Simón tiene tres años y una pregunta que desarma cualquier táctica: “¿Por cuál hinchamos?”, dice mientras se forman los equipos en la pantalla. El televisor muestra banderas que no son la nuestra, camisetas que no son celestes, un Mundial que sigue sin Uruguay, porque Uruguay está helado y no nos queda otra que mirar al costado del camino. La escena ocurre en Playa del Carmen, donde estuve trabajando, pero la pregunta y su eco cruzan el continente como si fueran un pase largo y aterrizan, sin escalas, en Montevideo, donde ya estamos.
¿Por cuál hinchamos cuando la selección ya no está? ¿Qué hacemos con toda esa fe que se nos quedó sin camiseta? Simón es uno de los miles de inocentes. Y por más que le explique, para él la eliminación es un dato más del día, como la lluvia o la merienda; para mí, sin embargo, es una forma de exilio futbolero.
En Playa del Carmen el Mundial era un espectáculo más en una ciudad turística que no se detiene; en mi cabeza, sin embargo, es el recordatorio de un mundo feliz que tuvo a Uruguay en el centro de la atención. Cuando vuelvo a Montevideo, esa pregunta, “¿por cuál hinchamos ahora?”, se instala en la ciudad como una sombra. En el aeropuerto, en el taxi, en el súper y en la feria, siento que todos estamos un poco en esa misma encrucijada: Uruguay quedó afuera y el Mundial sigue como si nada. La fiesta está encendida y nosotros tenemos que aprender –una vez más– a vivir con la pantalla prendida y el cuadro apagado. Es entonces cuando se vuelve inevitable mirar para otro lado, ir por los costados para entender qué queda cuando se nos vacía la cancha.
Días después, en la rambla montevideana, la gurisada de vacaciones. El arco son dos buzos tirados en el piso, las líneas son un acuerdo verbal entre ellos, y el césped es una mezcla de tierra, pasto y piedras que sobreviven. La pelota prendida fuego del otro día, la que miró el país entero por televisión, ahora es un cuero gastado que lleva en silencio el alma de una queja. Cada vez que alguien la patea, algo duele y algo se cura. Aunque para la celeste se haya terminado el festival, en estas canchas mínimas sigue habiendo alguien dispuesto a poner el cuerpo hasta el final. Esto también es Uruguay.
A unas cuadras, el bar de siempre mantiene colgada su colección de recuerdos futboleros. En la mesa más ruidosa, un veterano señala los años gloriosos como si fueran estaciones de tren; otro, más joven, se ríe de una vieja eliminación que recuerda por historias ajenas. Entre el chiste y la queja, se arma un breve catálogo de derrotas que, sin querer, funciona como defensa contra el olvido.
Uruguay se mira en ese espejo de bar y canchita con una mezcla de pudor y orgullo. Durante años la historia que nos contamos a nosotros mismos fue la del país chico que compite con cualquiera, la de la garra que compensa la estadística, la del gol improbable en el minuto imposible. Sin embargo, cada eliminación viene a negociar con esa narrativa: ¿qué pasa cuando la épica no aparece, cuando el partido termina sin milagro, cuando la garufa se corta antes de tiempo? ¿Quiénes somos cuando ya no podemos apoyarnos en nuestra historia? El silencio se escucha como una pregunta abierta.
El tesoro de los inocentes no está en las vitrinas del estadio ni en los archivos de las grandes gestas. Habita más bien en esa porfía de seguir fantaseando jugadas cuando la suerte parece haber sido dictada por otros. Es el niño que se pone la camiseta para ir al baby fútbol y no sabe todavía de rankings ni mercados de pases; es la mujer que organiza el viaje al próximo partido de la selección como si la geografía pudiera torcer el resultado; es el abuelo que prende la radio en la cocina porque, de repente, sigue creyendo que algún gol le puede gritar al olvido que todavía estamos acá. Es, también, Simón preguntando “¿por cuál hinchamos?” cuando el partido empieza, una pregunta que en vez de clausurar la ilusión la reabre.
Uruguay tendrá que resolver qué hace con el final de este ciclo, qué lugar les da a sus jugadores, qué idea de juego quiere sostener y quién será capaz de convertir esa idea en un equipo. La eliminación deja una tarea menos romántica que la de volver a creer: construir un equipo. No será fácil.
Y aunque nadie lo vea, sobre esa base mínima Uruguay empieza a levantarse sin discurso oficial ni eslóganes. No hace falta una canción nueva ni una campaña motivacional, alcanza con que se arme de nuevo el picado en el barrio, con que alguien trace una línea de cal improvisada y grite “vamo a jugar”. La gambeta vuelve a ser un recurso para pasar al rival, pero también una forma de esquivar la tristeza más profunda, de gambetear la muerte simbólica que podría significar renunciar al juego y el primer toque es, sin saberlo, una manera de cambiar la suerte.
Los televisores transmiten otros partidos, historias ajenas que por un rato distraen la propia herida. Pero en los bares y en las canchas pequeñas, en los patios y en los viejos clubes de barrio, hay una certeza silenciosa: el país no sabe vivir sin fútbol, y tal vez ahí esté su fragilidad y su fuerza. Cuando se termina el Mundial lo que queda es esta capacidad casi infantil de insistir. Esa inocencia que se niega a aprender la lección cínica de que todo está perdido. Mientras haya alguien dispuesto a poner el cuerpo hasta el final, a meter un gol aunque nadie lo filme, a salir a la cancha –o al bar– para gambetear la desmemoria, Uruguay seguirá buscando, como quien rebusca entre objetos queridos, su pequeño tesoro de los inocentes.
Tenemos el sueño roto pero el corazón intacto. Volveremos.