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Fin de semana Conocimiento

Ramón Méndez.

Foto: Rodrigo Viera Amaral

Ramón Méndez: Uruguay puede ser un país desarrollado “si se anima a pensar estratégicamente otra vez”

El físico que lideró la transformación de la matriz energética de Uruguay sostuvo que el país ya demostró que puede impulsar cambios estructurales; ahora el desafío es aplicar esa misma receta para construir una economía basada en el conocimiento, afirmó.

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La transición energética demostró que Uruguay puede concretar transformaciones profundas cuando existe una estrategia compartida. Para el físico e ingeniero electrónico Ramón Méndez, aquel proceso no fue un milagro, sino el resultado de una mirada de largo plazo, instituciones sólidas, acuerdos políticos y una articulación público-privada que posicionó al país como referente internacional en descarbonización.

Actualmente, Méndez dirige la Asociación Ivy, una organización que busca replicar ese modelo en otros países y que recientemente obtuvo el premio Climate Breakthrough para impulsar esa iniciativa. “Lo extraño es que todavía no hayamos decidido aplicar esa misma receta a otros sectores de la economía”, afirmó.

En diálogo con la diaria para el Cuestionario Futuria, quien se desempeñó como director nacional de Energía entre 2008 y 2015 planteó que el siglo XXI exigirá construir una economía circular e intensiva en conocimiento y consideró que Uruguay parte de una posición más favorable de la que suele reconocer.

A su juicio, la escala del país puede convertirse en una ventaja para experimentar nuevas tecnologías y exportar soluciones, pero advirtió que eso dependerá de recuperar una planificación de largo plazo. “Todos somos países en desarrollo”, sostuvo. “La diferencia es que algunos llegarán primero. Uruguay tiene condiciones excepcionales para estar entre ellos si se anima a pensar estratégicamente otra vez”.

Si hoy tuviera que explicarle al mundo en qué punto está Uruguay en materia de agregación de valor mediante conocimiento e innovación, ¿cómo lo definiría? ¿Qué indicadores describen la situación de Uruguay?

Diría que Uruguay está en una situación paradójica. Tenemos muchas de las piezas necesarias para ser una economía basada en el conocimiento, pero todavía no logramos ensamblarlas. Contamos con instituciones sólidas, una comunidad científica respetada, empresas tecnológicas competitivas, energía prácticamente renovable y una fuerte reputación internacional de seriedad.

Pero esas fortalezas aún funcionan como islas y no han transformado el núcleo de la matriz productiva. Seguimos exportando principalmente productos con poco procesamiento, aunque los servicios ya representan cerca de 30% de las exportaciones. Al mismo tiempo, invertimos apenas alrededor de 0,7% del PIB [producto interno bruto] en investigación y desarrollo, muy lejos de los países que hicieron del conocimiento su motor.

Además, el mejor indicador no es solo cuánto investigamos, sino cuánto de ese conocimiento genera nuevos productos, empresas, empleos, exportaciones y, en última instancia, una mayor calidad de vida y una sociedad más integrada.

La buena noticia es que ya demostramos que podemos hacer transformaciones profundas. La transición energética, por ejemplo, no fue un milagro: fue una mirada estratégica de largo plazo, acuerdos políticos, instituciones fuertes, políticas públicas basadas en el conocimiento y construcción público-privada. Redujo en 500 millones de dólares por año los costos de producción de la electricidad que consumimos, independizó nuestra economía de las fluctuaciones generadas por eventos geopolíticos globales y creó 50.000 puestos de trabajo, además de permitirle a nuestro país liderar la construcción de la economía descarbonizada para el mundo del siglo XXI. Lo extraño es que todavía no hayamos decidido aplicar esa misma receta a otros sectores de la economía.

¿Qué debería modificar el sistema innovador para cambiar la matriz productiva?

Más que nuevas instituciones, Uruguay necesita un verdadero sistema de innovación. Hoy financiamos proyectos, instituciones y emprendimientos valiosos, pero sin una dirección suficientemente compartida. La innovación no surge de esfuerzos aislados; surge cuando quienes generan conocimiento, quienes producen, quienes financian y quienes regulan trabajan como parte de un mismo sistema. Además, necesitamos acordar algunos grandes desafíos nacionales –agro inteligente, biotecnología, salud, inteligencia artificial [IA], energía, agua, nuevos materiales– y alinear detrás de ellos las políticas públicas.

No se trata de que el Estado elija empresas ganadoras, sino de que construya ecosistemas capaces de ganar. Para eso debemos aceptar que transformar la matriz productiva exige continuidad durante décadas. Las políticas de innovación no pueden reiniciarse cada cinco años ni depender del entusiasmo personal de un ministro. La innovación no debería ser un programa más del Estado, debería ser la forma en que pensamos el desarrollo del país.

¿Qué sectores poco conocidos por el público presentan mejor potencial?

Creo que Uruguay debería apostar a convertirse en un productor de bienes y servicios boutique: productos de alto valor, fuerte contenido científico y tecnológico, trazabilidad, calidad y reputación internacional. Biotecnología, genética animal y vegetal, alimentos funcionales, tecnologías para el agro, gestión inteligente del agua, sensores y software para sistemas productivos, salud digital, IA aplicada y soluciones para la transición energética son algunos ejemplos.

Pero hay un cambio todavía más profundo. El siglo XX se construyó sobre una economía lineal: extraer recursos, fabricar con obsolescencia programada y utilizando combustibles fósiles, promover groseramente el consumo, descartar rápido y volver a empezar. Ese modelo ha llegado a sus límites económicos y ambientales.

El desafío del siglo XXI es construir una economía circular, donde el conocimiento agregue cada vez más valor y los materiales y la energía permanezcan dentro del sistema el mayor tiempo posible. En ese mundo, Uruguay está potencialmente mucho mejor posicionado de lo que solemos creer. Nuestra escala, que suele verse como una debilidad, permite usar al país como laboratorio: probar una innovación en condiciones reales, medir sus resultados y luego exportar la solución. Uruguay entero puede ser una plataforma de demostración.

¿Cómo ve la relación entre la academia y el sistema innovador?

Tenemos una academia mejor que el uso productivo que hacemos de ella. En varias áreas producimos investigación de nivel internacional, pero demasiadas veces ese conocimiento no llega a transformarse en innovación. Academia y empresas siguen teniendo tiempos, incentivos y lenguajes diferentes. Necesitamos muchas más personas que habiten esa frontera: doctorados industriales, investigadores trabajando dentro de empresas, laboratorios compartidos, fondos cogestionados y oficinas profesionales de transferencia tecnológica.

No necesitamos que la universidad se parezca más a una empresa; necesitamos que muchas más empresas descubran el enorme valor de trabajar con la universidad. Pero si esto resulta relevante para la generación de riqueza económica, lo es mucho más para generar riqueza institucional y social. El puente entre la creación de conocimiento y su uso innovador es crucial para el diseño y la implementación de las políticas públicas, especialmente para la inclusión y la cohesión social.

¿Qué rol juega el interior del país en el cambio de la matriz productiva?

Un país de tres millones y medio de habitantes no puede darse el lujo de concentrar su capacidad de innovación en Montevideo. Buena parte de los problemas más interesantes están en el territorio: producción agropecuaria, agua, biodiversidad, energía, logística, turismo, salud. El interior no debería ser solamente el lugar donde se aplican tecnologías desarrolladas en la capital. Debería ser también donde se generan las preguntas, se hace investigación y nacen empresas.

La innovación no puede seguir teniendo código postal. Eso requiere fortalecer centros universitarios y tecnológicos regionales, conectarlos con las cadenas productivas locales y asegurar vivienda, conectividad y oportunidades profesionales capaces de atraer talento. La descentralización real consiste en distribuir capacidad de decisión y conocimiento.

¿Qué innovaciones educativas están funcionando y cuál es la mejor manera de escalarlas?

Ceibal demostró algo fundamental: Uruguay puede universalizar una innovación compleja cuando combina visión política, institución ejecutora, continuidad y evaluación. Hoy el desafío ya no consiste en repartir tecnología, sino en transformar el aprendizaje. Hoy el desafío es cambiar qué y cómo se aprende.

En la era de la IA importa menos memorizar respuestas y mucho más aprender a formular buenas preguntas, trabajar con otros, crear y desarrollar pensamiento crítico. La educación tampoco debería preparar solamente para los empleos actuales. Debería formar personas capaces de crear los trabajos que todavía no existen. La educación exige tiempo para los docentes y capacidad de aprender de la experiencia: probar, evaluar y corregir, no simplemente decretar reformas antes de saber si funcionan.

¿Qué trabajos corren riesgo de desaparecer en Uruguay antes de que estemos listos para reestructurar la cadena de valor?

La IA afectará muchos trabajos administrativos, profesionales y de servicios, además de tareas repetitivas en el comercio, la industria y el agro. Pero no me preocupa que desaparezcan ocupaciones; eso ocurrió siempre a lo largo de la historia. Me preocupa que desaparezcan buenos empleos y que los nuevos sean más precarios. Me preocupa que se vacíen muchos puestos intermedios que hoy permiten ingresar y aprender.

La tecnología no determina por sí sola el resultado. Lo determina cómo una sociedad distribuye los beneficios de esa tecnología. Si actuamos con inteligencia, la productividad puede traducirse en mejores salarios, menos horas de trabajo y mayor bienestar. Si no, solo aumentará la desigualdad.

¿Qué desigualdades estamos subestimando hoy y que podrían convertirse en la principal fuente de conflicto o atraso en el futuro?

La mayor desigualdad del futuro no será entre quienes tienen computadora y quienes no; será entre quienes participan en la creación del conocimiento y quienes solamente consumen conocimiento producido por otros. No es solamente acceso a internet, sino acceso a escuelas y entornos que enseñan a expresarse, abstraer, usar tecnología, aprender autónomamente y construir redes.

Dos jóvenes pueden tener acceso a la misma computadora y, sin embargo, vivir en universos de oportunidades completamente diferentes. Subestimamos la brecha territorial y la creciente distancia entre quienes pueden actualizar sus habilidades durante toda la vida y quienes quedan atrapados en una formación inicial débil.

La IA puede democratizar capacidades, pero también amplificar las desigualdades existentes. Innovar no debería ser un objetivo en sí mismo. El objetivo es construir una sociedad más próspera, pero también más justa.

¿Qué políticas públicas vinculadas a tecnología deberíamos promover en forma urgente?

Más que una política tecnológica, Uruguay necesita una estrategia de desarrollo para el siglo XXI. La tecnología es una herramienta; el objetivo es generar bienestar. Necesitamos una política ambiciosa de IA y datos, aumentar la inversión en investigación e innovación, fortalecer mucho más la inversión privada y utilizar las compras públicas para impulsar soluciones nacionales.

También debemos atraer talento, facilitar el retorno de quienes se fueron y permitir que nuevas empresas puedan escalar. Pero, sobre todo, debemos dejar de pensar que el desarrollo consiste en comprar las tecnologías que otros inventan. Un país no se desarrolla consumiendo inteligencia; se desarrolla produciéndola.

¿Qué relatos sobre el futuro dominan hoy en Uruguay?

Tengo la impresión de que discutimos con enorme intensidad asuntos relativamente menores mientras dedicamos muy poco tiempo a imaginar el país que queremos dentro de 20 o 30 años. Casi no discutimos qué país podrá sostener salarios altos, protección social y cohesión. Necesitamos demostrarnos que podemos construir futuro. La transición energética mostró que, cuando existe una visión estratégica compartida, Uruguay puede sorprender al mundo. Me gustaría que discutiéramos mucho menos sobre la próxima encuesta y mucho más sobre la próxima generación.

¿Cuál es la imagen que Uruguay debe proyectar hacia afuera?

Durante décadas hablamos de agregar valor a nuestros recursos naturales. Creo que hoy el desafío es diferente: agregarles sostenibilidad y conocimiento. Esa diferencia cambia completamente el lugar que Uruguay puede ocupar en el mundo. Nuestra imagen debería ser la de un país pequeño que transforma conocimiento en soluciones sostenibles. Un país que produce alimentos sofisticados, tecnologías para el agro, energía limpia, biotecnología, software, IA y nuevos modelos de economía circular.

Un país confiable para experimentar, innovar y demostrar que otra forma de desarrollarse es posible. El mundo no necesita otro proveedor indiferenciado de commodities. Sí puede valorar un pequeño país que haga pocas cosas, pero que las haga extraordinariamente bien. Hay una idea que me parece central. Solemos hablar de países en desarrollo y países desarrollados, como si unos ya hubieran llegado a destino. Yo creo que hoy todos somos países en desarrollo, porque todos tenemos que construir una economía completamente distinta de la del siglo XX: descarbonizada, circular, intensiva en conocimiento e inclusiva. La diferencia es que algunos llegarán primero. Uruguay tiene condiciones excepcionales para estar entre ellos si se anima a pensar estratégicamente otra vez.

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