Los pasillos del Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Aurelio Moyano, en Buenos Aires, parecieran no terminar, diría… se apagan. La luz cae en círculos perfectos desde el techo, como si alguien hubiera agujereado el cielo con precisión quirúrgica, y abajo las sillas esperan contra la pared con esa paciencia específica de las cosas que llevan mucho tiempo esperando lo mismo. Nadie se sienta. Nadie llama. Todo parece listo para recibir a alguien que ya no llega. O que nunca se fue.
Sigo al doctor Scarfo por el corredor y en un momento no sé si estamos yendo hacia algún lado o volviendo. «¿Ves que esto es un laberinto?», dice él sin detenerse. «Yo a veces no recuerdo bien cómo se va de un lado a otro». Lo dice sin énfasis. Como un dato. El psiquiatra que no recuerda cómo salir del hospital donde trabaja: en otro contexto sería el principio de una pesadilla. Acá es el martes.
Sebastián Scarfo es médico psiquiatra y parte del equipo técnico del Gabinete de la Subsecretaría de Atención Hospitalaria, también perito de parte, también gran anfitrión. Saluda a todas y cada una de las pacientes por su nombre, a las que nos cruzamos en el recorrido, todas con sonrisas enormes y miradas bondadosas. Serenas, contenidas.
El Moyano —nos cuenta el médico que son 17 hectáreas que alguna vez fueron una estancia de Juan Manuel de Rosas, que luego fueron el Hospital Nacional de Alienadas, que luego pasaron a la ciudad, que siempre fueron esto— es un sistema de circulación. O eso promete. Pasillos, pabellones, derivaciones, puertas que llevan a otras puertas. Pero como todo laberinto, la circulación es una ilusión: lo que organiza también encierra. Lo que cuida también clausura.
Alguien puede llegar hasta acá de muchas formas. «Desde su domicilio, desde la calle, desde otro hospital», enumera Scarfo, «con la necesidad de un tratamiento, o al menos de una evaluación, para ver y dirimir si se puede hacer algo ambulatorio o si se requiere una internación». A veces vienen solos. A veces con la familia. «A veces vienen traídos por la fuerza pública, cuando son personas que entran en conflicto con la ley». Entran. Son evaluados. Se les asigna un nombre técnico para lo que les pasa. Se inicia un tratamiento. Y en algún punto, en teoría, se van de alta. En teoría.
Sebastián Scarfo.
Foto: Enrique García Medina
«Lamentablemente, como muchas de las personas aquí internadas están hace mucho tiempo, este lugar en muchos casos termina transformándose en un depósito». Lo dice así. «Depósito». Y sigue caminando.
¿Por qué se quedan? Por la familia que no viene. Por la enfermedad que avanza igual afuera que adentro. «No toda psicosis tiene como pronóstico la necesidad de un tratamiento tan prolongado», explica Scarfo, «pero es un cuadro que en su evolución natural, aun con medicación, propicia el deterioro». Una pausa. «No se revierte, no se cura; se trata, pero propicia un deterioro de las pautas de los elementos de autonomía». El deterioro como horizonte. El tratamiento como forma de ir más despacio hacia el mismo lugar.
Pero hay algo peor que quedarse porque no hay opción. Hay algo que Scarfo menciona casi de paso, como si fuera un detalle administrativo: «Muchas veces sucede que aun consiguiendo esos otros espacios, las personas que están acá internadas no quieren, prefieren quedarse acá».
Prefieren.
Acá tienen su vida. Acá está todo lo que conocen. El laberinto, para algunos, terminó siendo la única geografía habitable. Una paciente murió con 103 años. Había entrado a los 20. Cuando pregunto por su familia, Scarfo responde con tres palabras: «Sobrevivió a todos». Afuera, el mundo se fue muriendo. Adentro, ella siguió. Pasó 83 años en el mismo laberinto, hasta que el laberinto también la soltó.
No sé si eso es una tragedia o si es otra cosa. No sé cómo llamarle.
El problema no es solo la soledad ni el abandono. Es la enfermedad misma. Lo que el hospital contiene, entonces, no es solo una persona: es una trayectoria que declina. Un sistema que no tiene salida no porque la niegue, sino porque a veces no la hay.
Hay excepciones. Scarfo las recuerda con algo que se parece a la ternura. Una paciente tenía domicilio, no estaba tan deteriorada psíquicamente, pero no podía valerse físicamente para vivir sola. Otra, en cambio, tenía plena capacidad física, pero necesitaba sostén para desenvolverse. «Ambas fueron dadas de alta y terminaron viviendo juntas». Una historia que suena improbable y que ocurrió. El laberinto, por una vez, tuvo salida. Pero fue necesario inventarla entre dos.
Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Aurelio Moyano.
Foto: Enrique García Medina
Bajo el hospital hay túneles. Dos tipos, dice Scarfo. Los primeros son funcionales, recientes, sin misterio: «Conectaban diferentes servicios para el traslado de materiales, para evitar el tránsito por fuera». Pasillos subterráneos de logística, los que hacen funcionar la máquina. Los que nadie mira porque están ahí para que no haya que mirarlos.
Los otros son diferentes.
«Los otros tienen que ver con la estructura previa a emplazarse el hospital: túneles de la época de Rosas que vinculaban este predio con el Borda, el Muñiz y el Riachuelo».
Diecisiete hectáreas que antes de ser un hospital eran una estancia y antes de ser una estancia eran campo abierto, y en el subsuelo de todo eso hay pasadizos que conectaban puntos de la ciudad como si alguien hubiera cosido Buenos Aires por abajo. Scarfo los llama, sin dramatismo, «vías de escape».
Entramos por un lateral. Hacia abajo, siempre hacia abajo. Telarañas, polvo, una humedad que no termina de definirse. La boca del túnel aparece de golpe: baja, estrecha, hecha para un cuerpo de otra época o de otra especie. Unos metros de oscuridad y después la pared. «Actualmente se encuentran tapiados», dice Scarfo. «No hay acceso de ningún lado. Solo el arco de la puerta, unos metros, y después ya se encuentra tapiado».
El arco. La promesa. Y el muro. La oscuridad, una latente, sí, ahí, se adivina en el fondo del túnel.
Pienso en los cuerpos que pasaron por acá cuando esto todavía conducía a algún lado. En las razones que tenían para moverse bajo tierra en lugar de hacerlo por arriba. Las vías de escape no se construyen por comodidad. Todo sería ansiedad y nervios y miedo. Todo eso pegado a las paredes, así lo pienso.
Ahora están tapiadas. Pero sobreviven en otro lugar. Scarfo lo menciona como quien recuerda algo que leyó de madrugada: «Se menciona todo esto en una obra de Leopoldo Marechal, Megafón, o la guerra, que es la continuación de Adán Buenosayres, donde a uno de los personajes que está internado en el Borda lo sacan por uno de estos túneles». Hay un paciente. Un nombre que Scarfo no recuerda del todo. «Era un paciente célebre. Poeta, judío convertido al cristianismo. Colaboraba con la revista Molino Rojo creo que era, una revista anarquista de principios del siglo XX».
El nombre no llega. La memoria se vuelve imprecisa justo donde debería ser más nítida. Como si también eso estuviera parcialmente tapiado, como si el archivo repitiera la lógica del edificio: te deja ver el arco, pero no el recorrido.
No importa si ese túnel es verificable. Importa que alguien necesitó escribirlo. Que dentro del sistema cerrado, la única forma de imaginar una salida haya sido inventarla.
Y ya que nombró al poeta anarquista, vaya un dato de color (al menos de colores rojo y negro): Scarfo es sobrino nieto de América, Paulino y Alejandro Scarfó, figuras del anarquismo argentino de las primeras décadas del siglo XX. América Josefina Scarfó (Buenos Aires, 1912-Buenos Aires, 2006) fue militante anarquista y compañera sentimental del revolucionario italiano Severino Di Giovanni. Fueron sus hermanos Paulino y Alejandro quienes la introdujeron en las ideas libertarias cuando ser libertaria era ser ácrata, y ambos se integraron al grupo de acción directa de Di Giovanni. Paulino fue fusilado el 2 de febrero de 1931, un día después que Di Giovanni, con «Viva la anarquía» como últimas palabras.
Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Aurelio Moyano.
Foto: Enrique García Medina
Cargar con el apellido tuvo consecuencias duraderas para la familia. Un primo de los tres hermanos, el abuelo del médico psiquiatra, optó por suprimir la tilde y pasar de Scarfó a Scarfo para no ser asociado con su rama militante. De esa línea desciende el doctor Sebastián, a quien me gustaría llamar Scarfó...
Nadie recuerda bien cómo salir
Más adentro, en un pabellón que huele a otro siglo, Scarfó señala una reja y dice: «Acá se hacían tratamientos que hoy serían impensables». No lo dice como advertencia. Lo dice como quien describe el tiempo que hizo ayer. Habla de inoculaciones, de fiebres inducidas, de cuerpos que convulsionaban en nombre de la cura. «O salían caminando o iban a la morgue directamente».
No hay énfasis. No hay pausa dramática. El horror, acá, tiene la entonación de un informe.
Después vinieron otros métodos. Después vino la medicación. El laberinto cambia de forma, pero no desaparece. Lo que cambia son los materiales con los que está hecho.
Hay una usuaria del servicio, dice Scarfó, que en una descompensación terminó —la palabra se le escapa y él mismo lo nota— desviviendo a su hija de 9 años. «Me salió el término desvivir», dice. Lo deja. No lo corrige. Y después: «Compensada, tiene una pertenencia al servicio, es visitada por su familia». Sin juicio. Con la misma entonación de siempre. Como si la única forma de trabajar acá fuera aprender a decir cualquier cosa con la misma voz.
Una de las hermanas de un caso resonado de los años noventa —un parricidio que los diarios llamaron «satánico», una casa en Saavedra que según dicen nunca volvió a alquilarse— estuvo internada acá. Una de las hermanas está libre. La otra pasó por estos pasillos. La historia no se cierra: se distribuye. Una mitad afuera, la otra adentro. El crimen como laberinto con dos entradas y ninguna salida común.
Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Aurelio Moyano.
Foto: Enrique García Medina
Lugar maldito
«Este lugar está maldito», dice Scarfó cuando salimos al patio, y no suena a metáfora. «No hay forma, en los 100 años que tiene, salvo en su época de esplendor, de que pueda hacerse algo. Siempre hay algo que lo impide». Explica que debería poder visitarse, que hay historia acá, que el patrimonio se deteriora sin que nadie lo cuide ni lo libere: «Las llaves terminan cayendo en manos de personas que no comparten esa iniciativa. Entonces permanece así, celosamente guardado». Y después, casi para sí: «Como nadie se quiere sacar esta joyita, pero tampoco la cuidan, la dejan que se siga deteriorando».
«Maldito» no como embrujo. Como patrón. Como algo que se repite con demasiada regularidad para ser casualidad y con demasiada precisión para ser solo burocracia.
Volvemos por el pasillo. Las luces caen iguales, perfectas, insistentes. Iluminan lo justo para avanzar, no para entender. Las sillas contra la pared, la camilla torcida, el polvo que no termina de asentarse. Todo habla de un movimiento que ocurrió y se detuvo.
Pienso en la mujer de 103 años. En los túneles tapiados. En el poeta anarquista cuyo nombre nadie recuerda del todo. En la nena de 9 años desvivida por su madre. En las dos pacientes que se dieron de alta y armaron una vida juntas, que es la única historia de este lugar que termina bien y que por eso suena casi inverosímil.
El hospital fue pensado para que algo circule: cuerpos, palabras, diagnósticos, historias clínicas que viajan de servicio en servicio hasta que alguien las archiva. Pero lo que queda es otra cosa. Un sistema que conserva la forma del tránsito y produce, en cambio, permanencia.
El laberinto no está abajo. Está en todas partes. Y hay gente que lleva décadas intentando encontrar la salida y gente que lleva décadas sin querer encontrarla, y desde afuera es casi imposible saber cuál de las dos situaciones es más triste.
Lala Toutonian es periodista, escritora, editora y traductora argentina.
