Países Bajos y Japón protagonizaron en el AT&T Stadium de Dallas uno de los duelos más atractivos en lo que va del Mundial. Dos selecciones con un estilo definido y una partitura muy aprendida escenificaron en el primer tiempo una cerrada pero tensa batalla táctica, que en el complemento se rompió con un gol de pelota quieta y abrió el juego para obligar a los orientales a cambiar su marcha y ponerse a tiro después de quedar en desventaja en dos oportunidades.
Japón, que desde hace años crece en su nivel competitivo y se ha acostumbrado a dar golpes importantes en los mundiales, es un equipo muy ordenado y disciplinado, que se fundamenta en una aplicada organización defensiva a partir de la cual proyecta su ataque mediante transiciones rápidas que favorecen la velocidad y la habilidad de sus hombres de arriba, junto con un par de talentos de buen pie en el medio. En todo el primer tiempo se dedicó a esperar agazapado por uno de esos ataques, que se presentaron en cuentagotas y en forma más de promesa que de chance efectiva.
Koki Ogawa, de Japón, tras convertir el empate ante Países Bajos, el 14 de junio, en el estadio de Dallas.
Foto: Aric Becker, AFP
Países Bajos, dirigida por Ronald Koeman y con nombres mucho más conocidos del fútbol europeo, busca continuar el legado de la naranja mecánica con juego asociado y rápida circulación de pelota. El equipo, ante el planteo japonés, se adelantó y buscó con mucha paciencia romper ese bloque bajo defensivo de los japoneses, que los obligó a jugar en un espacio corto y muy poblado en tres cuartas canchas. Con las líneas juntas y los espacios cerrados, los holandeses acumularon pases y basculaciones que pocas veces terminaban con peligro en el área rival, con la excepción de los intentos individuales del 9, Donyell Malen, que cada vez que intervino lo hizo con el arco rival en mente: las tres ocasiones de Países Bajos en el primer tiempo estuvieron en sus pies o su cabeza, pero el duelo lo ganó siempre el arquero japonés Zion Suzuki, que dio mucha seguridad bajo los tres palos.
El trámite se podía abrir con la pelota quieta, y así pasó, en los primeros minutos del segundo tiempo. En la cancha estaba Virgil van Dijk, capitán neerlandés que tiene el juego aéreo como una de sus máximas virtudes, y sin embargo Japón lo descuidó en el área. El tiro libre vino de la izquierda, pero mal tirado, lo que resultó en un beneficio porque la defensa japonesa quedó desajustada en la segunda pelota, que vino al área y que el zaguero del Liverpool puso contra el palo.
Obligado por el resultado, Japón cambió el chip rápidamente y se fue arriba, para probar que no es solo un bloque defensivo bien organizado. Lo empató pocos minutos después, con gol de Keito Nakamura, que sacó un tiro inesperado al borde del área para sorprender a todos y meterla abajo, después de recibir el pase gol de Take Kubo, uno de los que se hicieron cargo del equipo cuando hubo que atacar.
Con el juego más abierto, el segundo de Países Bajos llegó minutos después, y también tras una buena maniobra individual de Crysensio Sumerville, que con un impecable zurdazo al segundo palo puso en ventaja parcial a Países Bajos, al tiempo que celebró su primer gol internacional con la camiseta naranja.
Virgil van Dijk, de Países Bajos, tras convertir el primer tanto contra Japón, el 14 de junio, en el estadio de Dallas.
Foto: Aric Becker, AFP
Japón otra vez lo fue a buscar, esta vez con nuevos intérpretes, porque el técnico sacó a dos de los mejores de arriba, Kubo y Ritsu Doan, para poner a Yukinari Sugawara y Koki Ogawa, que entraron muy bien. El empate fue agónico, a los 88, y del modo menos esperado para la selección oriental contra los europeos: por arriba. En un tiro de esquina, Daichi Kamada, que había jugado un gran partido, quedó solo para cabecear y rescatar un empate valiosísimo para no arrancar perdiendo el Mundial, y amargar en la hora a Países Bajos.
El grupo F se completa este domingo con el partido entre Suecia y Túnez.