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Estadio Akron de Guadalajara, el 26 de junio, durante el encuentro por fase de grupo entre Uruguay y España. Foto: Alfredo Estrella, AFP

Estadio Akron de Guadalajara, el 26 de junio, durante el encuentro por fase de grupo entre Uruguay y España. Foto: Alfredo Estrella, AFP

El Mundial de Uruguay en números: cuando los datos no alcanzan

El xG, la posesión y las métricas muestran a una selección dominante; la eliminación revela el peso de los detalles: centros fallados, errores en el arco y defensa, y un contexto mundialista cada vez más exigente.

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Si bien el Mundial ya es pasado para Uruguay, los datos dicen algo más complejo que un simple “fracaso”: demuestran un equipo que hizo muchas cosas mejor que sus rivales y aun así se volvió a casa.

En los tres partidos del grupo, Uruguay acumuló un xG de 3.95 a favor contra 2.72 en contra, con una diferencia positiva de +1.23. Ante Arabia Saudita y Cabo Verde, la celeste fue claramente dominante, tuvo más posesión, más remates, más pases completados y más threat, el indicador de FIFA que mide cuán peligrosas son las acciones ofensivas. Contra España, la diferencia en xG favoreció a los europeos, pero el partido fue mucho más parejo y disputado.

La receta

En ataque, Uruguay mostró una estadística muy marcada: centros constantes, pases que rompen líneas y una carga física altísima. En la fase de grupos fue la selección que más centros de juego abierto realizó por 90 minutos, con 26.5, y acumuló 76 centros entre Arabia y Cabo Verde, segunda cifra más alta del Mundial, detrás de Canadá.

Frente a los bloques bajos de Arabia y Cabo Verde, Uruguay encontró sus mejores caminos a través de esos centros y de una gran cantidad de pases que atravesaban líneas defensivas, con porcentajes de acierto muy superiores a los de sus rivales. Incluso ante España, que lidera el torneo en rupturas de línea con 162 pases completados de ese tipo, Uruguay aparece sexto con 115 y quinto en pases en campo rival, dato que habla de una selección que supo instalar la pelota cerca del arco contrario.

En términos físicos Uruguay fue todavía más contundente, porque corrió más que sus oponentes en los tres partidos, con mayor distancia total, más kilómetros a alta intensidad y más metros de sprint por encuentro, además de más sprints ejecutados. El equipo no perdió por falta de despliegue; al contrario, superó a Arabia, Cabo Verde y España en todas estas métricas.

Desglose

Contra Arabia Saudita, el primer tiempo mostró un Uruguay dominante en posesión (51%) pero con problemas para progresar y encontrar a su nueve, con apenas ocho toques de Darwin Núñez. En la segunda parte, el equipo se volcó definitivamente al área rival: 23 de los 28 remates del partido llegaron tras el descanso y la acumulación de centros —42 en total— terminó perforando a un rival cuyo arquero, con nueve atajadas, fue uno de los grandes responsables del 1-1.

El guion frente a Cabo Verde fue similar pero más exitoso en términos ofensivos, porque Uruguay no solo tuvo la pelota (65% de posesión), sino que la tuvo donde importa, con un 83% de sus tenencias en el último tercio, algo que ni siquiera España había logrado ante ese mismo bloque bajo. Los 29 centros uruguayos vulneraron una defensa compacta ubicada a 17 metros de su arco y Maxi Araújo consolidó su rol como nuevo protagonista: cinco goles con la mayor, cuatro en grandes torneos y Uruguay invicto cada vez que anota (2 victorias, 2 empates).

El partido frente a España coloca la paradoja en primer plano. La selección de De la Fuente llegó con una racha de 34 partidos oficiales sin perder y con números que la sitúan como una máquina de circulación: 763 pases intentados por partido, 92% de acierto, 559 pases en campo rival. Uruguay enfrentó esa estructura con un plan distinto al de los dos encuentros anteriores: menos posesión (26%), más tiempo en bloque bajo (28% del tiempo sin pelota) y un énfasis en salir rápido de contra.

El primer tiempo dejó una estadística llamativa. España tuvo la tenencia y el dominio territorial (74% de posesión, 63% del tiempo con balón en el último tercio rival), pero solo remató una vez al arco. Esa única llegada terminó en gol tras un error de Fernando Muslera, detalle determinante a la hora del análisis. Uruguay, en cambio, ganó más duelos que en ningún otro partido del grupo (54% en total y 74% de los ofensivos) y en la segunda parte revirtió parcialmente el control territorial, con un 52% de sus tenencias en el último tercio.

Sin embargo, uno de los problemas que el equipo arrastró toda la Copa se hizo evidente: la falta de precisión en el último pase y en los centros, con solo uno acertado de los 16 que intentó en los 90 minutos contra España. En un partido de margen mínimo, ese déficit se volvió tan relevante como el error del arquero.

En conclusión, mirando desde los datos, el Mundial de Uruguay no exhibe a un equipo desbordado, superado en todas las facetas o sin méritos deportivos. La celeste generó más xG que Arabia y Cabo Verde y menos que España, pero sin quedar a años luz; dominó posesión y territorio ante los dos primeros, instalando la pelota en zonas avanzadas como casi nunca lo había hecho en su historia mundialista reciente; corrió más y con más intensidad que sus tres rivales; y fue protagonista en indicadores como pases de ruptura y recepciones entre líneas.

La eliminación, entonces, se explica menos como una ausencia total de juego y más como una combinación de factores: un modelo ofensivo que se volvió repetitivo y, a veces, impreciso, errores puntuales de jugadores clave en momentos de máxima tensión y la realidad de un Mundial en el que equipos como Cabo Verde y Arabia ya no son víctimas fáciles, sino estructuras defensivas complejas, nutridas por la modernización del fútbol y los flujos migratorios.