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Luiz Inácio Lula da Silva en la previa de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el 24 de octubre, en San Paulo. · Foto: Nicolás Hernández, Anadolu, AFP

Luiz Inácio Lula da Silva en la previa de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el 24 de octubre, en San Paulo.

Foto: Nicolás Hernández, Anadolu, AFP

El capítulo de Brasil en el manual contra el autoritarismo

La renovada confianza democrática de Brasil debe ir acompañada ahora de reformas institucionales y estructurales, así como de la voluntad de construir coaliciones más allá de la izquierda. Los recientes resultados democráticos en Hungría y Serbia ofrecen valiosas lecciones.

Hasta que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva protagonizó una remontada extraordinaria para ganar la reelección, ningún candidato presidencial brasileño había logrado remontar una derrota en la primera vuelta en una segunda. Lula lo consiguió con casi el 52% de los votos, frente al 48% de Flávio Bolsonaro. Más de 128 millones de brasileños acudieron a las urnas, casi tres millones más que en la primera vuelta.

El resultado tiene repercusiones mucho más allá de Brasil. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no estará contento, y no solo porque haya perdido su candidato favorito. El resultado también podría enviar una señal de cara a las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos.

No es la primera vez. Tras años en los que los movimientos nacionalistas e iliberales parecían en ascenso, sus oponentes están encontrando formas de contraatacar. El húngaro Viktor Orbán fue derrotado en abril luego de 16 años consecutivos en el poder. El mismo día de las elecciones en Brasil, el presidente serbio, Aleksandar Vučić, reconoció su derrota en unas elecciones anticipadas celebradas tras casi dos años de protestas.

La oposición húngara estuvo liderada por un exmiembro del establishment conservador, y la serbia, por un movimiento impulsado por estudiantes. Sin embargo, sus experiencias apuntan a una estrategia antiautoritaria emergente. Y ahora Brasil, donde la democracia se ha visto puesta a prueba en repetidas ocasiones en los últimos años, puede haber escrito su capítulo más instructivo.

Todo comienza en las calles. En las semanas previas a la segunda vuelta de las elecciones brasileñas, hubo concentraciones multitudinarias en ciudades de todo el país. Los estudiantes marcharon junto a los trabajadores. Artistas y líderes indígenas se unieron a jubilados, agricultores y emprendedores. A muchos no los motivaba tanto la lealtad a un partido político como la preocupación por lo que otra presidencia de Bolsonaro podría significar para las instituciones democráticas y las libertades civiles.

Había algo sorprendentemente espontáneo en la movilización. Lula reconoció que nunca había visto nada parecido en 50 años de vida política. Gran parte de la energía procedía de fuera de la maquinaria de los partidos y los sindicatos. Impulsada a la acción por la derrota en la primera vuelta frente a Bolsonaro, la sociedad civil había redescubierto su capacidad de movilización.

El terremoto político de Brasil también fue digital. Durante gran parte de los últimos diez años, la extrema derecha dominó las redes sociales, explotando su apetito de indignación y confrontación. Los partidarios del padre de Bolsonaro, el expresidente Jair Bolsonaro, eran especialmente hábiles a la hora de convertir los grupos de Whatsapp y las figuras de internet en infraestructura política. La izquierda, con su dependencia de los discursos televisados y las estructuras partidistas convencionales, muchas veces parecía desamparada.

El punto de inflexión se produjo en parte gracias a André Janones, un diputado federal con talento para el espectáculo digital, y a Rafael Fonteles, el gobernador de 41 años de Piauí, que ayudó a introducir a Lula en un mundo al que se había resistido durante mucho tiempo, llegando incluso a negarse a tener un teléfono celular. El 21 de octubre, recibió un mensaje de Fonteles y se unió a la operación de Whatsapp de Janones, que se expandía rápidamente. Un político cuya carrera comenzó en las fábricas y las sedes sindicales de la década de 1970 se inició en los memes, las retransmisiones en directo y la interacción algorítmica.

El canal de Whatsapp de Janones, bautizado como el Ejército de Lula, atrajo a más de diez millones de seguidores. Allí se animaba a los participantes a compartir videos, promover hashtags y generar una avalancha de contenido en línea. A cada uno se le asignó además una misión sencilla: movilizar al menos a tres votantes más.

El humor político resultó especialmente eficaz. La campaña descubrió que el ridículo podía ser más efectivo que otra denuncia seria. En un debate televisado, cuando Bolsonaro, argumentando que la delincuencia había aumentado bajo el mandato de Lula, exigió saber por qué el 73% de los presos supuestamente había votado por él, Lula le espetó: “Quiero que el 100% de ellos vote por mí, incluso tu padre” (Jair Bolsonaro cumple una condena de 27 años de prisión por conspirar para dar un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022).

No se puede ceder la economía de la atención a quienes están más dispuestos a explotarla. Las plataformas digitales premian la rapidez y la intensidad emocional. Los movimientos democráticos deben entender esos incentivos, al tiempo que resisten la tentación de reproducir la desinformación y la intimidación que corrompen gran parte del debate político en línea.

La experiencia de Brasil también puso al descubierto y cuestionó el poder de las propias plataformas digitales. La campaña de Lula acusó a Meta de favorecer a su oponente mediante sus algoritmos y herramientas de IA. Meta reconoció fallos técnicos, pero negó cualquier sesgo político. El tribunal electoral de Brasil le ordenó a la empresa que aplicara los mismos criterios a ambas campañas. El escrutinio del tribunal tuvo consecuencias para ambas partes: en un momento dado, suspendió brevemente al propio Ejército de Lula.

Empresas como Meta y X ejercen una enorme influencia sobre el debate político mundial, pero sus sistemas de recomendación siguen siendo opacos. La competencia democrática requiere reglas transparentes que sean aplicadas de forma justa por tribunales que también protejan la libertad de expresión legítima.

También se registró otro cambio, más simbólico, en tanto la izquierda cuestionaba cada vez más la apropiación de los colores nacionales de Brasil por parte de la extrema derecha. Durante años, la bandera verde y amarilla se había asociado estrechamente al movimiento de Bolsonaro. Durante la segunda vuelta, Lula posó con la camiseta amarilla de la selección nacional de fútbol como parte de una campaña llamada “El verde y el amarillo son nuestros”, insistiendo en que el patriotismo no pertenecía a ningún partido. Su ejército de seguidores en línea siguió su ejemplo.

Por supuesto, un canal de Whatsapp por sí solo no explica la excepcional participación que le valió la victoria en las elecciones. Lula también se benefició del descontento de los votantes con su oponente, de una actuación contundente en el debate final de la campaña, de un enorme aumento de último minuto del gasto social y de la preocupación por la democracia. Su gobierno presentó propuestas económicas concretas. El resurgimiento digital de la campaña coincidió con su recuperación política, pero es difícil medir la contribución exacta de cada uno de estos factores.

Tampoco debe confundirse el resultado con un rechazo generalizado a la derecha brasileña. Casi 60 millones de personas votaron a Bolsonaro. Su partido, el Partido Liberal (PL), y sus aliados conservan una influencia considerable en el Congreso y en los gobiernos estatales.

Aunque el PL ha reconocido la victoria de Lula, Bolsonaro sigue mostrándose desafiante. Al igual que su padre, respondió a la derrota electoral cuestionando la legitimidad de los comicios, comprometiéndose a organizar a la oposición y a solicitar la inhabilitación de la candidatura de Lula. Además, se enfrenta a una investigación por lavado de dinero, lo que aumenta lo que está en juego a nivel personal para su supervivencia política.

Los próximos cuatro años pueden resultar considerablemente más difíciles que la remontada con la que Lula logró la victoria. La izquierda brasileña, que durante décadas ha dependido en gran medida del extraordinario carisma personal de Lula, ha tenido dificultades para formar nuevos líderes. El país necesita una política capaz de llegar a las personas que se sienten ajenas al gobierno, incluidas aquellas cuya inquietud ante la delincuencia y la inseguridad económica las hace receptivas a candidatos autoritarios.

La renovada confianza democrática de Brasil debe ir ahora acompañada de reformas institucionales y estructurales, así como de la voluntad de construir coaliciones más allá de la izquierda. Sus líderes deben recuperar parte del espíritu cívico que animó la campaña sin dar por sentado que unas elecciones han resuelto las divisiones del país.

Aquí es donde cobran relevancia las lecciones de Hungría y Serbia. Sus experiencias demuestran que la resistencia al poder concentrado puede surgir de diferentes tradiciones ideológicas. El denominador común es una ciudadanía dispuesta a organizarse e instituciones capaces de traducir la movilización en cambio político. En tanto una parte cada vez mayor del mundo mira hacia el Sur global en busca de orientación política, la campaña de Lula podría resultar incluso más influyente que los ejemplos europeos.

Robert Muggah, cofundador del Instituto Igarapé y del Grupo SecDev, es miembro del Consejo Global del Futuro sobre las Ciudades del Mañana del Foro Económico Mundial y asesor del Informe sobre Riesgos Globales. Ilona Szabó de Carvalho es cofundadora y presidenta del Instituto Igarapé y fundadora de Green Bridge Facility. Copyright: Project Syndicate, 2026.