Magda disfruta de 77 impecables años, de una erudición mundialista que le permite apilar memorias a partir de Suecia 58 y de una camiseta argentina con la que va desde donde sea hasta donde sea con su nieterío o sus amistades como punto de encuentro.
La camiseta es la 10 y dice Messi, idéntica a la camiseta 10 que dice Messi que transpiran uno, dos, tres, cuatro pibes que salen corriendo del colegio de enfrente de su hogar, igual también a la camiseta 10 que dice Messi que le calza fenómeno a una de esas amistades que la espera con el café listo en el bar de siempre, en la esquina de siempre.
Cierto que siempre en la esquina se erige el bar, pero no siempre ese bar se satura de celeste y blanco, y no siempre hay imágenes de Messi en el menú, en las servilletas, en los manteles de papel, y no siempre el muchacho que se encarga de administrar los pocillos en el mostrador luce, también, la camiseta 10 que dice Messi.
Si la Bersuit patentó para los enfoques sobre qué es la nación ese verso que enuncia “la argentinidad al palo”, en estas semanas la argentinidad al palo es Messi.
Como si fuera el destino hacia el que conducen todos los viajes o como si constituyera un refugio frente a las asperezas materiales y a las desesperanzas que surcan los días no de todos pero sí de muchos, Messi brota por todas partes en la Argentina. Tanto o, incluso, más que en el recorrido que desembocó en el título de Qatar.
Un hombre que reside en las calles y revuelve los residuos en cada anochecer guarda las sobras que le regala un verdulero: casi ni se miran porque en una tele de ancho escaso pasan los dos goles de Messi contra Austria y el de tiro libre a Jordania y comparten la hipnosis de la red golpeada por la pelota.
Después de la reiteración número 10.000 de esos goles, el cronista que emerge en la pantalla cuenta que Messi es el máximo goleador de los mundiales, que Messi lleva seis tantos en apenas tres partidos, que Messi acaba de cumplir 39 años, que Messi acumula seis mundiales consecutivos, que Messi se sintió más libre luego de ganar la Copa América de 2021 y mucho más después del Mundial de 2022, que dónde se esconden los que en otros tiempos castigaban a Messi, que Messilandia, que Messicracia, que Messias, que es de los futbolistas que menos kilómetros corren por partido pero eso qué importa, que Messi vence el esfuerzo de los contrarios pero sobre todo vence la lógica del tiempo, que Messi es igual a nadie y que nadie es igual a Messi, que gracias, Messi.
Mucho más que una gigantografía sonriente
En los rincones de Estados Unidos a los que ahora lo mandó su oficio, Lionel Scaloni seguro converge en fascinaciones con sus compatriotas, pero, como les corresponde a los entrenadores y no a las hinchadas, se lanza preguntas y acaso modela respuestas. Si hasta no tanto antes del torneo en curso no había confirmaciones de que Messi estaría en las canchas del norte, las tres primeras fechas lo restauraron a un protagonismo inempatable. Argentina se impuso a Argelia, a Austria y a Jordania sin colmar el vaso de los sufrimientos y con muchos trazos de su juego de esta era virtuosa: la acumulación de pases, la riqueza técnica de sus mediocampistas, las certezas del Dibu Martínez en el arco aunque casi no le hayan pateado, la sólida aparición de Facundo Medina por el lateral izquierdo, la novedad de las marcas individuales, la confianza colectiva para brillar en las buenas y resistir en las difíciles. Un montón. Pero Messi. Messi, que metió casi todos los goles del equipo, Messi abastecido por el sudor de sus compañeros y con esa impronta tan suya para husmear dónde es posible prender una mecha y cómo lograr que esa mecha encienda el mejor fuego.
No sería justo afirmar que el campeón del mundo depende de Messi, porque --antes y ahora-- ofrenda pruebas de dominar cómo comportarse con y sin el crack entre los cracks. Sin embargo, las primeras y muy provisorias conclusiones del Mundial indican que acaso se vuelva necesario detectar más rutas ofensivas (no por el rendimiento de los centrodelanteros Lautaro Martínez y Julián Álvarez, sí como desafío asociado) para volcar los resultados a favor. Aun asumiendo la imprevisibilidad del fútbol, la historia de este equipo y las calidades de sus integrantes auguran que aparecerán.
Por peso histórico, por el recuerdo hiperpotente de tanta alegría encadenada en los años últimos y por el arranque sin vacilaciones que le aseguró el primer escalón de su grupo, Argentina firmó los certificados iniciales rumbo a una ilusión para la que posee argumentos. Lo notable es que, en ese panorama relativamente previsible, lo asombroso lo aportara el más veterano. “Messi está jugando mejor que Messi”, sintetiza en la línea A de subterráneos un señor que acaba de invertir 3.000 pesos (unos 81 uruguayos) para hacerse de una bandera argentina (“para mi hijo”, aduce) que en un costado incluye la cara de Messi.
Si Magda pudiera escucharlo, coincidiría. Pero Magda, que ya acabó la conversación con su amiga en el bar tan celeste y blanco de la esquina, anda ocupada. Compra un kilo de pan en la panadería de la otra esquina. La atiende una dama enfundada en la camiseta 10 que dice Messi mientras Messi, el mismísimo Messi, la enfoca sonriente desde una hermosa gigantografía.