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Gastón Tonga Reyno, el 25 de julio, tras vencer a Josh Krejci en el Antel Arena.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Noche sangrienta en el Antel Arena, con triunfos de Tonga Reyno y Marilyn Contin

El primer evento de la Bare Knuckle Fighting Championship en Latinoamérica ofreció 11 peleas internacionales, mucha música y una puesta en escena espectacular.

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“¡Vamos, Jaque!”. Una voz femenina y aguda se impuso en el gigante silencio. Eran las nueve de la noche. El Antel Arena ya había colmado la capacidad de sus tribunas y alrededor del ring no quedaban butacas libres. El clima era el de un paseo familiar sabatino e invitaba a los últimos recorridos por los puestos de bebidas, panchos y chorizos. (Una en contra: la organización no permitía entrar al lugar con vituallas y en cambio ofrecía una variedad de recipientes plásticos prolijamente ordenados para descartar las comidas caseras.)

A esa hora, todas las luces y las cinco cámaras, una de ellas elevada con una grúa mecánica, apuntaban a los ojos hinchados de Jacqueline Ayala: una peleadora chilena que iba a vencer a la argentina Giuliana Cosnard en la primera hora de la entretenida velada pugilística en el estadio ubicado en Villa Española.

Fueron 11 peleas internacionales, en la modalidad a puño limpio –con cinco o tres rounds de dos minutos–, las que siguió con atención el numeroso público uruguayo, en el marco de un evento organizado por la empresa Bare Knuckle Fighting Championship (BKFC) –el primero en Latinoamérica–, cuyo principal atractivo era el combate entre el uruguayo Gastón Tonga Reyno y el estadounidense Josh Krejci, reservado para cerca de las 12 de la noche.

Antes no hubo tiempo para perder la paciencia. El espectáculo, pensando hasta el detalle, incluyó una banda de sonido de fina selección musical y que no solo sirvió para alentar a los boxeadores, sino que también acompañó teatralmente y con oportunidad cada momento de la competencia, haciendo al público partícipe de la trama.

A la tarima circular las y los peleadores llegaban directamente por una pasarela propia de desfiles de moda, y antes se los podía ver en un escenario rodeado de pantallas y luces, como sucede en el All Stars de la NBA. Tras bambalinas, un hombre con auriculares le indica a cada boxeador el camino y le sugiere que pruebe con algún tipo de arenga mediante el movimiento de los brazos.

Antes de subir al ring, el uruguayo Franco Perocheno, al ritmo de “Beat it”, de Michael Jackson, se besó los puños e hizo levantar por primera vez a la concurrencia del Antel Arena, que alentó al pugilista en cada uno de sus aciertos. En el primero, contra el rostro del argentino Harel Nicodella, el estadio soltó un rugido espeluznante de asombro, y el promisorio resultado parcial provocó un “¡U-ru-guay, U-ru-guay!” futbolero. Para desgracia de Perocheno, una caída algo casual y la cierta prisa del referí jugaron a favor de la victoria del argentino. En un combate de pesos pesados Nicodella terminó por llevarse la pelea por nocaut técnico, en el tercero de los cinco rounds.

Mejor suerte corrió el locatario Nicolás Nitro Mujica, que, en cinco rounds, venció al argentino Gonzalo Díaz Arredondo, en la categoría peso pluma. En ese mismo kilaje combatió el uruguayo Emiliano el Toro Nielli contra el argentino Guido Ninja Canetti. El Toro también arrancó bien, pero el sigiloso estilo del hermano rioplatense fue más efectivo. Con un golpe de brazo largo, Canetti hinchó la frente del uruguayo provocándole un hematoma sobre un ojo derecho que podía verse desde los asientos más baratos. El uruguayo no se achicaba, pero se lo notaba demasiado preocupado por su hinchazón y terminó en el piso. Al final del combate el bulto sobre la frente había crecido y ahora otro hematoma crecía sobre la oreja derecha. Aunque derrotado, llegó al quinto round y se fue ovacionado por su entrega.

Mucho antes de su turno, Tonga Reyno apareció de repente en las pantallas gigantes. La cámara que lo siguió hasta el vestuario permitió ver el momento en que un asistente vendaba sus puños con telas blancas y azules, además de los gestos de confianza y alegría del uruguayo. Las imágenes resultaron una novedad para un combate de boxeo, dispuesto como un recurso narrativo que por aquí ya habíamos visto, cuando la colombiana Shakira se presentó en el estadio Centenario.

Quizás la más dramática de las peleas de la noche fue la que disputaron el argentino Nicolás Jara y el chileno Ramón Mascarena, en otro enfrentamiento de peso pluma. Desde el comienzo, el boxeador andino se mostró en problemas. Cayó una vez, y el árbitro chequeó sus sentidos para seguir adelante. Con los puños arriba, volvió a caer, salvo que esta vez se levantó con el rostro notoriamente ensangrentado. Algo de su postura torpe, cantinflesca, llamaba la atención, mientras la sangre comenzaba a manchar los flecos plateados de sus pantalones cortos. Volvió a caer y a levantarse, y el árbitro le preguntó si quería seguir. Las piernas de Mascarena parecían a punto de quebrarse, pero lo hacían volver hacia adelante como un muñeco inflable frente a un negocio de chucherías. Su rostro pedía piedad, aunque a la vez asomaba otra cosa indescifrable, un ceño triste y natural, que hasta podía asustar, y en el medio de ese caos de lenguaje no verbal sorprendió con un golpe que aumentó el desconcierto. Cerca del final del combate, el suelo se había convertido en una pintura de Jackson Pollock y otros rastros de sangre pintaban las cuerdas de hilo blanco sobre las que se intentaba sostener. Su esfuerzo le valió nuevos aplausos. Más tarde, entre el público, el chileno apareció con la cabeza totalmente vendada, interesado por el resto de la programación.

Por su parte, Tonga Reyno probó con una segunda aparición de expectativa desde su camarín, esta vez con un invitado. La cámara giró hacia la puerta de la habitación y enfocó el rostro entusiasmado del presidente Yamandú Orsi. El mandatario saludó al deportista uruguayo con su propio “uno, dos” de puños, y la escena continuó con una secuencia muteada en la que, en apariencia, el boxeador describía el diseño de sus botas, adornadas con una pipa dorada y los colores de la ROU.

Entre las peleas principales de la noche, la de la uruguaya Marilyn la Reina Contin, aunque breve, fue de las mejores de la noche. En su primera experiencia en la modalidad de boxeo a puño limpio, la reciente campeona mundial de kickboxing, de 29 años, se enfrentó a la argentina Gisela Luna, en la categoría peso gallo.

Contin subió al ring con una versión de “Diamonds” de Willie Spence, y el resto de su tiempo en el escenario fue igual de fulgurante. La pelea duró un minuto y 13 segundos. Un derechazo de la uruguaya provocó a su rival dos cortes simultáneos en la cara por los que salían grandes cantidades de sangre, uno sobre un ojo y otro encima del pómulo. La celeridad de la victoria confirmó la superioridad de la competidora local, y la simpatía que le expresó la concurrencia ratificó a la Reina como una nueva figura del deporte uruguayo e internacional.

Pasadas las 11 de la noche, Luana cantó el himno nacional y su colega Camila Sapin se encargó del himno estadounidense, que fue silbado por buena parte de los espectadores. Al combate final de la noche el original de Nebraska Josh Krejci llegó al ritmo festivo del “Never gonna give you up”, de Rick Astley. El risueño boxeador esperó a su contrincante con modos despreocupados, mientras uno de sus asistentes seguía con precisión la letra del clásico bailable de los 80.

El Fata Delgado y De la Planta versionaron su cumbia “Uruguayo hasta las venas” para recibir a Gastón Tonga Reyno, que apareció con una bata con los colores del pabellón oriental elaborada con brillantes.

En la previa de su tercera pelea a puño libre, en la categoría peso pluma, el boxeador de 39 años dejó saber de sus altas expectativas: “Es la pelea de mi vida”, insistió en cada nota de prensa. Consideraba su localía y la presencia cercana de su familia, sus amigos y allegados, incluida una de sus maestras de escuela primaria, ubicada en una de las tribunas. “No tenés idea lo que me gusta el dulce de leche. Y esta vez dejé el azúcar”, admitió, quizás como el máximo esfuerzo, en una entrevista para El Nuevo Herald, de Miami, en la que también contó sobre sus horas en una cámara hiperbárica para llegar en forma y en peso a la pelea.

El nocaut llegó al minuto y 29 segundos del primer round. Con un cross de derecha, Reino dejó acostado sobre la lona a su rival, que pestañeó varias veces y tambaleó ante la cuenta del árbitro, que dio por concluida la contienda. Es cierto, la ceremonia de pesaje del día anterior fue mucho más emocionante que la pelea. En este caso, no hubo sangre y ambos boxeadores se fueron ilesos a sus hogares.

“Muchísimas gracias a todos los guerreros y guerreras que estuvieron hoy en este ring. Y ojalá sea el primer evento de muchos”, dijo Reyno.

Por último, sumó algo de picante para seguir el cuento: “No me gusta retar a nadie. Siempre voy humilde y callado. Pero me parece que hay que decirlo para que se den las cosas. Yo siento que puedo ser campeón de esto. Tengo nudillos duros, quijada y unos tres huevos enormes”, remató.