo, De Arrascaeta, José María Giménez o a tantos otros por estos días. Ya sucedió en mundiales cercanos: el propio riverense y Giorgian llegaron tocados a Qatar 2022 —tanto que Araújo no llegó a estar en ningún formulario de partido y De Arrascaeta solo fue titular y descolló en el último, ante Ghana—, o la catastrófica ausencia de Edinson Cavani en el partido de cuartos de final con Francia en Rusia 2018, producto de un problema muscular en el definitorio encuentro con Portugal.

Yendo hacia atrás encontramos más ausencias y puntos de contacto con la súper intensa agenda del fútbol de élite, particularmente el de UEFA, y otras singularidades de lesiones como la de Luis Suárez, operado días antes de viajar a Brasil 2014 y después determinante, para bien y para mal, en el camino del equipo uruguayo, o la de Diego Lugano, que propició las primeras apariciones de Josema en mundiales 12 años atrás.

Siempre lo mismo

Por una razón u otra pasa en cada Mundial. Tal vez la excepcionalidad de Sudáfrica 2010 nos haya permitido, salvo por sanciones, llegar con plantel completo, aunque por otras razones Tabárez decidió no llevar a un casi titular como Cristian Cebolla Rodríguez por los partidos de suspensión que aún debía cumplir por una piña a un argentino en las Eliminatorias.

Pero sí pasó en Japón-Corea 2002, cuando el destacadísimo Fabián O’Neill quedó fuera de todos los partidos por un problema en el tendón de Aquiles de su pie derecho. Para Italia 90, después de la larga y buena gira que hizo Uruguay antes de instalarse en Verona, varios jugadores llegaron justos a la participación mundialista. Peor fue en el Mundial de México 1986, cuando en el partido de despedida de Uruguay en el Centenario, el plantel celeste enfrentó a Nacional y a Peñarol, y Rodolfo Rodríguez —por entonces, y por mucho tiempo, el jugador que más se había puesto la celeste— tuvo un impacto en la zona abdominal que lo terminó llevando al quirófano y, a pesar de que fue inscripto, tampoco estuvo en ninguno de los cuatro partidos que jugó Uruguay.

Para 1974, quien no pudo viajar a Alemania fue el entonces joven Walter Indio Olivera, que en otra larga y extensa gira previa se fracturó en Australia y no pudo ir al Mundial. En 1970, Pedro Virgilio Rocha, el indudable crack de aquel gran equipo, jugó solo diez minutos del partido inicial ante Israel y debió salir con un problema muscular que lo radió del campeonato, y Julio César Cascarilla Morales sufrió rotura de meniscos en plena preparación del torneo e increíblemente terminó jugando en la semifinal con Brasil.

Pasa siempre, aunque las razones no sean las mismas.

El pecado original: mal alimentados de fábrica

La base biológica y estructural con la que el niño entra al sistema es determinante de lo que veremos después. Si entre los 9 y 18 años —la etapa del estirón— al gurí le faltó calcio, magnesio o vitamina D, el tejido óseo no se consolida y el riesgo de fracturas por estrés en la adultez sube como la espuma. Lo mismo pasa con el colágeno: si no hubo proteínas de calidad, los tendones y ligamentos pierden elasticidad y se vuelven rígidos, quedando listos para la falla catastrófica ante cualquier cambio de ritmo.

Hay una verdad que nos está pegando de frente: el fútbol de élite hoy exige superhombres, pero nuestros gurises llegan al mostrador de la alta competencia con un chasis que viene debilitado de origen.

¡Qué comida!

La realidad socioeconómica es la que manda. En instituciones de primer nivel, se estima que entre el 85% y el 90% de los futbolistas de divisiones juveniles viven por debajo del umbral de la pobreza. Esto genera dos problemas que destrozan al atleta.

Por un lado, la dieta de la casa o del club, con un menú diario que se basa en carbohidratos baratos y harinas refinadas. Sin hidratos complejos ni proteínas de alto valor biológico, el cuerpo, en medio del entrenamiento, activa rutas destructivas y se come su propia proteína muscular para tener energía, debilitando las fibras. Aunque en Uruguay son pocos los que viven en pensiones, la realidad es que la batalla por la salud del atleta se gana o se pierde en la mesa de la infancia, en esos hogares donde el hambre y la falta de recursos escriben una factura que el cuerpo termina pagando en Europa o en la selección.

La otra causa parece menos visible, pero está ahí presente, y algunos ya la definen como el veneno del cortisol. El pibe de 15 años carga con la presión existencial de ser el único que puede sacar a la familia de la marginalidad. Ese estrés crónico dispara el cortisol, que inhibe la reparación de las microlesiones diarias y debilita el sistema inmunitario.

En nuestra competencia interna el panorama es alarmante. En el semestre inicial de la A hubo más de 100 lesiones. Hay una asimetría que explica por qué los equipos en desarrollo sufren más: para compensar la falta de técnica frente a los grandes, aumentan la intensidad y el roce físico. Al someter a jugadores que arrastran carencias nutricionales desde la infancia a ese nivel de exigencia desmedido, los músculos de tracción fallan de forma estrepitosa. No por nada la enorme mayoría de las lesiones musculares afectan isquiotibiales, aductores y cuádriceps.

Al plato

En definitiva, si queremos que la guinda siga rodando con salud, hay que entender que el éxito en el arco de enfrente se empieza a cocinar en el plato del niño. El fútbol uruguayo no puede seguir pretendiendo atletas de élite con cuerpos construidos a base de mate y refuerzo de mortadela. Pero tampoco hay forma de proteger la fábrica sin mirar de frente la desigualdad que hay detrás de cada talento.

No es mala suerte. Es el cuerpo pasando factura por una infancia en la que el plato de comida en el hogar no podía estar a la altura de un futuro súper esfuerzo. No se puede pretender un motor de Fórmula 1 en un chasis que no recibió el tratamiento adecuado en la fundición, y aun así andamos.

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