Hubo un quiebre en la sobriedad habitual de Luis de la Fuente. Antes de la primera frase, la expresión de su rostro desarmó la formalidad de la entrevista al pie del campo de juego, con el perfume del pasto y la victoria juntos. Una mirada brillante y suspendida, que precede a la emoción de los hombres parcos, le dio el verdadero peso a su confesión: lo que sentía se parecía bastante a la felicidad pura. Su selección había vencido de forma contundente a Francia 2-0 y él procesaba frente al micrófono la solidez absoluta de la victoria como pasado inmediato, vislumbrando en el futuro la final del mundo del domingo ante quien gane de la otra llave semifinal entre Argentina e Inglaterra.
Mientras en España la gente desbordaba las plazas y la noche se anticipaba larga, el técnico sostenía la calma del artesano de Haro —ese rincón de La Rioja Alta donde el tiempo es el único juez—. Nacido entre viñedos y bodegas centenarias, aplicó en la cancha la misma receta que los viejos bodegueros de su pueblo: cuidar la materia prima en silencio, protegerla de la ansiedad exterior y dejar que los cuatro años de proceso le dieran cuerpo al mejor equipo del mundo.
“Es difícil describir con exactitud lo que uno siente en este momento, pero se parece mucho a la felicidad y al orgullo. Lo repito cada vez que puedo: es un privilegio dirigir a un grupo de futbolistas tan excepcionales como este. Pero no nos conformamos; todavía queremos hacer mejor las cosas. Nos queda el último paso y vamos a intentar darlo”.
“Quizás me vean demasiado serio para la magnitud del festejo, pero es la tensión acumulada del camino. Estar en la final de la Copa del Mundo es una responsabilidad enorme, un lujo reservado para unos pocos elegidos. Para entender esto, hay que mirar hacia atrás. Esto no empezó en esta concentración, sino hace casi cuatro años, cuando trazamos una idea de trabajo. Fuimos fieles a ese plan y esa coherencia nos trajo hasta acá”, remarcó el entrenador.
“Sabíamos que nos enfrentábamos a una de las mejores selecciones del mundo, pero ellos tenían enfrente al mejor equipo del mundo. Ahí estuvo la diferencia. Este plantel se merece todo lo que le está pasando porque demuestra día a día su compromiso, su solidaridad y su talento. Verlos jugar es un espectáculo; hacen que lo difícil parezca sencillo”, señaló De la Fuente.
“A la distancia, sentimos el afecto y la fuerza que nos transmite la gente. Es un orgullo ser el motor de unión de toda una afición y de un país entero. Les pido que sigamos juntos, porque es la única manera de conseguir cosas importantes. Ya ganamos siete batallas; ahora nos queda la última”, remató el entrenador, el segundo técnico español en llegar a la final de un Mundial de selecciones, después de que Vicente del Bosque la disputara y la ganara por primera vez con España en Sudáfrica 2010.