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Plantel de Paraguay, el 29 de junio, tras eliminar a Alemania en tanda de penales por los dieciseisavos de final, en el Gillette Stadium de Boston.

Foto: Megan Briggs, Getty Images, AFP

Paraguái opárupi (Paraguay para todo el mundo)

La selección guaraní, en histórica jornada, eliminó a Alemania en los penales después de haber empatado 1-1 y avanzó a octavos de final; será rival del que gane entre Francia y Suecia.

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Una maravilla en Boston vivida en la sala de prensa de Ciudad de México. Sensacional, única e inigualable victoria de Paraguay ante Alemania en los penales después de haber empatado el partido y el alargue 1-1. Qué maravilla, hermanos y hermanas guaraníes; qué divino, un triunfo sensacional conseguido solo con los atributos más marcados por siempre de los futbolistas de sangre guaraní.

Bueno, sí, seguramente estoy haciendo trampa. O tal vez no. Pero, con Uruguay afuera, no me quedaba más que parapetarme ante el partido como si fuera un guaraní más. Tal vez no estoy exagerando; de hecho, en cada censo hago notar o describo mis manchas mongólicas, una de ellas en la zona del sacro, lo que sin dudas me pone en un lugar de posible descendencia de pueblos indígenas y, por lo tanto, con raíz guaraní. ¿Hay en el mundo una forma de juego en el fútbol con tantos puntos de contacto como la de Paraguay y muchísimos momentos de los desarrollos más primarios y toscos de los uruguayos? ¿Hay una forma de gozar trancadas, cabezazos y calambres hasta la última gota de sudor de esas camisetas empapadas? Entonces me lo tomé como si fuera un paraguayo analizando tan trascendental partido, y sufrí, gocé, el corazón se me aceleró y terminé gritando como loco: Paraguái opárupi (Paraguay para todo el mundo).

Fue el triunfo del esfuerzo, de la templanza y de una forma de juego que no siempre da réditos, pero que asegura que habrá batalla hasta donde se pueda; y donde se pudo fue en los penales, cuando, después de seis ejecuciones y dos atajadas de Orlando Gill y una pelota afuera, José Canale puso la pelota en las redes en el penal número 13 (los paraguayos no convirtieron dos de sus penales) y consumó la hazaña, “porque rendirse nunca fue parte de nuestra historia”, como dice la Liga Paraguaya de Fútbol. Será menor, pero suma: Alemania nunca había perdido una tanda de penales desde el momento en que se instauró esa definición en los mundiales.

A la cancha

Ya de arranque se dio una jugada que premiaba los mejores valores del fútbol paraguayo: el juego aéreo. Fue en una acción en la que el creativo Julio Enciso generó un córner al minuto de partido; él mismo lo ejecutó y, en el segundo palo, con una pirueta obligada, Júnior Alonso definió. Salvó Manuel Neuer, achicándole casi en la cara al defensa albirrojo.

Después, claro, se empezó a asociar Alemania y a Paraguay le tocó sostener el partido, pero no con el único recurso de echar la cola atrás o poner la bañadera en el arco de Gill, sino recuperar la pelota y tratar de ponerla en juego con el pase largo –el pelotazo– para Enciso y para Almirón, de vuelta en la cancha tras haber cumplido la sanción por aquella expulsión inédita, pero en regla, por taparse la boca con la mano. Era el choque inevitable entre el fútbol de salón de los alemanes, pulcro y milimétrico, y esa tosquedad solidaria del fondo paraguayo, que entiende el juego como un asunto de pura supervivencia.

Paraguay defendía bien con sus 11 futbolistas en el campo, ordenados en dos líneas de cuatro por delante de su golero y con Almirón y Enciso como los jugadores más adelantados, pero en los límites del círculo central. El problema era que, una vez recuperada la pelota, el efecto búmeran se la volvía a entregar a los alemanes y otra vez había que volver a defender con todo, a plena concentración y esfuerzo.

Y a los 40, Miguel Almirón encontró oro en la franja derecha y, exhausto, generó un córner que cotizaba al alza. Metió un buen centro, pero despejaron y pudieron haber sacado la contra los alemanes; sin embargo, una barrida de última de Matías Galarza permitió a los guaraníes retomar la guinda y jugarla a la derecha, donde estaba a contramarcha Enciso. Este le abrió la puerta al lateral derecho, Cáceres, que entró hasta el fondo y mandó un centro precioso para que el propio Julio cabeceara ante Neuer. Golazo. Un grito en solitario en la sala de prensa del gobierno de Ciudad de México –la mejor de las salas de prensa en cuanto a necesidades para los periodistas, muy por encima de los no lugares de la FIFA–. Y después, a aguantar, por lo menos hasta el final de la primera parte, para irnos al entretiempo re chonchos como una chipá gorda.

Aprontando el tereré

Apenas a medio camino. De los 4.454 kilómetros que separan esta bendita sala de prensa del cemento expuesto de Foxborough, o de los más de 7.600 que nos distancian del eco de Asunción, la distancia real parece disolverse cuando la pelota vuela. Exagerando o no, uno se siente ahí, en la trinchera, con el corazón latiendo al ritmo de la resistencia albirroja: esos miles de kilómetros se reducen a los 90 metros que Paraguay debe defender con los dientes apretados.

El segundo tiempo se fue transformando en un infierno, aguantando y aguantando, hasta que a los 10 minutos llegó el empate de los alemanes por Kai Havertz, que peinó una pelota frontal cerca del área chica y dejó sin asunto a Gill. Para peor, casi de inmediato al gol, salió lesionado Enciso, y Ávalos, que casi había jugado en el medio como un volante más, también se fue del campo; en su lugar entraron el paraguayo-brasileño Maurício y Gabriel Caballero.

Tras el empate alemán, hubo momentos de quedar contra las cuerdas, hasta poco antes de la pausa de hidratación comercial, cuando la albirroja consiguió un par de pelotas aéreas que, se sabe –aunque el resto del mundo no lo reconozca–, son platino para algunos de nosotros.

Después de la pausa, con un poquito más de aire, trataron de tener un poquito más la pelota, pero no se pudo con continuidad. Flor de planchada para los guaraníes. No sabés lo que fue eso. Yo estaba acalambrado y sudando en Campo de Marte, metiendo gamba y gamba como si estuviese en los alrededores de Puerto Sajonia. Divino y tenebroso defender así, mientras la gente que llegaba frente a la pantalla gigante no entendía cómo se resistía. Siguió siendo un infierno absoluto poder defender la potencia ofensiva de los alemanes; sin embargo, el elenco albirrojo se mantuvo a pie firme, dejando hasta la última gota de sudor. Insoportable para cualquier corazón sudamericano –ni digamos guaraní– poder contener la tensión en el final del alargue.

Los alemanes cargando absolutamente con todo y metiendo centro y centro. No la expectativa de un juego refinado; a veces, muchas veces, la pelota aérea y la búsqueda del centro, evidentemente, dan un buen resultado o son una solución.

Ya sé que ustedes no están a mi lado ni en tiempo ni en espacio, pero, por favor, preciso un técnico o una técnica que me saque el corazón de la boca después de la pelota con la que Gill se quedó en la línea ante el cabezazo germano. Al final, en el último minuto, se fue Júnior Alonso acalambrado hasta los cataplines y se comió los segundos finales para llevar el partido a los penales.

Después, la gloria. Tesãi, che pehenguekuéra guaraní.