Maximiliano Araújo convierte el gol del empate transitorio con Cabo Verde, el 21 de junio, en el Hard Rock Stadium de Miami.

Foto: Chandan Khanna, AFP

Uruguay contra la tabla y contra sí mismo

Redacción al margen.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Uruguay dejó puntos y desordenó la mesa. El Mundial, que hace unos días parecía una promesa, vuelve a ser una conversación incómoda. Los números dicen que hay que ganarle a España y que la clasificación ya no depende de sensaciones, sino de una cuenta exacta: tres puntos o el vuelo de regreso. Los números dicen eso. La desazón dice otra cosa.

Esta vez, los fantasmas no esperaron al final del partido. Se sentaron en la mesa desde el primer pase mal dado, se acomodaron en el living de cada casa cuando Cabo Verde la empezó a complicar y la celeste se enredó. Malditos fantasmas. Bastaba con mirar el gesto de los jugadores cuando terminó el partido: esa mezcla de bronca y reconocimiento silencioso de que se acababan de complicar solos.

El paisaje también cambia. La camiseta pesa distinto cuando la tabla ya no sonríe. Queda una bala y no alcanza con repetir la vieja receta. Hay que encontrar de nuevo qué quiere decir ganar.

En estos días Uruguay no necesita decirse que es rebelde: necesita jugar como si lo fuera. Más que pedir “rebeldía”, se trata de cambiar algo cuando el partido se pone en contra, de no aceptar que el Mundial lo empuje hacia la puerta por diferencia de goles o por un punto que faltó. De eso se trata la última fecha, de comprobar si todavía existe ese reflejo de ir contra el pronóstico cuando el pronóstico es durísimo.

Tal vez por eso, ahora miraremos la tabla como quien lee un horóscopo que no quiere creer. Pondremos el celular boca abajo, pero lo daremos vuelta cada diez minutos para revisar combinaciones improbables. Calcularemos, corregiremos, volveremos a calcular. España ya no es solo un rival, ahora aparece como un personaje de thriller. Si Uruguay gana, habrá una nueva historia para la biblioteca de hazañas. Si pierde, habrá una duda nueva: qué pasa cuando un país pierde el hilo de la narrativa que lo hizo sentirse distinto.

El partido que viene se imagina antes de jugarse. Se lo piensa como un juicio. España en el papel de la lógica, la posesión razonable, la planificación que cumple etapas. Uruguay… habrá que ver qué Uruguay encontramos. No es necesariamente justo, pero es el reparto de roles que mejor queda.

La celeste se mete sola en este lío; ahora tendrá la necesidad de salir de él. Pasaron los dos rivales más accesibles del grupo y no le ganamos a ninguno. Ahora viene el último campeón de Europa, que llegará tras meterle cuatro a Arabia y siendo el cómodo líder del grupo.

Contra España hay que competir contra un cuco al que habrá que mirarle la cara y no el currículum. Uruguay ya estuvo acá otras veces, obligado a ganar cuando la lógica parece torcida. Nuestra historia no garantiza nada, pero ofrece un método salvaje de apretar los dientes y volver a jugar como si no quedara mañana.

Tal vez la rebeldía uruguaya no sea una virtud moral ni un atributo genético, sino una forma de no aceptar el destino. Un pacto tácito para creer que, llegado el momento, todavía puede discutir el resultado en tiempo real. A veces sale bien. A veces no. Pero mientras haya una bala, por muy alta que parezca la montaña, Uruguay va a seguir haciendo lo único que sabe hacer: ir a buscarla.