De un evento tan grande, tan trascendente, tan determinante, tan abierto y secreto a la vez como un Mundial hay cientos y tal vez miles de aristas a revisar, investigar, analizar, transparentar, aprobar o descalificar. Son muchas, muchísimas, de las que seguramente nos ocuparemos con nuestras fuerzas y nuestras capacidades.
Muchas personas aparentemente entienden o demandan la descalificación per se del evento tomando como punto de partida el negocio, la comercialización y los encuadres digitados de los desarrollos de la competencia antes de salir al campo de juego. Están en todo su derecho de sentirse lejos de ese y de cualquier evento ultracomercializado, distantes del espíritu puro y amateur de sus inicios.
Sin embargo, otros y otras seguimos estos megaeventos con la ilusión de que, más allá de los arreglos, acuerdos, negocios y desvíos que suceden fuera de las canchas, todo se siga resolviendo en los rectángulos de 100 metros por 70, con la simple razón de que gana quien más veces atraviesa la valla de los 7,32 metros. Es eso. Vale el juego, vale el fútbol, vale nuestro saber y nuestra expectativa; valen la idoneidad y la experiencia, la maña y la creatividad de los deportistas.
La pelota no se mancha
En lo particular, y después de haber participado de manera cercana en cuanto a la información de la competencia en ocho mundiales, entiendo que es un evento que nació por la propia razón de la competencia, por la exaltación de ese tipo de contiendas. Tanto lo sabemos que fueron Uruguay y los orientales, campeones del mundo y olímpicos en 1924 y en 1928, quienes empujaron en 1929, por intermedio del trascendente y no tan reconocido Enrique Buero, la realización de la primera Copa del Mundo y la asunción de la organización, casi como fuere, sin ayudas externas, de aquella primera cita en Uruguay, en Montevideo, y fundamentalmente en el estadio Centenario, el primer monumento de cemento armado hecho exclusivamente para fútbol y con capacidad para albergar a unas 50.000 personas.
Está claro y es fácilmente demostrable que el Mundial no nació como un negocio, sino como una formidable competencia entre los que se podía presumir, en cada instancia, que eran los mejores cultores de un espectáculo que se iría ganando el mundo.
Está claro que todo ha cambiado y que se ha transformado, desde aquel julio de 1930, cuando el Mundial tuvo sus primeros minutos en el Parque Central y en la cancha de Peñarol en Pocitos, hasta esta final de 2026 en Nueva Jersey. Todo ha cambiado, pero no se puede caer en la postura fácil de que todo se ha convertido en una asquerosa porquería comercial volcada solo al dinero, los negocios y el poder; tampoco en la ilusión de que se trata de un fútbol tan puro como el que concebimos cuando empezamos a competir en las veredas, en los patios de las escuelas o en los campitos. Hay que tratar de ubicarse para saber cómo nos acomodamos con nuestras emociones y nuestro conocimiento de la situación cuando nos comprometemos y convivimos con el Mundial.
Pero claro, esa enorme transformación, que ha mejorado y empeorado la competición y su espíritu, no ha sido de un Mundial a otro, sino en un proceso de 96 años en los que, en el mundo capitalista, ha pasado de todo.
Desde aquella inocencia de 1930 en un mundo entreguerras a este 2026 casi arañando el guion de Rollerball ha pasado mucha cosa: mucha competencia real, mucho negocio aislado y mucha, muchísima transformación, trascendiendo la geopolítica y las unidades de negocio instaladas en la multinacional que ha terminado siendo la FIFA. Fue William Harrison, escritor y guionista, quien en 1973 viajó al futuro y volvió a su tiempo para escribir el cuento “Roller Ball Murder”, situado en un 2018 hipotético. Aquel relato del deporte y del mundo del siglo XXI –donde “los hombres más poderosos del mundo son los ejecutivos; dirigen las grandes corporaciones que fijan precios, salarios y la economía en general, y todos sabemos que son corruptos, que tienen poder y dinero casi ilimitados”– apareció en la revista Esquire el 1° de setiembre de ese año con el siguiente acápite: “Hola, fanáticos del deporte, tiempo de juego nuevamente, y un gran día para castigar los tendones y los huesos”.
En “Roller Ball Murder”, el cuento, así como en el guion adaptado por el propio autor para la película Rollerball, de 1975, los deportistas, su salud y su vida no valen nada; lo que vale es el negocio del juego. En el relato distópico de 1973, Harrison se centra en 2018 sin saber que viviríamos una situación similar en este 2026: “La multitud grita, y sé que los camarógrafos lo tienen en una toma aislada y que los espectadores en Melbourne, Berlín, Río de Janeiro y Los Ángeles están llenos de emoción en sus sillones”.
Rollerball y William Harrison nos sitúan en ciudades y no en países, pero coinciden en la elitización del espectáculo para unos pocos en el estadio y para millones y millones de consumidores a través de las pantallas, que conectan con el juego en su dimensión inicial, espiritual y lúdica, pero que saben, o están en camino de saber, que aquel juego de hombres –y felizmente ahora también de mujeres– no es exactamente el mismo que el de estos superatletas encapsulados en el sobrenivel de partidos y en la exigencia mercantil de esta fábrica de felicidad, frustración y comercialización de 90 minutos, con días atrás –al menos uno– o después.
Reglas de juego: faltas no son trampas ni inmoralidad ni falta de ética
Dije y sostengo que son decenas y cientos los aspectos a revisar, a aprobar, a denunciar, a estudiar y a discernir acerca de cuánto es juego y cuánto es negocio, cuánta es la transparencia y cuántas son las zonas turbias en las que se desarrolla y dirime el evento. Pero hay algo que, más allá de los cambios, se mantiene: el juego. Y sobre una de las concepciones y formas de interpretar el juego es que podemos discutir.
Hay algo que en este siglo XXI, y fundamentalmente en estos últimos mundiales, parece estar cambiando en la apreciación: ya no surtida en los boliches, las esquinas, los lugares de trabajo o hasta en comilonas familiares y de amistades, sino en su expresión exagerada y, las más de las veces, degradante de las redes sociales.
Jugamos y vivimos, vimos y jugamos un juego que primero fue juego, después deporte, competencia y negocio reglado, basado en 17 reglas que no han sido inmutables, pero que más o menos han mantenido el espíritu del juego establecido en la Freemasons’ Tavern en el siglo XIX en Londres.
Las infracciones contempladas y sancionadas por el reglamento forman parte de la mecánica del juego, no de la trampa. La trampa es la ruptura oculta del marco normativo –el dopaje, el soborno, la truchada que elude la regla–. Pero cuando un deportista comete una falta (un penal, una mano en la línea, una falta táctica para frenar una contra) y acepta la sanción prevista (tarjeta roja, tiro libre, penal en contra), está jugando dentro de la arquitectura de las 17 reglas. Cuestionar eso como “inmoralidad” o “suciedad” no solo es un purismo de red social que desconoce la dinámica real de la competencia, sino que es una lectura moralista y reaccionaria: pretende exigirle al juego una pulcritud quirúrgica que anula la estrategia, la astucia y la resistencia cimentadas en la propia norma.
Pasó mucho, muchísimo en este Mundial, pero es un síntoma que a mí me llama la atención desde 2010 con la jugada de Luis Suárez en el partido contra Ghana: el tipo cometió un penal por mano en el área, lo expulsaron, cobraron la pena máxima y ¿resulta que eso fue una trampa? Los argentinos jugaron y llegaron lejos como miles de veces jugamos en los últimos 50 años los uruguayos, ¿y resulta que ahora jugaron sucio por unos pechazos o piernas fuertes que fueron sancionadas? Los argentinos llegaron a la final del Mundial y se plantaron ante un rival enormemente superior en la instancia, intentando llegar a la definición del partido sin diferencias para poder pelear el resultado; entonces se defendieron, buscaron redoblar la forma de neutralizar a un rival que había sido superior y lo sería en el trámite, pero que además se había sumado a la cantarola perversa de que ese equipo había llegado a esa instancia con los favores de la FIFA, de los jueces, jugando sucio, pegando, trampeando.
Los deportistas españoles, como los caboverdianos, los egipcios y los ingleses, sabían que eso no necesariamente había sido así; que jugando con un estilo que gustara más o gustara menos, que no llenara y que parecía estar siempre al límite de las posibilidades, lograron dar vuelta resultados y meterse en la final. ¿Alguien cree que es trampa o inmoralidad establecer una estrategia para tratar de contener una fuerza superior y llegar al final de 120 minutos de disputa en un partido igualado? No, amigos y amigas: a pesar de su disgusto y rechazo a esas formas, eso también es jugar. En una final de un Mundial o en un solteros contra casados.
Fútbol es cultura
El fútbol sigue siendo fútbol, ya sea jugando al ataque, con tiki-taka, mandando un pelotazo a la tribuna, tirando caños o metiendo el pecho. Claro que es más lindo con posesión de pelota y 17 tiros al arco, si es posible; pero eso responde a una construcción cultural e identitaria. A veces, aunque no sea lindo, defenderse como se puede es propio, eficiente y la única manera legítima de mantenerse en competencia. No todos pueden o deben jugar lindo siempre como propuesta; de hecho, sus casi creadores, los brasileños del jogo bonito, ya no lo pueden hacer. Defender la trinchera propia con las herramientas reglamentarias también es una manifestación cultural coyuntural legítima de la resistencia en la cancha.