Saltar a contenido
Opinión Posturas
Foto principal del artículo 'Los derechos de las niñeces trans no se negocian' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

Los derechos de las niñeces trans no se negocian

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

En Uruguay tenemos una Ley Integral para Personas Trans desde 2018. Una ley conquistada por la lucha de la comunidad trans y apoyada por una alianza social que movilizó a amplios sectores de la sociedad. Esta ley se llama “integral” porque no se limita a una norma declarativa contra la discriminación, sino que establece también acciones reparativas y afirmativas para que los derechos de las personas trans, un colectivo que acumula históricamente vulneraciones en cada una de las dimensiones más fundamentales de los derechos humanos, efectivamente se cumplan.

Sin embargo, que la ley sea integral no significa que se implemente de manera integral. Y aunque hay ciertos aspectos que se cumplen y se implementan, existen espacios en los que todavía esto no ocurre. La situación de mi sobrina Joaquina, una niña trans de 6 años, es tan solo un ejemplo. Un ejemplo que se dio a conocer recientemente en los medios, pero que está lejos de ser un caso único.

Joaquina tiene un documento acorde a su identidad, va a una escuela pública donde la reconocen plenamente, recibe un trato respetuoso en el sistema de salud, y tiene un entorno familiar y comunitario afirmativo. Por supuesto que todos estos logros no fueron tan sencillos. Siempre hay prejuicios y barreras que hay que ir superando caso a caso. Todos los espacios e instituciones son potencialmente hostiles para una niñez trans y su familia. Pero también es importante reconocer que vivimos en un país donde las infancias trans son cada vez más visibles, reconocidas y respetadas, y que la Ley Trans es una herramienta que abre puertas hasta hace poco tiempo impensadas.

Sin embargo, el deporte es todavía un ámbito especialmente cerrado, donde parece ser “polémico” lo que en otros lados es un derecho reconocido. Cuando Joaquina y su mamá empezaron a concurrir al Club BPS para asistir a clases de natación, se encontraron con unas normas transfóbicas para el uso de los vestuarios, que vulneran el derecho de una niña a practicar deporte en igualdad de condiciones y acorde con su identidad. La respuesta rígida del presidente del club, Marcelo Passadore, insistiendo en que el vestuario que le corresponde es el masculino, muestra que para ciertos sectores es más importante sostener un orden de género excluyente de las personas trans y poner su propia ideología por encima de derechos legalmente promulgados.

La Ley Integral es una gran herramienta, sí, pero parece que el Estado avanza en lo formal, modificando registros y emitiendo documentos, para que una vez que son obtenidos, no valgan lo suficiente en todos los ámbitos que corresponde. Es así que demasiadas veces, las personas trans y sus familias tienen que negociar en cada caso sus derechos. Por ejemplo, la Secretaría Nacional de Deportes le comunicó a la madre de Joaquina que “no existe en esta Secretaría un protocolo para espacios privados; cada club suele resolver los casos de forma individual”. A su vez, la Institución Nacional de Derechos Humanos recibió la denuncia pero aclarando que “las competencias de la INDDHH alcanzan denuncias y/o consultas en las que se vea involucrado algún Poder u organismo público” y que “no se llevan denuncias de conflictos entre particulares”.

La Ley Integral para Personas Trans es una gran herramienta, pero parece que el Estado avanza en lo formal, modificando registros y emitiendo documentos, para que una vez que son obtenidos, no valgan lo suficiente.

Aparentemente, una ley de derechos fundamentales está por debajo de las reglas particulares de entidades privadas. Con lo cual las niñeces trans quedan desprotegidas frente a la transfobia si esta ocurre en esos espacios. Lo que pasa en los hechos, infinidad de veces, es que las niñeces trans y sus familias sencillamente se desaniman, renuncian a luchar y se corren del espacio transfóbico, que mantiene impunemente sus reglas transfóbicas.

Algunos llaman despectivamente “ideología de género” a nada más ni nada menos que la afirmación de derechos y libertades fundamentales de las personas -en todas las etapas de su vida, incluyendo la niñez- para existir de acuerdo con su identidad. Yo me pregunto cómo deberíamos llamar a una ideología excluyente que no reconoce la identidad de una niña, lo que genera una presión para dejar de practicar deporte. Quizás habría que llamarla “ideología de la crueldad”, cuando niega el disfrute de una actividad lúdica y saludable a la que todas las infancias tienen derecho.

Sabemos que el deporte es, en este momento histórico, un campo de batalla en el que los actores conservadores tienen especial interés para seguir operando con sus ofensivas antiderechos, y con particular saña sobre los cuerpos de las mujeres cis y trans. Es así que muchas veces las identidades de deportistas profesionales se ponen bajo escrutinio por parte de ligas e instituciones deportivas que dictaminan exámenes médicos y tratamientos hormonales, y que cuestionan la participación o los logros de quienes no entran en ciertas categorías y estereotipos establecidos. Lo que en el deporte profesional es más visible porque afecta a tal o cual atleta ya conocida, empieza con las barreras que existen en los niveles más cotidianos del deporte: en clubes, gimnasios, ligas locales, donde las personas trans muchas veces ni siquiera se animan a entrar.

La familia, amistades, comunidad educativa y profesionales que acompañan a Joaquina en su devenir queremos que crezca animándose a entrar a cualquier lugar, con los mismos derechos que cualquier persona. Y no solo por Joaquina, sino para que estos derechos sean válidos a cualquier edad para todas las personas que transicionan desde el género que se les asignó al nacer, a la identidad que sienten con mayor autenticidad. Las transiciones en la niñez no son caprichos momentáneos ni imposiciones externas; son procesos que se van dando con la gradualidad que les corresponde: cambios en el corte de pelo, la vestimenta, los pronombres y otros aspectos sociales, y que fundamentalmente requieren acompañamiento y respeto. Esto incluye no obligar a usar vestuarios y otros espacios segregados por sexo de una forma que violente la identidad.

Hasta hace no tanto tiempo las infancias trans no eran visibles; incluso sus propias familias las obligaban al silencio y a la inhibición de lo más profundo de su identidad, que no pocas veces comienza a manifestarse a una edad temprana. Pero las infancias trans existen, siempre existieron, y el apoyo familiar, comunitario e institucional es fundamental. No para negociar derechos en cada circunstancia y a cada paso, sino para acompañar la alegría de descubrir y habitar plenamente el propio cuerpo y la propia identidad. Porque nadie debería crecer en la angustia de silenciarse, esconderse o retirarse de los espacios que le corresponden en igualdad de derechos.