Durante décadas, el gran debate político giró en torno a la tensión entre izquierda y derecha, igualdad y libertad. Pero para el académico español José María Lassalle, ese eje está cambiando. La irrupción de la inteligencia artificial (IA) está inaugurando un conflicto mucho más profundo: el que enfrenta a los seres humanos con las máquinas y redefine el trabajo, la democracia y el poder.
Invitado por la Comisión Especial de Futuros del Parlamento, el profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Pontificia Comillas afirmó que la inteligencia artificial constituye un cambio civilizatorio comparable -e incluso superior- a la Revolución Industrial.
El también experto en la ética de la inteligencia artificial afirmó que esta tecnología es “el tema de nuestro tiempo” porque modifica “los ejes de configuración del poder sobre los que se ha organizado el mundo en los últimos siglos”.
“El nuevo conflicto político ya no está en la frontera entre la libertad y la igualdad, la derecha y la izquierda, es decir, las categorías que surgieron de la Revolución Francesa. El conflicto está entre lo humano y lo maquínico, el humano y la máquina, entre el ser humano que preserva su dignidad y la hace posible en el siglo XXI, y la máquina, confundida con la inteligencia artificial, que está diseñada para sustituir al ser humano”, afirmó.
Asimismo, sostuvo que esta disputa requiere de “una clara concienciación de que lo humano merece la pena ser defendido y puesto en valor”.
“La inmensa mayoría de los ciudadanos percibe cotidianamente, cuando se relaciona con la tecnología, que algo hay en ella que se le escapa de su control, y que no encuentra en la política el aliado para que el control sobre esa cosa que es la tecnología en sus manos no le acabe afectando”, indicó el exdiputado (2004) y exsecretario de Estado de Cultura (2011) y Agenda Digital (2016), señalando que la tecnología tiene efectos en la relación entre padres e hijos, entre compañeros de trabajo e incluso en la propia estabilidad emocional de los individuos.
Lassalle fue diputado y secretario de Estado de Cultura y Agenda Digital en España y desde 2018, cuando abandonó la política, se dedicó a investigar el impacto político y social de la inteligencia artificial.
Una revolución distinta a todas las anteriores
El experto sostuvo que la inteligencia artificial es el mayor exponente de la Revolución Digital y que su impacto será incluso más profundo que el de la Revolución Industrial, impulsada por la máquina de vapor y la estandarización.
“Fue después de la Segunda Guerra Mundial que surgió el Estado social y democrático de derecho, se consolidó el Estado del bienestar sobre un pacto entre el capital y el trabajo, que garantizó la paz y la armonía (...) Esa realidad está siendo alterada, desestabilizada, transformada y resignificada casi en tiempo real a partir de la Revolución Digital y a partir del momento en el que la inteligencia artificial se ha destacado”, afirmó.
Según explicó, la gran diferencia respecto de revoluciones tecnológicas anteriores es que ahora no está en juego el trabajo manual, sino el intelectual.
“El trabajo intelectual le está siendo disputado al ser humano por la inteligencia artificial. El impacto que esto tiene no solamente es en términos cuantitativos en la empleabilidad humana, que empieza a ser constatable (...), sino que hay un proceso creciente de marginación del protagonismo del ser humano en su relación con el trabajo, con todo lo que ello implica”, afirmó.
Asimismo, remarcó que, a pesar de que la IA está incrementando la productividad de las empresas, esa mejora no se traduce en un aumento de los salarios.
A su juicio, el problema no es únicamente que algunas ocupaciones desaparezcan, sino que el valor generado por quienes trabajan con IA ya no queda en manos del trabajador ni necesariamente de la empresa donde desarrolla su tarea.
Según explicó, la riqueza producida mediante estos sistemas termina concentrándose en quienes controlan las plataformas, los modelos de inteligencia artificial y la infraestructura tecnológica sobre la que funcionan. Ese fenómeno, al que vinculó con la idea de “plusvalía tecnológica”, estaría debilitando el papel histórico de las clases medias como sostén de las democracias liberales.
“El modelo de plusvalía está subvirtiendo el fundamento apropiativo que sobre el trabajo intelectual tenía la clase media. Eso está desestabilizando el soporte social de la democracia liberal, lo que explica la propagación de los populismos, la crisis de legitimidad que tiene la democracia liberal y que encarna, protagónicamente, como cuestionador de la misma, a la clase media”, sostuvo.
El origen de la IA
El especialista definió a la IA como “algo que quiere ser alguien consciente, pero sin conciencia, y que ya lleva siete décadas escalando en esta voluntad de poder, con todo lo que ello implica”.
“Siete décadas escalando en el poder de impacto y de transformación para conseguir que algo sea alguien, alguien artificial, pero potencialmente consciente, y que le arrebata al ser humano algo que la Revolución Industrial hizo estandarizable a través de las clases medias y de las profesiones liberales, que era la difusión igualitaria sobre el mérito y la capacidad del trabajo intelectual”, agregó.
El experto dijo que la IA nació en la década de los 30, cuando el matemático británico Alan Turing buscó “encontrar el soporte de la consciencia que preservará la eternidad del humano”.
“Comento esta anécdota porque la IA, más que un producto militar, es el producto primero de una modernidad científica con un profundo ADN utópico, en el sentido más determinista del término. La IA nace con la idea de que las injusticias del mundo son consecuencia de que el ser humano ha pensado mal, y ha pensado mal porque tiene un soporte corpóreo y una psique que le llevan al error”, indicó.
Consideró que esa concepción es “lo que hace que la inteligencia artificial se conciba como una voluntad de poder potencialmente totalitaria en su origen”. “La esencia es ser un producto determinista que pretende darle a la inteligencia humana su perfección. A mí eso, en el sentido literal del término, me parece inquietante. Creo que el ser humano aprende desde el ensayo y el error; afortunadamente, tiene una corporeidad y una condición humana marcada por la fragilidad, por la predisposición (...) a complejizar su dignidad, que hace que aspire a trascender lo inmediato del presente para imaginar futuros alcanzables con su libertad y con la responsabilidad que opera en la gestión de su propia debilidad”.
La universidad como espacio de resistencia
Frente a ese escenario, Lassalle consideró que la universidad tiene un papel decisivo.
Sostuvo que las instituciones educativas deben convertirse en espacios capaces de formar ciudadanos con pensamiento crítico y de recuperar una visión humanista frente a una tecnología que avanza a gran velocidad.
“La universidad es el reducto que puede hacer posible que el ser humano recupere la conciencia que la inteligencia artificial no tiene”, afirmó.
Más adelante insistió en que la academia debe ofrecer un espacio para pensar colectivamente problemas cuya complejidad excede a la política cotidiana.
“Hay que dotar a la universidad de nuevas capacidades para poder, sobre todo el sistema educativo, trasladar al sujeto la capacidad para empoderarse críticamente en su relación con la tecnología (...) Es clave que tengamos espacios donde podamos pararnos para pensar”, concluyó.