Beatriz y Lucio, una mamá y su hijito, se sacan la foto del recuerdo porque pisan las tribunas de su club. Pueden elegir cualquier fondo, pero prefieren al trapo que ahora cuelga en todos los estadios: “Las Malvinas son argentinas”. Ejercen lo mismo que, en otra geografía también de tribunas, Roberto, de 82 calendarios y una vida gritando por su equipo, que amarra un trapo así: “Las Malvinas son argentinas”. Y que unos cuantos futbolistas profesionales que publican en sus cuentas de Instagram su efigie con esa leyenda tras sus espaldas, siempre en un trapo: “Las Malvinas son argentinas”. Y que la selección argentina, el 15 de julio de 2026, tras vencer a Inglaterra en la semifinal del Mundial de Norteamérica, recibiendo y exponiendo al trapo que parió a todos los trapos: “Las Malvinas son argentinas”.
Las Malvinas son argentinas. Sí, claro, siempre. Aunque el imperio británico las haya ocupado ilegítimamente en 1833. Aunque una dictadura genocida haya enviado a una generación de pibes, en 1982, a morir y a sufrir en una guerra con la que quiso enmascarar su propia condición miserable. Aunque los goles de Diego Maradona en el Mundial de 1986 ingresaran en la historia social como un homenaje a esos pibes y como una victoria real y simbólica, pero, lógico, no alcanzaran a ser una herramienta diplomática para restaurar una larga infamia. “Las Malvinas son argentinas” es, en este tiempo, bajo la lluvia de trapos gemelos del trapo mundialista, un mensaje que riega cada escenario de fútbol.
El periodista Edgardo Esteban combatió en las islas, fue director del Museo Malvinas y es autor del reciente libro La última batalla. Trapo más trapo más trapo, tiene el corazón conmovido: “Malvinas está y lo vemos en todas partes: una identidad tan transversal como el fútbol. En ambos casos, postergamos otras diferencias y nos ponemos la celeste y blanca. Creo que esa fusión entre Malvinas, la selección, el trapo y lo que significó el triunfo contra los ingleses potenció el reclamo: el mundo se preguntó por las Malvinas. Y es fundamental para las generaciones futuras: no dudo de que ese momento es una bisagra que, por más que el actual gobierno quiera ocultarlo, perdurará”.
Campeón y subcampeón del mundo, Thiago Almada desembarcó como jugador de River y reveló que el trapo que el planeta vio después del 2-1 a los ingleses fue obra de unos amigos suyos, gente de Fuerte Apache, un barrio bonaerense castigado por la economía injusta. “Tuvieron que tirar la bandera porque se la iban a sacar. Ahí la agarró Gio [Lo Celso]. Quedó para la historia”. La FIFA, con el aval de las autoridades argentinas, había anunciado la prohibición del ingreso de banderas con contenidos políticos. Como si cada pronunciamiento de la FIFA no fuera político, bajo la estrategia del “apoliticismo deportivo” –hacer política diciendo que no hay que hacer política–, ese concepto que modeló Jean Meynaud en la década del 60.
En un artículo para la revista La Tecla Ñ, el sociólogo Pablo Alabarces trabajó sobre la hipótesis de que aquel trapo que se multiplicó en más trapos potenció la reacción social que impidió que se volviera ley el proyecto de extranjerización de tierras, una iniciativa gubernamental para que capitales foráneos se quedaran con superficies estratégicas de Argentina: “La bandera conectó con esa memoria, movió algo escondido, puso en escena un imaginario potente: un país unido, sin divisiones, reclamando justicia –porque, claro, el reclamo por Malvinas es justo, sin necesidad de reivindicar una guerra inútil o volverse patriotero y guerrerista–. Dos semanas después, ese imaginario se volvió más enfático: proponiendo que la justicia también pasaba por la tierra y el agua y el aire y el fuego. No era un desplazamiento sencillo, pero se hizo”. Si Antonio Gramsci, italiano y universal, detectara los trapos en las populares, probablemente diría que la sociedad civil produjo lo que la sociedad política no pudo. “Soberano trapo. Trapo soberano”, sintetizó el profesor universitario Miguel Mazzeo en el portal Resistencias.
Las dos últimas novelas de Eduardo Sacheri van sobre Malvinas: Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros. “Malvinas y la selección argentina –le dice a la diaria– son las únicas señales de identidad que nos vinculan por encima de cualquier enemistad. Malvinas era eso antes de la guerra y después se reconstituyó. Ya en el Mundial de Qatar, era masivo el canto que hablaba de ‘los pibes de Malvinas que jamás olvidaré’. No me gusta mezclar al deporte con la guerra, pero hay cosas que se mezclan solas. Semifinal con Inglaterra, argentinidad al cubo: Argentina x Malvinas x selección nacional. Y las tres cosas son lo mismo”.
“Ese trapo salvaje hizo colapsar todos los diseños algorítmicos”, apunta Mazzeo. Quizás por eso nace y renace en manos de tanta hinchada. Y quizás por eso Beatriz y Lucio ahora tienen la foto en su casa y se emocionan. Ahí andan juntos. Ahí respira el fútbol. Ahí están las Malvinas.