Educación Sistema educativo

Foto: Rodrigo Viera Amaral

La doctora en Filosofía María José Codina propone la “educación en virtudes” para “resistir” a los algoritmos

La investigadora de la Universidad de Valencia propone la “resistencia algorítmica” para afrontar el daño en las conductas colectivas debido a la “colonización” de los algoritmos.

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María José Codina es doctora en Filosofía e investigadora en la Universidad de Valencia de España. Forma parte del grupo de investigadores de la Escuela de Valencia, integrado por académicos dedicados al estudio de la “ética aplicada” y liderado por la filósofa Adela Cortina.

Codina, quien también integra el grupo de investigación en bioética de la Universidad de Valencia, llegó a Uruguay la última semana de agosto a través del Instituto de Investigación en Justicia Social y Desigualdades de la Universidad de la República. La filósofa brindó una conferencia en la que compartió algunas de sus líneas de investigación, que se vinculan con la etapa actual de la tecnología y el sistema educativo a nivel mundial.

A partir del concepto de “resistencia algorítmica”, Codina plantea cómo la “colonización” de los algoritmos se ha instalado en nuestra vida cotidiana hasta influir en las decisiones que tomamos día a día y cómo, a su vez, son capaces de modificar nuestras conductas a nivel colectivo hasta “afectar la construcción de la identidad de los sujetos”.

La investigadora habló con la diaria y explicó cómo vincula su estudio al ámbito educativo a través de la resistencia algorítmica y la educación en virtudes –como la creatividad, la esperanza, la argumentación y la compasión–, herramientas que considera que debemos adquirir para proteger nuestra propia autonomía.

¿Qué significa resistencia algorítmica y qué implica?

Es un concepto tomado de [Tiziano] Bonini y [Emiliano] Treré, que he llevado al ámbito educativo. La resistencia algorítmica implica prácticas que encajan en la educación ética relativa a las virtudes de la creatividad y de la esperanza. Las prácticas de resistencia algorítmica que podemos estudiar son prácticas que la gente ha creado porque no existían esas soluciones, porque tampoco existían esos problemas, es decir, los problemas que tenemos ahora con la inteligencia artificial son completamente nuevos y no se nos hubiera ocurrido, hace diez años, que podrían existir. Entonces, son prácticas tanto de resistir a los algoritmos como vinculadas a proteger la privacidad, por ejemplo. En ese sentido, existen ventanas temporales a lo largo del día en las que el espacio en las redes sociales está un poco más limpio y el algoritmo les da visibilidad de forma más rápida a ciertas interacciones. Entonces, una práctica de resistencia algorítmica sería utilizar el propio algoritmo para denunciar algo o utilizar alojadores de datos, que no estén en manos de las grandes [empresas] tecnológicas, que protejan bien la privacidad de los datos, por ejemplo, cuando utilizamos la navegación privada.

¿Cómo vinculas concretamente el concepto con la educación?

Ya llevo muchos años investigando lo que sería la educación en virtudes, porque me he dedicado a la educación secundaria durante más de 20 años y me preocupaba mucho cómo se educa la población adolescente. Lo que observaba era que, por más cambios que se hagan en las leyes educativas, al final nada cambia. Entonces, mi preocupación era cómo hacer que algo cambie, y de ahí [nace] el estudio de las virtudes.

Las virtudes son los valores que hemos encarnado en nuestro carácter y que forman parte de nuestra manera habitual de actuar. Se trata de esos hábitos que nos encaminan hacia el bien y que requieren la práctica repetida y lo más complicado de todo, que es la ejemplaridad. ¿Quién puede enseñar virtudes? Solo puede enseñar virtudes quien las encarne. Porque las virtudes en las que yo digo que se puede educar no tienen un contenido sustantivo, son procedimentales, por ejemplo, la virtud de argumentar. Se debería estructurar el tiempo de clase en torno a la práctica de esas virtudes para impartir tu propio contenido [curricular]. Además, las virtudes nunca van a poder ser adoctrinamiento, porque realmente solo las va a incorporar a su carácter aquel que decida que las quiere incorporar, son un acto de voluntad.

¿Se puede enseñar a los estudiantes a salirse de estas lógicas algorítmicas?

Les podemos enseñar y podemos poner nuestro granito de arena, pero lo cierto es que, si los estados no se ponen en serio con ello, es muy complicado, porque es un poco pedir heroicidades. El escenario europeo quizá es el que esté haciendo más por la regulación, pero van muy lento, es como que la cosa no termina de avanzar. Parece que sí, que hay una voluntad, pero que no se acaba de materializar.

También está la competitividad, y lo que pasa es que Europa se queda totalmente atrás, porque cuando tú pones límites éticos a las cosas no puedes avanzar tan rápido como si no tuvieras ningún tipo de freno. Entonces, podemos educar en esa resistencia algorítmica; más que podemos, debemos, tenemos la responsabilidad de educar en esas virtudes. La virtud de la argumentación, la virtud de la esperanza, la virtud de la creatividad y la virtud de la compasión.

¿Qué objetivo tiene la virtud de la esperanza dentro de este planteamiento?

En ética hablamos de la brújula que nos marca el norte para no estar desnortados. Cuando una persona está desnortada no sabe hacia dónde va, entonces, el norte es la justicia en un sentido global. Adela Cortina habla de ética de mínimos y ética de máximos. La ética de mínimos tiene que ver con el concepto de justicia y la ética de máximos tiene que ver con el concepto de felicidad. La ética de mínimos y la justicia han de ser primero, antes que la ética de máximos. En este sentido, entendemos la justicia como aquella necesaria para que haya una convivencia en una sociedad diversa. Por ejemplo, con el derecho a una educación pública de calidad, el derecho a una sanidad pública que vele por la salud de las personas, a un trabajo digno, a una vivienda digna; esos serían unos mínimos que permitirían la convivencia de personas de distintas culturas, de distintas creencias y de distintas religiones.

Ahora, la noción de vida buena de cada cual tiene que ver con la felicidad, que es esa ética de máximos, pero los contenidos sustantivos de la felicidad no pueden ser universalizables, porque lo que supone felicidad para mí no necesariamente tiene que suponer felicidad para otra persona. Pero los mínimos de justicia sí, y en una sociedad justa las personas pueden procurar llevar adelante su propio proyecto de felicidad. Entonces, ese norte de la brújula siempre tiene que ir encaminado hacia la justicia, pero la justicia entendida como esos mínimos compartidos que podrían hacer una convivencia pacífica en una sociedad que sea diversa y plural, y la esperanza tiene que ir en la dirección de que eso es posible.

¿De qué trata la ética del cuidado y qué se debería enseñar a cuidar a los niños y adolescentes en los entornos digitales?

Entiendo que el cuidado no puede recaer en la buena voluntad de las personas que quieran cuidar, sino que el Estado también ha de procurar cuidar a las personas, cuidar el sistema y cuidar las relaciones para que el peso del cuidado no recaiga siempre en las mismas personas. Entonces, la educación basada en la ética del cuidado sería retomar el sentido del cuidado, que hoy en día se ha perdido por completo, comenzando por nosotras mismas. Es decir, las personas creen que se cuidan, pero cuidarse es algo mucho más complejo, es tener un buen bienestar de salud mental, saber quién eres, saber qué quieres, saber hacia dónde vas, construir un proyecto que te haga sentir que tiene sentido tu vida. Eso es el cuidado y lo hemos perdido mucho.

Por ejemplo, el cuidado con respecto a las otras personas es nefasto, porque con la polarización que hay hoy en día y los discursos de odio, la otra persona que no piensa como yo se convierte en un enemigo, y olvidamos que todas las personas, sin excepción, somos frágiles y vulnerables, y necesitamos de la ayuda de las demás personas. Eso está profundamente comprometido ahora por la colonización algorítmica. Es muy difícil que ahora un niño o un adolescente no construya su identidad con base en lo que le está llegando continuamente por las redes sociales, entonces, ese autocuidado pasa por proteger la intimidad de las personas y nuestro núcleo más privado para protegerlo de esa colonización algorítmica que, al alimentarse de nuestros datos, nos hace perder nuestra identidad y estar desnortados.

¿Cómo se podría trabajar este aspecto desde el ámbito educativo?

[A los estudiantes] hay que exponerles a sentir lo que puede sentir la otra persona, educar en la compasión. La empatía y la compasión son cosas distintas, la compasión sería un pasito más que la empatía. La compasión [proviene del latín] cumpassio, [que significa] “yo siento contigo”, implica el componente de la acción. Si educamos en esa compasión, muchas veces pasa por experimentarlo, por vivirlo, por practicarlo, y cuanto más se desarrolle esa virtud, será más difícil que sean personas poco compasivas en otros ámbitos. Pero claro, al cuidado tenemos que volver a darle importancia, porque hoy en día se ha asociado a ser débiles, y la gente quiere mostrar fortaleza.

¿Cuál es tu opinión respecto del relacionamiento de los niños con la tecnología?

Que no les hace falta la tecnología para nada. ¿Por qué no dejamos a un niño de 12 años conducir un coche? Porque es peligroso. Con la tecnología pasa exactamente lo mismo; no necesitan realmente para nada la tecnología, o al menos no si no tiene una regulación que nos permita estar seguras y seguros de qué están viendo y cómo la están utilizando. Sabemos a ciencia cierta que las grandes tecnológicas han diseñado de forma explícita los algoritmos con un componente altamente adictivo para secuestrar la atención, y los niños, las niñas y adolescentes están más expuestos que el resto. El problema es que socializan con eso. Pero bueno, no [planteo] prohibir la tecnología, pero sí que esté regulada y que al menos estén protegidos.

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