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Marusia López Cruz.

Foto: IM-Defensoras

Marusia López Cruz: “El cuidado, en la acción política, es un principio estratégico para la continuidad de las luchas”

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Las Bravas | Con la activista feminista mexicana y coordinadora de la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos.

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Poner una palma para abajo y otra palma para arriba. El ejercicio es simple. Hay que dar y hay que recibir. La conclusión también parece simple, pero no lo es. La lógica de una sociedad individualista dice, repite e intoxica que hay que recibir más de lo que se da y, la lógica de la militancia feminista, que hay que dar sin medir y no se puede pensar en recibir. La Protección Integral Feminista, nombrada, desde sus saberes, por la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos (IM-Defensoras), propone abrir las manos para dar, poner el cuerpo para luchar, pero también tumbarse a descansar, reírse en grupo para disfrutar, darse un masaje para descontracturar y tener momentos de reparación, sanación y poner en el centro el cuidado de la acción política y del mundo que queremos construir.

En tiempos de ferocidad, crueldad, odiocracia, autoritarismo, violencia, criminalización y regresión, la brújula de los feminismos mundiales debería apuntar hacia ellas y reconocerles el camino que abrieron para que cuidar – y cuidarse también– sea un acto político, leer sus manuales, escuchar sus voces que susurran calma, recibir los abrazos que no se asustan del miedo, entender que la valentía y la supervivencia van de la mano y que la mano es esa palma abierta que da y que recibe. Ellas lograron que ese modelo pueda ramificarse, y todavía falta lograr que muchas más puedan apoyarse en una lógica que no busca inmolarse y tampoco quedarse anestesiadas frente a la injusticia. Hay acciones para movilizarse sin descoserse: coser muñecas de tela, respirar y posar los pies sobre madera que reviva los puntos que dan vitalidad a quienes quieren cambiar el mundo, para que el mundo no se les haga un nudo.

La Iniciativa Mesoamericana nació en 2010 y es una confluencia que articula organizaciones feministas y redes de defensoras de diversos movimientos sociales de México y Centroamérica (Mesoamérica). El objetivo de la creación fue dar respuesta a las violencias en los territorios, por defender los derechos humanos y por ser mujeres o personas con identidades sexuales que desafían la norma.

Marusia López Cruz fue coordinadora para Mesoamérica de Just Associates (Jass) –o Asociadas por lo Justo– y actualmente es la codirectora de IM-Defensoras. Lleva mil mundos en su mundo nómade, con sus camisas bordadas de México, el amor por la ruralidad y su lugar en el mundo en la Ciudad de México. Su mamá (Margarita) es chilena y su papá (Anthar) es mexicano. Los dos eran militantes comunistas y cantores populares. Se crio entre canciones de protesta, marchas, plantones y mesas larguísimas, en una familia en donde la conciencia era parte del pan y la música del aire. “Lo que soy es por ellos”, dice en una genealogía que hace de la gratitud una alabanza y de la resiliencia una forma de ver el sol cuando las alertas angustian.

Ella fue alfabetizadora desde los 17 años y, desde ahí, promotora comunitaria y es un oficio que se le nota, por la voz dulce y encendida cuando ve a niños con los que jugar, cocinas de tablas horizontales en las que revolver ollas, cortar cebollas, intercambiar chistes y disfrutar de un verde colectivo en el que el horizonte no tiene rejas, sino trabajo común entre cebollas, aguacates, plátanos y frijoles.

Ella es etnóloga (una rama de la antropología centrada en el análisis de la cultura y los rituales) y esa mirada sigue fascinada por una espiritualidad que se deslinde del capitalismo del bienestar y vuelva a la revalorización de la ancestralidad fuera del mercado. Violeta Parra, desde la tierra de su madre, cantaba “volver a los 17”. Ella nunca se fue de la transformación que vivió cuando se sumergió en el trabajo comunitario en Veracruz, en el sur mexicano. “Me cambió la vida realmente conocer los niveles de desigualdad y pobreza y la cosmovisión y fortaleza del pueblo nahua, que tenía una forma de habitar el mundo mucho más sana, mucho más consistente, mucho más coherente y con experiencias súper bonitas”, relata.

De esa experiencia pasó a participar en comunidades eclesiales de base. “En México, muchas organizaciones surgieron de la Teología de la Liberación. Yo soy atea, pero fue una experiencia muy bonita conocer toda la organización rural inspirada por la religiosidad en la que se generaba un compromiso social y popular importante”, cuenta. “Ahí hicimos un trabajo transgresor dentro de la organización, porque empezamos a trabajar solo con las mujeres y eso a los compañeros no les encantaba. Por ejemplo, hacíamos fiestas o siestas, o íbamos al río o espacios de placer para compañeras que estaban con un nivel de carga familiar, política, laboral excesiva. La metodología habitual era viajar horas y horas para hacer talleres de análisis de coyuntura, cansarse otra vez un montón para regresar, y nosotras empezamos a cambiar las metodologías y a hacer espacios de disfrute y que desde ese disfrute reconociéramos los derechos que como mujeres no estábamos ejerciendo”.

¿Cómo se transformó la experiencia de incorporar el disfrute a la exigencia militante en una sistematización de esta propuesta?

Muchas compañeras cercanas fueron criminalizadas, amenazadas o agredidas en el marco de protestas. Y cada vez que pasaba, empezábamos de cero. En 2010, con Consorcio Oaxaca, la Unidad de Protección de Defensores y Defensoras de Derechos Humanos en Guatemala, la Colectiva Feminista para el Desarrollo Local, de El Salvador, la Asociación para los Derechos de las Mujeres y el Desarrollo, el Fondo Centroamericano de Mujeres y Jass empezamos a pensar juntas cómo responder a las violencias que intentaban silenciar las luchas en la región.

¿Hubo un punto de inflexión?

El golpe de Estado en Honduras [el 28 de junio de 2009] fue un punto de inflexión. Activó la solidaridad con personas que nos juntamos para reflexionar juntas qué hacíamos frente a este crecimiento de la violencia política. Decidimos convocar, en 2010, a un encuentro mesoamericano de mujeres del movimiento indígena, de defensa del territorio, de la diversidad, etcétera.

¿La idea de defensores incluía a las mujeres o las invisibilizaba en la generalidad?

Los informes que había sobre personas defensoras no hablaban de la situación específica de las mujeres defensoras porque no eran los liderazgos visibles y se consideraba que las formas de violencia en espacios familiares y organizativos no había que denunciarlas ni reportarlas. Por eso, surgió la propuesta de juntarnos para protegernos, tener un espacio seguro, donde dialoguemos para cuidarnos y para hacer vida la consigna de “si nos tocan a una, respondemos todas”. Ahí decidimos fundar la Iniciativa Mesoamericana con dos convicciones: que estaría anclada en la realidad desde nuestros países y que respondiera a las necesidades de los territorios. El corazón de la iniciativa son las redes nacionales de defensoras. En 2010 se formó la Red Nacional de Defensoras de México y la Red Nacional de Defensoras en Honduras, en 2011, la de El Salvador y después la de Nicaragua.

¿Cuál es la visión de la Protección Integral Feminista?

La visión es que poner el cuidado en el centro de la acción política no solo es un derecho, sino una responsabilidad y una condición para la supervivencia de nuestras luchas. Obviamente, los procesos represivos apuestan al desgaste, a romper los movimientos, a agotar las luchas hasta el extremo, y si nosotras contribuimos con una lógica de activismo sacrificial a esas políticas de destrucción de los tejidos organizativos, estamos replicando lo mismo que queremos combatir y estamos siendo muy poco estratégicas. El cuidado no es un accesorio, no es un privilegio, es una condición para la continuidad de las luchas. Es un derecho que tenemos todas y no es reconocido muchas veces en nuestras organizaciones, pero es un principio estratégico porque, si no, lo que pasa es que la gente se va tronando, se va saliendo, los movimientos se van quebrando y entonces ahí ganan los opresores. Hay cosas tan simples como no tener espacios de descanso y de renovación de energías, que generan una situación de mayor vulnerabilidad al riesgo, porque no estás con la capacidad y la energía para poder pensar estratégicamente en un momento de ataques o de violencia. No es como nos han enseñado en la lógica latinoamericana de que si no das todo por la lucha no estás siendo consecuente. Desde nuestra perspectiva, estás poniendo en riesgo tu lucha, estás poniéndote en riesgo a ti, estás generando mayor carga a tu movimiento, porque entonces tienen que ocuparse, aparte de hacer la lucha, de cuidar a quienes se expusieron de más. Si queremos enfrentar la criminalización y la represión, debemos tener condiciones de cuidado porque, sino, van a seguir destruyendo nuestros movimientos.

¿Qué análisis hacen del actual contexto?

Es un contexto en el que toda la región se ha ido derechizando. Hay y hubo esfuerzos de procesos alternativos de gobierno, como está pasando ahora en México, como pasó en Honduras, pero que no han inhibido el crecimiento de la extrema derecha en toda la región, donde el poder del Estado está capturado por el crimen organizado, el poder corporativo, por las empresas extractivas y con la bota de los Estados Unidos puesta continuamente. La conflictividad política y social está poniendo en riesgo a las mujeres que se organizan para defender sus derechos y cuyo protagonismo y liderazgo en la región ha venido creciendo mucho. Toda esta violencia contra las defensoras es también una respuesta al poder colectivo y al poder político que las mujeres hemos ido ganando en la región. Las defensoras de los territorios son de los grupos más agredidos en la región, porque tocan los intereses corporativos en una región de saqueo y despojo extractivista. También están las buscadoras [de personas desaparecidas] y las personas trans que son las que registran más situaciones de asesinato.

Estuviste en Honduras en las comunidades garífunas de la Organización Fraternal Negra de Honduras. ¿Qué te impactó del enorme trabajo comunitario en los territorios recuperados?

La Ofraneh no es solo una colectividad de comunidades que defiende su territorio y el derecho que tienen sobre sus territorios ancestrales, sino que tiene una cosmovisión y un proyecto político que resuelve muchos de los grandes problemas estructurales que están lastimando, reprimiendo, empobreciendo y llevando la humanidad al límite. Es una organización que construye alternativas de vida digna; que tiene una enorme claridad de lo que significa el cuidado de las personas que forman parte de la comunidad; que da alternativas a las personas jóvenes y migradas que tienen que retornar; que da espacios educativos y en su propia lengua a las niñas y a los niños; que da una alimentación no solo suficiente, sino sana y además ecológica porque ellos mismos la producen. Tiene una huella ambiental prácticamente cero.

Están regenerando territorios que habían sido devastados por el monocultivo de la palma africana. Están deteniendo el avance del crimen organizado que utilizaba los territorios garífunas para sus negocios. Donde antes había crimen organizado, ahora hay comunidades de gente que vive con dignidad y con derechos básicos. Y que, además, ha enfrentado también el extractivismo turístico que devasta el territorio, y ahí donde había empresas o magnates queriendo hacer negocios, ellos restauran comunidades donde la gente vive con dignidad. Eso tiene un valor no solo para el pueblo garífuna, sino para toda la humanidad, porque muestra que es posible construir en comunidad y vivir de manera digna. Resuelven el problema del hábitat de una manera lógica y fácil cuando se hace fuera de la lógica capitalista: construyendo colectivamente viviendas para todos. Un tema que es una causa de empobrecimiento y de angustia de tantísima gente por todo el mundo lo resuelven juntos: en pocos días construyen una casa para una familia. El pueblo garífuna tiene un profundo respeto a su ancestralidad desde la cultura y la espiritualidad entendida como un motor de cohesión comunitaria. Además, es un lugar seguro para las mujeres, las disidencias sexuales, las personas migrantes y las infancias. Y eso, en este mundo, tal y como están las cosas, es un valor muy importante.

Las Bravas es un espacio de la diaria Feminismos que busca amplificar las voces y las experiencias de mujeres feministas que están cambiando la historia en América Latina y el mundo. Está a cargo de Luciana Peker, periodista argentina especializada en género y autora de La odiocracia: al fondo a la derecha (2026), ¿El amor es o se hace? (2023), Sexteame: amor y sexo en la era de las mujeres deseantes (2020), La revolución de las hijas (2019) y Putita golosa, por un feminismo del goce (2018), entre otros libros.

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