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Foto: Mara Quintero

Otros futuros son posibles: más Thoreau y menos Prozac

“Nuestra vida se consume en los detalles”, entonces ¿qué puede hacer la generación presente para que las futuras generaciones no necesiten tanto? Un homenaje a Henry David Thoreau.

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En la biblioteca de la casa de mi infancia había un libro que solía llamarme la atención: Más Platón y menos Prozac. Imagino que siempre supe que Platón fue un filósofo griego, pero me llevó algunos años más entender que Prozac no era su némesis intelectual, sino el nombre comercial de un medicamento para el tratamiento de la depresión.

En cualquier caso, nunca leí el libro, pero siempre me quedó resonando esa lógica cuantitativa de contraste y más de una vez me encuentro reformulándola. Más de esto y menos de aquello parece un modelo argumental razonable para ciertos debates de la actualidad, al menos como punto de partida para reflexionar sobre algunos elementos centrales.

A esta altura, sería redundante y agotador listar el conjunto de problemas que enfrentamos como sociedad global, ya bien entrado el siglo XXI. Sin embargo, vale la pena seguir intercambiando ideas que cuestionen las premisas del desarrollo y las decisiones que tomamos a partir de ellas. Por avatares del oficio, me encuentro seguido con el modelo aspiracional actual del desarrollo sostenible, aquel que “satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”. Utilizado como máxima, parece simplemente una expresión de deseo. Lo problemático es cuando, sin contexto ni sustancia, toma la forma de encofrado para fraguar el largo plazo.

Para los fines de este artículo, dejemos de lado por un momento las largamente insatisfechas necesidades de la generación presente y detengámonos en la arista prospectiva de las generaciones futuras.

La premisa de la visión a futuro radica en extrapolar las necesidades actuales hacia adelante, como si eso fuera corroborable en algún período del pasado reciente, o fuera una hipótesis razonable para interpretar la deriva de este mundo absurdo que no sabe a dónde va. A menudo también me pregunto si mi abuela, nacida en Santa Clara de Olimar en 1932, o cualquiera de sus contemporáneos, podría haber imaginado todas mis necesidades actuales. Mis necesidades de agua, de combustibles, de plástico, de minerales críticos, de capacidad de cómputo, de objetos obsolescentes por diseño, de resultados de procesos de innovación.

Me pregunto si yo, nacido en Montevideo en 1989, soy capaz de inferir las necesidades que tendrán mis nietos en su adultez, allá por 2083. Trato de hacerlo con frecuencia, pero las incertidumbres de las infinitas trayectorias posibles son paralizantes, así que la mayoría de las veces apelo, como todos, al modelo más sencillo: proyectar el mundo que conozco, o lo muy poco que sé de él, hacia el futuro.

Si continúo el razonamiento, concluyo que, aun en ese escenario conservador, las cuentas no cierran. La evidencia es contundente. Las condiciones que encuadran el desarrollo humano se encuentran en francas trayectorias de deterioro: el clima global, la integridad de los ecosistemas, la calidad ambiental y la disponibilidad de recursos, entre otras tantas (Planetary Boundaries Science, 2026). Las causas de este deterioro radican en las “externalidades” del crecimiento marginal ineficiente, es decir, aquel crecimiento que no logramos convertir en ganancia de bienestar. Por lo tanto, se traduce en costosas ineficiencias de un sistema que, además, es brutalmente desigual.

Ya en la década de 1970 numerosos autores comenzaban a advertir sobre los límites biofísicos del crecimiento, idea que más tarde sintetizaría el economista estadounidense Herman Daly en el concepto de crecimiento antieconómico. En su visión, el crecimiento antieconómico alude al punto de inflexión en el que expandir la economía resta más de lo que suma, es decir, cuando los costos ecológicos y sociales marginales son tan grandes que erosionan la capacidad de funcionamiento del sistema.

La evidencia también muestra que la falta de acceso a bienes y servicios básicos en la actualidad no es un problema realmente cuantitativo, sino un problema básicamente distributivo. Responde a dinámicas artificiales y no a leyes naturales inmutables.

Frente al cambio de era que nos toca navegar, con restricciones del mundo físico aparentemente insalvables, es difícil escapar de reflexiones que, por utópicas que sean, funcionan como placebo contra el vértigo. En el contexto actual parecería razonable cuestionar cualquier idea de desarrollo de largo aliento que apunte a acrecentar las necesidades de aquellos que nos sucederán.

Los ejemplos sobran y la lógica es bastante intuitiva: si construís más autopistas, obtendrás más autos (por muy eléctricos que sean). Esta idea de demanda inducida, popularizada por el urbanista Jan Gehl para las políticas de movilidad, es ilustrativa del condicionamiento futuro derivado de decisiones actuales en diversas dimensiones, como la expansión urbana, la exploración de hidrocarburos, los centros de datos para inteligencia artificial, las plataformas de consumo masivo a bajos precios o los incentivos para la compra de autos particulares.

Con la evidencia acumulada al día de hoy, la lógica de las necesidades crecientes parece absurda. En sentido contrario al motor usual de las motivaciones políticas (más de aquello), podríamos intentar orientar la construcción del futuro con el lente de una motivación contrapuesta: ¿qué puede hacer la generación presente para que las generaciones futuras no necesiten tanto? Una especie de reformulación de las premisas del desarrollo derivada del pensamiento de Henry David Thoreau.

Los múltiples Thoreau y la reivindicación de la suficiencia

Varios años después de aquellos encuentros con el libro Más Platón y menos Prozac, me topé de casualidad con Thoreau, o con los múltiples personajes que habitaban en él: el ensayista egresado de Harvard, el abolicionista y antibelicista, el detallista descriptor de la naturaleza, el ermitaño, el individualista, el trascendentalista, el poeta, el pensador frugal.

Thoreau nació en 1817 en Concord, Massachusetts, y murió en el mismo lugar 44 años después. Se graduó en Harvard, fabricó lápices en el taller familiar, trabajó como agrimensor y fue amigo-discípulo de Ralph Waldo Emerson, la figura central del trascendentalismo estadounidense. Fue encarcelado por negarse a pagar los impuestos que financiaban la esclavitud y la guerra de Estados Unidos contra México. De esa vivencia nació el ensayo Desobediencia civil, que más tarde leerían Mahatma Gandhi y Martin Luther King.

En 1845 se retiró a una cabaña a orillas de la laguna de Walden, lejos de una emergente sociedad de consumo que le resultaba insoportable. El propósito, para Thoreau, era “vivir deliberadamente” para “no darse cuenta al momento de morir de que no había vivido”. De aquella experiencia de poco más de dos años en los bosques surgió otra de sus obras más notables: Walden, una cantera invaluable de información y reflexiones que han sostenido el paso del tiempo con demasiada vigencia.

Thoreau observaba que sus contemporáneos pasaban la vida trabajando para sostener un estilo de vida cuya complejidad terminaba por aprisionarlos. “Pienso en aquella clase, aparentemente enriquecida, pero suma y terriblemente empobrecida, de los que han acumulado escoria, pero no saben cómo usarla o librarse de ella, y han forjado así sus propios grilletes dorados”.

Si Thoreau pudiera darse una vuelta por el presente y constatar con qué sofisticación hemos refinado el arte de acumular escoria, ¿qué pensaría de nosotros? El costo de las cosas, escribía, “es la cantidad de aquello que llamaré vida que debe entregarse a cambio de ellas”. Casi dos siglos después, una idea bastante similar se convertiría en frase de cabecera del último José Mujica, con quien compartió, además, la admiración por los estoicos griegos.

Desde Walden para acá, poco ha mutado la paradoja que sostiene el ciclo de retroalimentación tiempo-acumulación-tiempo. Thoreau lo veía con claridad. Ya en el siglo XIX cuestionaba “el derroche y la extravagancia en la adquisición de casas, ropa y comida” (Richardson, 1986). No estaba predicando la pobreza, estaba cuestionando el motor de las obsesiones modernas individuales y colectivas: más es mejor, más es necesario. Su definición de riqueza es explícitamente divergente de esta idea: “Un hombre es rico en proporción al número de cosas de las que puede prescindir”, escribía en el capítulo de Walden titulado “Dónde viví y para qué viví”.

Thoreau invierte la lógica predominante: la riqueza no está en lo que una persona puede comprar o acumular, sino en lo que puede darse el lujo de no tener y no alterar. Más aún, en sus obras advierte con persistencia sobre el antagonismo entre el cultivo material y el cultivo personal, en sintonía con la idea de Bildung de algunos de sus referentes al otro lado del Atlántico, como Goethe y Wilhelm von Humboldt.

Leída en clave de desarrollo moderno, la idea de riqueza de Thoreau se vuelve una interpelación afilada: ¿qué hábitos, expectativas y comportamientos estamos construyendo y qué repercusiones tendrán sobre las necesidades de los que nos sucederán? ¿Con qué fines? La expansión extraordinaria de los sistemas socioeconómicos luego de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo niveles de prosperidad sin precedentes, aunque también arrastró hasta la orilla problemáticas de magnitud desconocida.

Es posible que, pasada la ola de la Gran Aceleración, tengamos ahora la capacidad de separar la paja del trigo y cuestionar la idea de la acumulación acoplada a la prosperidad. “Nunca estás fuera del rango de tiro si querés derribar la mentalidad de la acumulación”, decía a fines de la década de 1990 Donella Meadows, autora principal de Los límites del crecimiento (1972). Su cuestionamiento era simple: “Realmente, ¿cuándo tendremos suficiente?”.

Si recuperamos parte del pensamiento de Thoreau y lo adaptamos con ingenio, la suficiencia en la construcción individual y colectiva no tiene por qué interpretarse como renuncia de bienestar ni utilizarse como justificación para imponer austeridad.

Por el contrario, puede ofrecer ideas valiosas para las discusiones orientadas a la búsqueda del bien común. Incluso podría aportar elementos concretos para moldear decisiones de largo plazo en un mundo finito, sujeto a límites evidentes. A la hora de pensar hacia adelante, cabría preguntarse: ¿cómo impactará esta o aquella medida en las necesidades de los que vendrán después? ¿Deberíamos alinearnos detrás de cada innovación tecnológica que acrecienta nuestras necesidades solo por el hecho de poder hacerlo?

Llegado a este punto, corresponde hacer una serie de aclaraciones que quizá deberían haber estado al principio. Este artículo no propone acciones concretas, estrategias de desarrollo alternativas ni pistas que conduzcan hacia caminos que sean a la vez económica, política y culturalmente viables (porque obviamente no las tengo). No pretende ser un ensayo decrecentista o neoludita ni idealizar la vida de Thoreau. No hay nada instrumental, disruptivo o innovador. Tampoco es una apología de la escasez: no desconoce las aberrantes necesidades insatisfechas de un amplio conjunto de la población. A lo sumo, es un homenaje personal a Thoreau, una invitación a leerlo y una ingenua reivindicación de la suficiencia como valor fundamental para pensar el desarrollo en los tiempos que vendrán.

Agradecimientos: este artículo contiene aportes de Nicolás Dorronsoro, Leandro Delgado, Tim Vosskamper y Federico Fraga, aunque no lo sepan.

Referencias

  • Daly, H. (2005). Economics in a full world. Scientific American, 293(3), 100-107.
  • Jackson, R., Ahlström, A., Hugelius, G., Wang, C., Porporato, A., Ramaswami, A., Roy, J., y Yin, J. (2022). Human well-being and per capita energy use. Ecosphere, 13(4).
  • Meadows, D. (1999, 18 de marzo). Sustainable Systems [Conferencia]. Sustainability Lecture Series, Universidad de Michigan.
  • Planetary Boundaries Science. (2026). Planetary Health Check 2026. Potsdam Institute for Climate Impact Research.
  • Richardson, R. D. (1986). Henry Thoreau: A life of the mind. University of California Press.
  • Thoreau, H. D. (1854). Walden; or, life in the Woods. Ticknor and Fields.
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