Para el diputado por el Partido Nacional Rodrigo Goñi, presidente de la Cámara de Representantes e integrante de la Comisión Especial de Futuros del Parlamento, Uruguay enfrenta un desafío que todavía no termina de dimensionar: la aparición de nuevas desigualdades asociadas a la capacidad de las personas para aprender, reconvertirse, usar tecnología y comprender los cambios acelerados que trae la inteligencia artificial.
Impulsor de la consulta pública nacional sobre niñas, niños, adolescentes, entornos digitales e inteligencia artificial que el Parlamento desarrolla junto con otros organismos públicos, Goñi dijo a la diaria, en el marco del Cuestionario Futuria, que el país necesita fortalecer sus capacidades de anticipación para evitar que las transformaciones tecnológicas profundicen las brechas sociales, territoriales e intergeneracionales.
Si hoy tuviera que explicarle al mundo en qué punto está Uruguay en materia de agregación de valor mediante conocimiento e innovación, ¿cómo lo definiría?
Diría que Uruguay está en un punto de inflexión. Tenemos una base muy valiosa: estabilidad democrática, confianza institucional, capacidades digitales, una educación pública gratuita e inclusiva -el caso de Ceibal como una plataforma clave para esta nueva etapa-, un ecosistema tecnológico y emprendedor reconocido y sectores productivos con mucho potencial. Pero el desafío ahora es articularlos, darles continuidad y convertirlos en valor para el país. Y ahí creo que hay una dimensión que a veces subestimamos: la innovación no es solamente tecnológica o productiva. También necesitamos una innovación cultural, institucional y democrática. Ya no alcanza con ser un país confiable hacia afuera. Si queremos dar un paso más para agregar valor, tenemos que ser un país confiable hacia adentro, y en colaboración entre nosotros. Tenemos varias piezas en movimiento: nueva institucionalidad científica, estrategia de desarrollo, estrategia de inteligencia artificial, experiencias educativas digitales, discusión industrial, servicios basados en conocimiento. Ahora hace falta articular todo eso en una visión compartida, sostenida en el tiempo y abierta a los aprendizajes que el propio contexto nos vaya reclamando.
¿Qué se debería modificar en el sistema innovador para cambiar la matriz productiva?
Lo primero es dejar de pensar la innovación como una suma de programas aislados. La innovación tiene que ser parte de una estrategia nacional de desarrollo, pero también de una nueva cultura de colaboración. Cambiar la matriz productiva no significa simplemente tener más tecnología. Significa agregar más conocimiento, más ciencia, más creatividad, más capacidades humanas y más inteligencia colectiva a lo que Uruguay ya hace y a lo que puede empezar a hacer. Necesitamos conectar mejor academia, empresas, trabajadores, Estado, educación, territorios y mercados. No alcanza con que cada uno haga bien su parte si después el conjunto no conversa. El valor hoy se crea en redes, en ecosistemas, en conexiones. También necesitamos prácticas de gobernanza anticipatoria. Eso quiere decir que no podemos esperar a que los cambios nos pasen por arriba para recién reaccionar.
¿Cómo ve la relación entre la academia y el sistema innovador?
Todavía insuficientemente integrada. Uruguay tiene conocimiento académico valioso, investigadores, universidades, capacidades científicas. Y también tiene empresas, productores, emprendedores, trabajadores y territorios que enfrentan problemas concretos. Pero el punto es que muchas veces esos mundos no se encuentran a tiempo. O se encuentran al final, cuando el conocimiento ya fue producido por un lado y la necesidad apareció por otro. El programa Uruguay Innova apunta precisamente a atacar ese problema: articular y potenciar lo que ya existe. Esperamos que logre el objetivo de que la academia, empresas, Estado y emprendedores se encuentren a tiempo. En esa misma dirección, esperamos con mucha expectativa en el Parlamento el proyecto de ley integral sobre el diseño institucional del Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación que encomendamos en la ley de Presupuesto. Es una señal muy importante: Uruguay lleva años funcionando sin una ley marco en esta materia, lo que ha generado fragmentación, inestabilidad institucional y dificultades para programar a largo plazo. Contar con una ley general sería un paso estructural que le daría coherencia, continuidad y respaldo jurídico al sistema en su conjunto.
¿Qué rol juega el interior del país en el cambio de la matriz productiva?
El interior juega un rol central. Si la economía del conocimiento queda concentrada en Montevideo o en pocos circuitos, no vamos a transformar la matriz productiva; vamos a crear una nueva desigualdad. Muchas de las oportunidades de Uruguay están en el territorio: agrointeligencia, bioeconomía, energías renovables, logística, turismo, economía circular, formación técnica, innovación social, cuidados, salud digital, industrias creativas y soluciones vinculadas a las realidades locales. Para aprovecharlas, el interior no tiene que ser visto como receptor sino como protagonista.
¿Qué innovaciones educativas están funcionando y cuál es la mejor manera de escalarlas?
Uruguay tiene una ventaja acumulada en educación digital. Ceibal fue y sigue siendo una plataforma muy importante. Hoy necesitamos múltiples alfabetizaciones, entre ellas, alfabetización para el mundo digital, alfabetización en IA, alfabetización emocional -es lo que nos diferencia como humanos-, alfabetización para “usar el futuro” en el presente para dejar de actuar de manera reactiva. En esa misma línea, la UTEC [Universidad Tecnológica] está consolidando su modelo de transformación digital universitario y desarrollando una alfabetización crítica en IA: no se trata solo de enseñar herramientas, sino de formar criterio para decidir cuándo, cómo y para qué usarlas, con responsabilidad ética y autonomía. El programa acelerIA es un ejemplo concreto, está pensado para acompañar a trabajadores de distintos sectores y regiones del país en la adopción de IA, anticipándose a la transformación de tareas en lugar de reaccionar tarde.
La UTEC es una apuesta estratégica que Uruguay supo hacer bien: una universidad tecnológica pública, presente en el interior del país, que forma técnicos e ingenieros conectados con las realidades productivas locales. Tiene un enorme potencial para ser puente entre el conocimiento aplicado y los sectores que más necesitan transformarse: el agro, la industria, la energía, la logística, los servicios tecnológicos. Si la fortalecemos y la articulamos con las necesidades del tejido productivo, puede ser uno de los motores más poderosos de la transformación de la matriz productiva con equidad territorial. La inteligencia artificial nos coloca otra capa de desafíos, nos obliga a repensar qué significa aprender, enseñar, trabajar, crear y decidir. Por eso la alfabetización en IA no puede reducirse a saber usar una herramienta. Tiene que ayudar a formular mejores preguntas, evaluar información, reconocer riesgos, cuidar la autonomía humana y usar la tecnología con criterio. Las innovaciones educativas que funcionan son las que fortalecen capacidades: pensamiento crítico, creatividad, aprendizaje permanente, trabajo colaborativo, resolución de problemas, formación docente, alfabetización digital, alfabetización en IA y capacidad de aprender durante toda la vida. Escalar no es simplemente multiplicar cursos o plataformas. Escalar es cuidar el sentido. Es formar docentes, validar contenidos, proteger datos, acompañar a las comunidades educativas y asegurar que la tecnología amplíe capacidades humanas, no que las sustituya. En educación también necesitamos anticipación responsable. No podemos formar solo para los trabajos que conocemos hoy. Tenemos que formar para un mundo que cambia, para tareas que se transforman, para problemas que todavía no tienen nombre y para decisiones que van a requerir criterio humano, colaboración y responsabilidad. En educación, como en innovación, el desafío no es correr detrás de la última herramienta. El desafío es formar personas capaces de orientarse en un mundo que cambia muy rápido.
¿Qué trabajos corren el riesgo de desaparecer en Uruguay antes de que estemos listos para reestructurar la cadena de valor?
La pregunta no es solo qué trabajos pueden desaparecer. La pregunta es qué capacidades tenemos que crear antes de que el cambio nos alcance. Lo que estamos viendo es una transformación acelerada de tareas. Algunos trabajos pueden volverse obsoletos, sí, pero muchos otros van a cambiar profundamente. Y en esto hay que poner el foco, la diferenciación y la anticipación. Las tareas más expuestas son las repetitivas, administrativas, de procesamiento básico de información, atención estandarizada, soporte, intermediación simple y algunas tareas contables, legales, comerciales o logísticas. Pero el punto más importante no es hacer una lista de ocupaciones amenazadas, sino prepararnos a nivel educativo y cultural para que las tareas no cambien mucho más rápido que nuestra capacidad de formar, reconvertir y reorganizar cadenas de valor. Que las personas no queden solas frente al cambio. Por eso necesitamos radares que anticipen, aprendizaje y formación permanente, diálogo social, reconversión laboral, acuerdos sectoriales, participación de sindicatos y empresas, y políticas de productividad con inclusión. Esta es una agenda típica de anticipación responsable: no esperar a que el impacto ocurra, sino construir condiciones antes. Preparar, acompañar, prevenir, abrir alternativas y cuidar a las personas mientras cambia la matriz productiva.
¿Qué desigualdades estamos subestimando hoy que podrían convertirse en la principal fuente de conflicto o atraso en el futuro?
Creo que estamos subestimando la desigualdad de capacidades. En el futuro, la desigualdad no va a ser solo de ingresos. Va a ser desigualdad para aprender, reconvertirse, usar tecnología, acceder a datos, participar en la economía del conocimiento y tener voz en decisiones cada vez más mediadas por sistemas digitales. También estamos subestimando la desigualdad territorial. Si la innovación, la educación avanzada, los servicios tecnológicos y las nuevas oportunidades se concentran en pocos lugares, el país se fragmenta. Hay una desigualdad intergeneracional muy importante. Las decisiones que tomamos hoy sobre educación, tecnología, trabajo, ambiente, seguridad social y datos van a condicionar las posibilidades de quienes vienen después. Pero también tenemos generaciones que nacieron, estudiaron, vivimos la mayor parte de nuestra vida en otro mundo. Para estas generaciones también necesitamos políticas anticipatorias para que no se caigan del nuevo mundo que se está configurando. Y hay otra desigualdad más silenciosa: la desigualdad de orientación. Hay personas, instituciones y territorios que logran entender hacia dónde se mueve el mundo y otros que quedan mirando la superficie, sin herramientas para interpretar lo que está cambiando. La gobernanza anticipatoria sirve justamente para eso: para generar espacios donde podamos conversar sobre riesgos emergentes, anticipar impactos y construir respuestas antes de que las desigualdades se endurezcan. La tecnología puede ampliar oportunidades, pero si no hay capacidades, reglas, confianza y políticas públicas, también puede ampliar brechas.
¿Qué políticas públicas vinculadas a la tecnología deberíamos promover en forma urgente?
Primero, ejecutar la estrategia fuerte de alfabetización en inteligencia artificial y capacidades digitales diseñada por la Agesic [Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento] para toda la sociedad: educación, trabajo, Estado, empresas, Parlamento y ciudadanía. También en alfabetización emocional. Lo radicalmente nuevo la mayor parte de las veces genera temor, resistencia y/o parálisis. Necesitamos trabajar en estos aspectos. Es clave para la salud, para la productividad, para el bienestar, para la inclusión, para el cuidado intergeneracional. Segundo, reglas claras para una IA responsable: transparencia, protección de datos, ciberseguridad, evaluación de impactos, trazabilidad y rendición de cuentas. Tercero, políticas de reconversión laboral y aprendizaje permanente. No podemos esperar a que el impacto ocurra para recién reaccionar. Cuarto, compras públicas innovadoras y pilotos controlados para probar soluciones tecnológicas con garantías. Uruguay puede usar su escala para experimentar bien, con cuidado, con evidencia y con aprendizaje. Quinto, fortalecer infraestructura de datos, ciencia, investigación e innovación. Y sexto, incorporar capacidades anticipatorias en el Estado y en el Parlamento. Antes de regular, hay que comprender. Antes de reaccionar, hay que anticipar. Antes de decidir, hay que escuchar y generar buena información.
¿Qué relatos sobre el futuro dominan hoy en Uruguay?
Veo varios relatos conviviendo. Uno es el relato de la estabilidad: Uruguay como país confiable, serio, previsible. Es una fortaleza enorme, pero ya no alcanza. Otro es el relato del miedo tecnológico: la IA como amenaza al empleo, a la privacidad, a la democracia, a la vida cotidiana. Ese relato ve riesgos reales, pero si se queda solo en miedo nos paraliza, levanta resistencias. También aparece un relato de Uruguay como hub o laboratorio regional, en tecnología, educación, datos, servicios globales, innovación y sostenibilidad. Es potente, pero tiene que apoyarse en capacidades reales, inversión, talento, reglas claras y continuidad. Finalmente, participo en el relato del Uruguay democrático, confiable, cercano, humano, que innova con responsabilidad, que agrega conocimiento a su producción, que cuida el trabajo y que no pierde su capacidad de diálogo; el relato que sostuvimos al asumir la Presidencia de la Cámara de Representantes: el Uruguay de la transformación responsable.
¿Cuál es la imagen que Uruguay debe proyectar hacia afuera?
Uruguay debe proyectar una imagen de un país que innova con responsabilidad. En un mundo atravesado por inteligencia artificial, datos, clima, alimentos, salud, trabajo y nuevas desigualdades, Uruguay puede ofrecer algo muy valioso: ser un laboratorio democrático de innovación responsable. No somos relevantes por tamaño, sino por confianza, equilibrio, institucionalidad, escala humana y capacidad de diálogo: ahí hay una ventaja competitiva, democrática y cultural. Porque para proyectar confianza hacia afuera, tenemos que fortalecer la confianza hacia adentro. Un país que no logra colaborar internamente difícilmente pueda sostener una imagen sólida en el mundo. La imagen debería ser esa: un país pequeño en escala, pero grande en responsabilidad; un país cercano, confiable, abierto, justo, humano, capaz de usar el conocimiento y la tecnología para crear desarrollo con cohesión e inclusión social.
Las lecturas que recomienda Goñi para entender el futuro
Consultado sobre lecturas recientes para comprender los desafíos científicos y tecnológicos que enfrenta la sociedad, Rodrigo Goñi recomendó cuatro obras que abordan la inteligencia artificial desde perspectivas filosóficas, éticas y políticas.
- Una teoría crítica de la inteligencia artificial, de Daniel Innerarity (2025)
- Pensar en la era de las máquinas, de Miguel Pastorino (2025)
- Inteligencia artificial y bioética, de Universidad Pontificia Comillas (2023)
- Encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV.
