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Beatriz Barboza, Martha Passeggi, Irma Leites, Cecilia Duffau y Margrit Schiller.

Foto: Leidy Laura Sosa

Compañeras

13 minutos de lectura
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¿Qué tipos de lazos de complicidad y solidaridad se entablan en medio del encierro y la tortura? Algunas ex presas políticas de la última dictadura uruguaya relatan en este reportaje cómo la necesidad de supervivencia cotidiana devino en amistades únicas, tan necesarias adentro como afuera, cuando parecía que todo había terminado pero recién empezaba otro capítulo muy difícil.

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Sobre la mesa hay libros y álbumes con fotos de un pasado compartido. También hay retratos sueltos en blanco y negro en los que se ve una juventud robada. A Martha se le ocurrió traer esas imágenes y Beatriz pregunta por qué. «Para que sepas quién eres», dice Margrit. Bajo el sol de esta mañana de verano, cinco mujeres de unos 70 años hablan sobre lo que las une: el combate y la resistencia al terrorismo de Estado que aplastó a Uruguay entre 1973 y 1985 y mucho tiempo después.

Tuvieron que pasar 12 años de dictadura y 12 años más para que el 31 de julio de 1997, en el Arteatro de Montevideo, siguiendo los rastros del silencio, las ex presas políticas se encontraran para contar su historia. Despojadas de humanidad, en la cana no eran llamadas por sus nombres, sino por números, por eso para ese día se resolvió que los números pares llevarían bebida y los impares, comida. «Estábamos todas muy distintas», recuerda Cecilia.

De ese encuentro surgieron varios grupos de ex presas políticas que comenzaron a militar por la memoria y se escribieron varios libros, entre ellos Los ovillos de la memoria, que rescata testimonios de ese período, así como las biografías de las mujeres, escrito por Beatriz Barboza, Cecilia Duffau, Irma Leites y Martha Passeggi, entrevistadas para esta crónica, junto con Ana Demarco y Elena Morelli. El libro también incluye la vivencia de la alemana Margrit Schiller, que llegó a Uruguay en el 93 con la imperiosa necesidad de hablar con otras mujeres sobre la lucha, la cárcel y el exilio, pero debió esperar cuatro años hasta esa reunión. «Sentí fuertemente con todas ustedes que las experiencias concretas eran todas muy diferentes, pero la esencia es igual y ahí nos juntamos. Y eso, para mí, es para toda mi vida [...]. Es una enorme alegría llegar a este punto y es lo que sigo disfrutando hasta hoy», manifiesta en diálogo con Lento.

No se sabe con certeza cuántas presas políticas hubo en la última dictadura. Hasta el 82, con la caída de las mujeres de la Juventud Comunista, se registraron alrededor de 630, pero para el conteo se tomaron números dados por militares, por lo que se estima que el número es mayor, señala Cecilia, anfitriona de la casa.

Martha Passeggi.

Tendrás amigas

«Yo creo que los milicos, como tienen esa mentalidad tan patriarcal, estaban convencidos de que si a las mujeres las ponían juntan, iban a armar un nido de víboras que se iban a matar entre ellas», reflexiona Cecilia. Sin embargo, más allá de las diferentes visiones políticas, esa convivencia en el encierro fue la clave de la supervivencia.

«El hecho de que hayamos estado juntas, aunque haya sido en celdas o en otros lugares más amplios; lo colectivo fue lo que nos sostuvo. Cuando una compañera decaía, entraba en un estado de depresión, es que el colectivo se movía para contenerla», suma Martha.

Para Irma, la cárcel «fue un sitio más de lucha muy importante». Verlo de esa manera le permitió salir del lugar de víctima en que la colocaba la sociedad para pasar a ser sobreviviente. Igualmente, considera que vivieron «en la cárcel chica del terrorismo de Estado, pero todo el país y América Latina eran una cárcel de verdad». Irma fue encarcelada cuando tenía 20 años y pasó ocho años y nueve meses presa por pertenecer al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), que abandonó en democracia. Estuvo presa con Martha en el Batallón de Infantería 14. «Llegábamos todas de la tortura, de los cuarteles; tenías que de alguna manera sanar alguna de las heridas más profundas, los problemas no solo físicos, sino anímicos. Organizabas una vida en común desde la tomada del mate, la gimnasia, la lectura, el ubicar al enemigo, tener una estrategia para sobrevivir dentro de la cárcel». También estaba el humor negro, que el grupo mantiene hasta el día de hoy. Sobre eso cuenta que consideraban veteranas a presas de 30 años y les ponían apodos como la Reliquia o Pergamino, porque las veían muy arrugadas. «Me parece que hay cosas que te unen muy profundamente. Yo pienso que ahí estaban los sueños y los deseos de por qué habíamos caído. [...] Éramos todas mujeres que habíamos caído por determinadas razones, sociales, políticas, revolucionarias».

También estuvo con Beatriz en la cárcel de Punta de Rieles. Recuerda que un día la Policía Militar Femenina armó una fila en su sector, el E, para registrar a qué organización pertenecía cada una, entonces una de las compañeras respondió: «Pertenecí al Partido Comunista Revolucionario». «¿Usted me está tomando el pelo, 209? ¿Acaso no son ustedes todas revolucionarias?», respondió la milica. «Nosotras combatíamos con la risa», dice Beatriz.

Irma Leites.

«Nos sacaban a trabajar en la quinta de ellos y nos forzaban. Era trabajo esclavo», dice Beatriz. El represor responsable del penal en ese momento era el coronel Julio Barrabino, quien se paseaba a caballo cual hacendado, vigilando cómo las mujeres limpiaban el campo con la azada. «En un momento se para atrás de mí y me dice: “¿367, se cree que está jugando al golf?”. Ahí marché al calabozo, obviamente». Hoy se ríe de aquello, orgullosa de no haber trabajado para el verdugo. «No laburábamos como ellos hubieran esperado; no era un trabajo productivo lo que ellos esperaban, era una forma más de opresión y de castigo».

Cecilia rememora el sufrimiento por la incomunicación: meses sin cartas, sin visitas, recibiendo historias falsas sobre el afuera. «Ahí estaba el consuelo de las otras compañeras», rescata. En su opinión, esa unión explica que haya tantos proyectos colectivos llevados a cabo por ex presas en comparación con los varones.

Para la dictadura, las mujeres habían cometido un doble delito: «Habíamos abandonado nuestro rol de madres, de hijas, de ser amas de casa para meternos en la lucha revolucionaria. Ellos te lo decían. [José Nino] Gavazzo lo decía directamente, nos lo decía a cada una de nosotras», ilustra Irma.

Cecilia fue de las últimas del grupo en ser apresadas. En el 74 se exilió en Argentina, donde estuvo militando en organizaciones, y volvió en el 80 para militar por el plebiscito para erradicar la dictadura, que finalmente se mantuvo, con 57,2% de los votos a favor. Al cruzar la frontera con Brasil cayó en las garras del Plan Cóndor y la metieron en Punta de Rieles hasta el 84, poco tiempo antes de la restitución democrática. De la cárcel se acuerda de los valores que la unían a otras compañeras: «La importancia del blanco y negro», de tener claro quién era el enemigo.

Después de la derrota, las mujeres no le creían a Cecilia cuando les decía que iban a salir. Algunas llevaban una década encerradas. «Empezamos a romper la incomunicación agujereando las ventanas y las mamparas». No faltó la música. Cecilia les llevó la canción que luego se transformaría en un himno: «A redoblar», popularizada por el grupo Rumbo. Pero las principales canciones que recuerdan las entrevistadas son del español Paco Ibánez: «A galopar» y «Palabras para Julia», que le llegó en la primera carta que recibió de su madre y dice así: «Te sentirás acorralada / Te sentirás perdida o sola / Tal vez querrás no haber nacido, no haber nacido / Pero tú siempre acuérdate / De lo que un día yo escribí / Pensando en ti, pensando en ti / Como ahora pienso / La vida es bella ya verás / Como a pesar de los pesares / Tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos».

Empatía

A más de 11.000 kilómetros, en Alemania, Margrit fue encarcelada en dos oportunidades, primero en el 71 y después en el 74, y salió en el 79; en suma, fueron siete años de reclusión en aislamiento por militar en el movimiento estudiantil y luego unirse a la Fracción del Ejército Rojo. Para evitar la cadena perpetua —que hubiera sucedido si caía por tercera vez debido al código penal alemán—, en el 85 recibió asilo en Cuba, con la condición de no decir que era una exiliada. Por un tiempo creyeron que era turista, pero al ver que su estadía perduraba recayó en ella el peso de la sospecha, problema que terminó cuando se casó con un músico y pasó a ser, en sus palabras, la «mujer de». Con él tuvo a sus mellizos. En 1993 llegó a Uruguay y se quedó hasta 2002, cuando la crisis la obligó a retornar a su país natal.

Margrit Schiller.

«Yo estaba en condiciones muy diferentes: soledad absoluta por mucho tiempo y tenía que luchar conscientemente contra la locura. Me despertaba por la mañana y sabía: “Hoy puede pasar que te vuelvas loca”. Y fui realmente muy consciente de estar en esa situación. Hoy estoy bien, pero después durante años no pude hablar bien, no pude armar una frase completa». «Empecé a escribir justamente para sacarme de la sensación de que era una víctima. Yo sabía que era un sujeto de las decisiones y las consecuencias. Me lo busqué, de alguna manera. Pero por la represión eso se pierde y uno se convierte más y más en víctima y pierde completamente esa fuerza de ser sujeto».

No hubo música para Margrit —o Margarita, como le dicen las uruguayas— hasta que descubrió Cuba, y desde la cárcel hasta ahora nunca más volvió a cantar. «A los 20 me di cuenta de que habíamos cantado las canciones que eran comunes para todos en el tiempo de Hitler. Soy de una generación que no canta».

«Yo lo que no pude hacer más en mi vida fue gritar de tanto que gritamos en el penal. Ahora vamos a una marcha y todo el mundo grita y yo no puedo», comenta Cecilia. «La locura estuvo presente a través de algunas compañeras», retoma Martha. Ella estuvo presa cuatro años y fue detenida en el 73, a dos meses del golpe de Estado, en el Batallón Florida. Tenía 19 años. Luego la trasladaron al Batallón 14 y finalmente a Punta de Rieles. Al igual que Irma, integró el MLN-T. «Fueron situaciones a las cuales nos vimos enfrentadas siendo muy pibas», dice sobre la contención que les brindaron a aquellas compañeras que sufrían crisis o padecían enfermedades mentales, que se agudizaban por el encierro y la tortura psicológica que ejercían las fuerzas militares.

Sentadas en la mesa recuerdan a una de ellas, que tallaba en jabón Bull-Dog unas hermosas esculturas —recuerdan la de una viejita sentada con su gato y una de un ajedrez—, que eran robadas luego por los milicos. En total hubo dos suicidios. Fue el caso de esta mujer, que se mató en el mar un día después de ser liberada. En el encierro hubo uno solo.

«Los milicos utilizaban todas esas situaciones. Los psiquiatras eran asesores de torturas, psicólogos no había, las medicaciones provocaban más crisis... A veces estábamos toda la noche con ella gritando, golpeando que le abrieran la reja porque habían venido los extraterrestres a buscarla, y todo eso repercutía sobre todas», dice Irma.

La paranoia de persecución estaba justificada: los militares habían puesto micrófonos dentro de las celdas, que fueron destruidos por las mujeres. «Te llamaban y te decían: “Vos estás leyendo con ella y pensás tal cosa”, te decían tus palabras. Todos esos trabajos eran parte de la locura». «Tratábamos de que ellos no se enterasen cuando una compañera tenía un delirio, la protegíamos para que no la agarraran y en algunos casos pudimos ocultar eso. Era como una conspiración entre nosotras», dice Irma.

Beatriz Barboza, Martha Passeggi, Margrit Schiller, Irma Leites y Cecilia Duffau.

Beatriz recuerda que en su celda pusieron un espejo para vigilarlas. «La estrategia que teníamos era ponernos bien abajo contra una esquina si queríamos charlar o si queríamos evaluar algo, como para evadir ese ojo del gran hermano constante». Tenía 25 años cuando, el 28 de noviembre del 73, cayó en la Jefatura de Policía. Después la llevaron al Grupo de Artillería 1 La Paloma, donde estaban instalados Gavazzo, Jorge Pajarito Silveira y el Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas. De ahí salió y se fue a Buenos Aires; allí fue secuestrada y estuvo un día en Orletti, pero enseguida la trasladaron a Uruguay, a la cárcel de Punta de Rieles, donde estuvo presa cuatro años. Beatriz es la única testigo viva de que en ese momento Jorge Zaffaroni se encontraba detenido en Orletti, junto con su esposa María Islas y su hija Mariana.

«Tuvimos desde el principio, estando en los mismos sectores, cierta empatía, quizás por los posicionamientos que teníamos. Posicionamiento frente al tema de la cana, de la resistencia. Con unas compañeras tenés más cosas cercanas, no solo políticas, ojo al gol, sino de manera de ser, con una cantidad de aspectos emocionales en momentos en los que estás completamente desvalida», narra sobre su vínculo en la cárcel con Irma y Martha.

El aislamiento fue una forma de castigo que también se aplicó en Uruguay. Irma cuenta que llegó a estar casi dos años encerrada sola, en períodos que iban de 20 días a seis meses. La soledad «la rompía» con el canto de las mujeres de otros sectores y con los golpes en las paredes en códigos Morse inventados, que luego cambiaban para que no descubrieran los mensajes que se enviaban. «Lo que hacía también era pensar poesía, escribía poesía en mi cabeza», dice. «Porque sos poeta», añade Beatriz, pero ella niega. «Creo que la soledad la vivimos todas. En el durante y en el después, porque me parece que hubo una cantidad de cosas que no se procesaron colectivamente», considera Irma.

Volver

«No reconocer el lugar donde te criaste: me pasó en Las Toscas, que era donde íbamos de vacaciones. Había un muelle al que íbamos todos con mi viejo, éramos ocho, nos enseñaba las estrellas. De noche nos acostábamos todos con las patas colgando, mirando las estrellas, y él nos enseñaba las constelaciones. Cuando volví no estaba más el muelle. También habían quitado las dunas y habían hecho una rambla. Algo que te pertenecía y ya no te pertenece», rememora Cecilia. El reloj había seguido girando. Ahora se paseaban los punks por las calles y se habían creado los accesos a Montevideo. Algunas mujeres se habían perdido más de una década, aisladas de una realidad exterior que no podían recuperar.

«Como fotógrafa, si tuviese que resumir ese período de la salida me acuerdo de que con mi madre, que me acompañaba a hacer los primeros trámites de documentos, nos sentamos en la plaza de los Bomberos. Yo miraba a la gente pasar y ahí vi por primera vez al “Uruguay gris”, ahí vi a la gente gris, agachada, en su mundo. Esa fue una foto que la tengo acá», dice Martha tocándose la frente.

Beatriz Barboza.

De por qué pasaron 12 años para que las ex presas políticas se reunieran, las entrevistadas señalan varias razones. Cecilia comienza diciendo: «Había que volver a vivir». Muchas ex presas querían ser madres, algunas se embarazaron, otras adoptaron. «Era una necesidad importante esa», valora. Beatriz apunta a lo material: «Estábamos buscándonos la vida, como se dice, literalmente». Debieron iniciar la vida laboral con 30 años, sin haber podido culminar sus estudios y en una sociedad que desconocían. Martha menciona el control y la represión que se extendieron posdictadura. En su caso, salió cuando aún no había terminado. «Teníamos que ir a firmar a los cuarteles, dar la dirección; si trabajábamos, dar el lugar de trabajo. Ellos, los militares, llamaban al lugar de trabajo para ver si estábamos ahí [...]. La gente cruzaba la calle porque tenía terror de saludarte. La misma familia también no sabía cómo manejar nuestras situaciones. Y, por otro lado, una pobreza muy grande, dificultades económicas en las que tuvimos que apechugar las que tuvimos que quedarnos acá. Además, la persecución. En mi caso hubo dos intenciones de volver a secuestrarme que no prosperaron, pero vivías con el terror arriba». Irma señala el impacto de la aprobación, en el 86, de la ley de caducidad, «la ley de impunidad», y de su ratificación en el referéndum del 89. La derrota del voto verde «aplastó» mucho el ánimo, considera. A su vez, existía una «prolongación» de la dictadura; como ejemplos señala que el expresidente Julio María Sanguinetti tenía a Pajarito Silveira como asesor del gobierno y que continuaba la censura: en la campaña por el referéndum a Sara Méndez le impidieron hablar sobre la desaparición de su hijo Simón.

«Tengo como una nebulosa», dice Irma de sus recuerdos sobre el primer tiempo afuera. «Nos dieron un pasaporte que caducaba a las 24 horas, porque te ponían medidas prontas de seguridad, para llegar hasta el lugar del exilio. De la cárcel al exilio encapuchadas hasta el aeropuerto y todo así. Fui con unas compañeras que se quedaban con la madre en Ámsterdam y ahí tenía que tomar otro avión, yo creí que llegaba a Suecia. Llegué a un aeropuerto, nadie me estaba esperando. Estuve diez horas sentada en una escalera preguntando si alguien sabía hablar castellano, hasta que vino un maletero y me dijo que sí. “No, no estás en Suecia, estás en Dinamarca”». Al llegar a Suecia se encontró con unos fotógrafos chilenos a los que Augusto Pinochet había echado y se fue a un campamento de refugiados.

«Cuando llegué, en el 93, en los primeros años sentí que la gente no hablaba sobre el exilio ni sobre la cárcel», comenta Margrit. «Ese encuentro en el 97 para mí fue el punto central para poder encontrar a esas mujeres, que me integraron, que me permitieron escuchar y hablar y ser parte de una experiencia común con diferentes facetas», agrega. Cuenta que psicólogos y psiquiatras le habían advertido: «El tema más grave en la experiencia es no hablar». «Necesitás realmente tener las condiciones, la fuerza para poder enfrentar eso. Históricamente es así que la minoría logra tener esa posibilidad de enfrentarse a revivir tanto dolor».

Un aliciente para atravesar el sufrimiento y comenzar a hablar era la convicción de haber luchado contra la impunidad y de no querer que la historia se vuelva a repetir nunca más, entendiendo que las y los presos políticos no fueron las únicas víctimas del terrorismo de Estado, sino que este afectó a toda la población, comenta Beatriz y las demás coinciden. «Para poder aprender de la historia hay que contarla», añade Margrit.

Cecilia Duffau.

Para Martha, su pasado fue «producto de un momento histórico. Éramos jóvenes, pibas con una utopía, con una esperanza, que estuvimos a la altura de las circunstancias. Nos comprometimos y asumimos las consecuencias. Y hoy somos esto: mantenemos viva la memoria dentro de nuestras posibilidades, nuestros vínculos, nuestras esperanzas, aunque a veces estamos hartas de todo».

«Yo siento que lo que seguí haciendo en el después tiene que ver con todo eso. Es presente y son presente una cantidad de vínculos que te quedaron, que no se rompen», plantea Irma.

Margrit cuenta que viene todos los años a Uruguay porque acá tiene el mar y a ellas y porque en Uruguay ella misma es diferente, porque el país le «llena el corazón y no solo la cabeza». «Una de las razones básicas por las cuales vengo realmente es este grupo, esa experiencia que hicimos juntas, que pienso que hay pocas en el mundo que hayan hecho un trabajo como el que hicimos juntas, y que somos de la misma generación, de la misma lucha en diferentes lugares, y seguimos buscándonos, entendiéndonos. Poder comer juntas, reírnos juntas...».

«Y decir malas palabras», agrega Cecilia y trae una cita del escritor español Antonio Machado: «Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro. Hemos perdido la guerra, pero humanamente no estoy tan seguro. Quizás la hemos ganado». «Pienso lo mismo», cierra.

Carla Alves es periodista y escribe sobre temas sociales. Es editora web de la diaria.

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