Mayakoba no es solo el apellido del hotel donde Uruguay tendrá la concentración de cara al Mundial 2026. Mayakoba, que suena con acento en la “o” pero que muchos citadinos le dicen “Mayakobá”, es una comunidad privada de superlujo diseñada casi como un mundo aparte en la Riviera Maya. El complejo está enclavado unos diez kilómetros al norte del centro de Playa del Carmen, metido entre la selva, manglares, canales de agua y playas, todo con una densidad de construcción muy baja –los hoteles son gigantes y opulentos, pero el espacio de tierra es aún más gigante–, lo que le da un aire de reserva natural más que de polo turístico masivo. La propia marca define su nombre como “aldea sobre el agua”, en homenaje a los canales y lagunas que conectan cada rincón del complejo.
En ese entramado hay cuatro resorts de alta gama: Andaz, Banyan Tree, Rosewood y el Fairmont, donde se aloja Uruguay. Pero no es solo eso, sino que buena parte del complejo funciona como barrio privado, con residencias particulares y un campo de golf, también de lujo. Todo convive bajo un mismo espacio donde se comparten servicios y una filosofía cashless: el huésped se mueve entre hoteles, restaurantes, spas y boutiques sin efectivo ni tarjetas, cargando cada consumo a su cuenta.
La exclusividad de Mayakoba se apoya, sobre todo, en la seguridad. Llegar hasta la puerta es fácil, pero no pasan dos segundos hasta que la seguridad del hotel está encima tuyo. Los controles son duros, desconfiados. Al llegar, antes del arribo de la selección celeste, también había efectivos de la Policía Federal muy protocolizados, para nada afectivos. Para ser admitidos hubo que poner la cédula de frente a la cámara donde alguien –vaya uno a saber dónde, pero dentro de Mayakoba– chequeaba la información y subía o bajaba el pulgar, de acuerdo con los datos que, previamente, la Asociación Uruguaya de Fútbol había reportado en un listado con los periodistas que decidieron ir.
Cuando pensábamos que ya estaría el trámite resuelto, que solo quedaba ir hasta el lugar que la prensa tenía asignado para la ocasión, faltaban más controles. Una señora –típica mexicana: pelo negro, uniforme impecable, con tono serio pero correcto– pidió, nuevamente, cédula, nombre y medio de prensa; después de chequear todo nos invitó a pasar hacia donde había dos policías –pero con uniforme camuflado, tipo militar–, quienes exigieron poner la mochila y los teléfonos para ser escaneados.
Conviene decir que esto fue así porque Uruguay se hospeda allí, pero no es tan distinto un lunes cualquiera. Es una comunidad cerrada, donde el primer filtro está en la carretera federal Cancún-Playa del Carmen, por la que solo pasan huéspedes con reserva, residentes o personal acreditado; el segundo, en las casetas de cada hotel, donde vuelven a comprobar identidades antes de dejar avanzar. A eso se suman patrullaje 24/7, cámaras de circuito cerrado y control sobre la circulación interna: los taxis o proveedores externos no deambulan libremente, y los traslados se realizan en carritos de golf, camionetas del resort o ecobarcos que navegan por los canales.
La arquitectura, si se quiere, acompaña la idea de refugio. En vez de torres de cientos de habitaciones, predominan villas y suites que se mimetizan con la vegetación. Es un diseño pensado para que nadie vea a nadie si no quiere, ideal para un cuerpo técnico que busca proteger la intimidad del trabajo. En esa dirección, Mayakoba encaja perfecto con el plan de Marcelo Bielsa y Jorge Giordano, porque tiene mucho de lo que preferían para la concentración: un lugar donde se pueda entrenar a metros de las habitaciones, vivir tranquilos y alejados del bullicio del Mundial, estar a poco tiempo de vuelo de las ciudades sede –Miami y Guadalajara– y controlar quién entra y quién sale del entorno de la selección. Una verdadera aldea sobre el agua, ahora teñida de celeste.