Gianni Infantino en el Global Citizen NOW 2026, celebrado en Nueva York.

Foto: Rob Kim, Getty Images, AFP

Cuando se apretó el botón

Del hotel Baur au Lac, en Suiza, al Congreso de la FIFA en Moscú, esta crónica sigue el hilo que une el FIFA Gate y su trama de corrupción con la elección de la sede del mundial de fútbol 2026 y su dirigida transparencia.

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Uno

La pelota en el punto del penal. Once pasos, la gracia en un tiro. Sin embargo, nada de lo que pasa en ese momento se gestó en el presente. Los teóricos del determinismo1 lo plantean sin vueltas: cada hecho es consecuencia de otros hechos, cada decisión arrastra un antes, cada resultado viene empujado por algo —«leyes», dicen— que no empezó ahora. Yendo al punto, el penal —o el estado actual del mundo— no es una casualidad, sino la continuación necesaria de estados anteriores. ¿La gracia del futuro en un tiro?

No hay azar. La idea del pateador y las manos del arquero, incluso la respiración, el pitazo del juez y el consejo de un compañero, pueden ser el principio de un gol, pero a la vez son el final de todo lo que pasó hasta que pasó. Son, antes de que el hincha grite o putee, un lugar donde conviven tiempos distintos, decisiones y fuerzas que empezaron a moverse mucho antes de que lo de hoy pareciera posible.

Algo de esto se puede reconocer en el mundial 2026. Se vive tanto el presente, con tanta inmediatez y ansiedad, que con tal de que llegue lo esperado se pierde de vista o se olvidan las decisiones que nos trajeron hasta acá, a un campeonato de 48 selecciones, a una sede conjunta entre tres países norteamericanos. Nada de esto ocurrió de un día para el otro. Las reconfiguraciones de poder dentro de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), tampoco.

Se prenden las pantallas del auditorio del Expocentre de Moscú y el murmullo baja de golpe. Es 13 de junio de 2018 y falta un día para que Rusia golee a Arabia Saudita y dé por inaugurado su mundial. En la gigantesca sala de convenciones moscovita están muchos de los peces gordos de todas las confederaciones que conforman la FIFA, más de 200 federaciones que se sentaron ahí para elegir dónde se disputará un mundial del futuro cercano. Están de lo más campantes, a la vista de todos. Las cámaras recorren los recovecos para que sonrían. El uruguayo Eduardo Ache, sin ir más lejos, aparece en el paneo mientras habla con una señora de pelo corto que tiene a su derecha. Se los ve muy simpáticos. Desde el estrado, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, dirá, como si fuera una promesa, que esta vez todo será transparente. Después se dará un abrazo con el presidente ruso, Vladimir Putin.

Si pusiéramos a contraluz la imagen veríamos que en esas primeras filas se mezclan dirigentes de trajes oscuros —y zapatos oscuros: la moda de los championes blancos con traje vendrá después, para tomar otras decisiones o patear más penales— con enviados gubernamentales —lobistas—, que no salen en las fotos pero siempre están.

El congreso será largo entre discursos y relleno. El video que lo registra y está en YouTube dura cinco horas con diez minutos y 31 segundos. En un momento las risas de antes pasan a ser bostezos. A falta de una hora para el cierre aparecen los defensores de las dos candidaturas; no falta mucho para que aparezcan sus nombres en la pantalla y saber cuál de ellas será mundial. Se ponen a votación de las más de 200 asociaciones «United Bid» (Canadá, Estados Unidos y México), «Morocco Bid» (Marruecos) y «None of the Bids» (ninguna de las anteriores). Al momento de elegir, cuando Fatma Samoura —dirigente de la FIFA, conductora designada— dice «Vote now», el director de cámaras pone una imagen alta, oscura, en la que se ve la inmensidad de la sala pero no los rostros, mucho menos los dedos del futuro en los botones del hoy: el penal.

Dos

Tres años antes de esa foto la historia era otra. Los caminos de la FIFA estaban en el centro de la escena el 27 de mayo de 2015. El amanecer en Zúrich, Suiza, no tuvo la paz de las postales ni del chocolate caliente, sino dirigentes esposados sacados del lujoso hotel Baur au Lac. Los tapaban con sábanas para que no se supiera quiénes eran. Pero se supo: era la vieja guardia de la FIFA, detenida por policías suizos a pedido de agentes de la Oficina Federal de Investigaciones de Estados Unidos (FBI, por sus siglas en inglés). Uno de los policías incluso leía en voz alta y a la luz del día los cargos que pesaban contra ellos. De película.

Los expedientes —el FBI había empezado las investigaciones en 2011— hablaban de corrupción sistemática durante al menos dos décadas. Fueron cayendo como fichas de dominó y a su paso dejaban ver sobornos a cambio de sedes, contratos inflados de derechos de transmisión y ramas afines. En definitiva, un comité ejecutivo que repartía mundiales como si fueran concesiones privadas —lo que son hoy—.

Aquellos laberintos de ese 2015 serían los que condujeron a 2018 y al experimento de voto abierto, público, «para todos». No hay nada de ingenuo en esa intención de transparencia. Tampoco azar. Es, más bien, la puesta en escena de una lección aprendida. Que a su vez no empezó en este penal ni en 2018 ni en 2015, sino el día que los perpetuados decidieron dictaminar que Rusia tendría su mundial.

Los dirigentes de la FIFA tapados con sábanas para que el mundo no viera sus caras fueron Jeffrey Webb, presidente de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol (Concacaf); Jack Warner, antiguo integrante del comité ejecutivo de la FIFA y extitular de la Concacaf; el venezolano Rafael Esquivel, el brasileño José Maria Marín, el británico Costas Takkas, el costarricense Eduardo Li y Eugenio Figueredo, exresponsable de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol)2 y expresidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Al paraguayo Nicolás Leoz también lo requerían. No lo encontraron, no andaba en el hotel. Lo mismo Joseph Sepp Blatter, el entonces presidente de la FIFA, que caería más tarde.

Chuck Blazer y Joseph Blatter el 1º de junio de 2011, al inicio del 61º Congreso de la FIFA, en el Hallenstadion de Zúrich.

Foto: Sebastian Derungs / AFP

Pero hay más, porque no estaban solos. En esto del lobby los empresarios juegan su rol y hay ocasiones en las que, por mucho camuflaje, se les caen las medias. A saber: los argentinos Alejandro Burzaco (CEO de Torneos, antes llamada Torneos y Competencias), Hugo y Mariano Jinkis (directores de Full Play), el brasileño José Lázaro Margulies (directivo de las empresas de marketing deportivo Valente Corp. y Somerton Ltd.) y el estadounidense Aaron Davidson (presidente de Traffic Sports USA), todos metidos en el asunto de los derechos de televisión, la gran maquinaria de sobornos del fútbol moderno, también cayeron.

Pero dejemos un rato los sobres que compran votos. Ahora es necesario ir más atrás. Hay que desandar los pasos hasta 2010. Corre cámara, otro flashback.

Tres

Para entender qué se quiso esconder con el circo a toda pompa en Moscú hay que rebobinar hasta 2010. No olvidemos que cada hecho es consecuencia de uno anterior. La imagen podría ser una sala de madera lustrosa, ventanales grandes y luminosos y una mesa larga, rectangular pero con las puntas redondeadas, en la que se sientan los 24 miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA que van a votar para que el mundial de 2018 sea en Rusia y el de 2022 en Catar. Blatter en la cabecera, no cabe la menor duda; con las finanzas Julio Grondona o Nicolás Leoz, tal vez Ricardo Teixeira: la Conmebol en la parte neurálgica de la cuestión; los de la Concacaf, Jack Warner y Chuck Blazer, como grandes barones en las sillas que dan a las ventanas; el resto son dirigentes africanos, asiáticos y europeos que no viene al caso citar, no porque sean santos ni rehenes de la situación, sino para no distraer.

Es 2 de diciembre de 2010. La elección de sedes mundialistas estaba armada para que fuera el Comité Ejecutivo de la FIFA —la mesa chica, digamos— el que tuviera la decisión de elegir. Si bien había un congreso gigante en el que todas las federaciones podían dar sus puntos de vista sobre tal o cual país o países como posibles organizadores de copas del mundo, esa historia no tenía peso real. Este comité de 24 voluntades —presidente y vicepresidentes de la FIFA más representantes de todas las confederaciones— era el que «representaba» al resto y decidía por todos.

Dos docenas de señores en un cuarto. Miento, porque hubo dos sillas vacías: las de Amos Adamu, nigeriano, y Reynald Temarii, tahitiano. Ninguno pudo votar, ambos por la misma razón: estaban suspendidos por sospechas de vender sus votos.

Para 2018 estaban las candidaturas de Inglaterra, Rusia y dos conjuntas: una entre Países Bajos y Bélgica y otra entre España y Portugal. Para 2022 los pretendientes eran Japón, Corea del Sur, Australia, Catar y Estados Unidos.

En la primera ronda para 2018 los ingleses eran los favoritos, al menos para la opinión pública. Sin embargo, a la hora de los bifes obtuvieron solo dos voluntades y quedaron eliminados porque las otras candidaturas lograron más votos: Rusia nueve, España y Portugal siete, Países Bajos y Bélgica cuatro. Para la segunda vuelta los rusos lograron 13 votos y ganaron por mayoría absoluta.

En la votación para la sede de 2022 las principales candidatas eran Estados Unidos y Catar. Mano a mano fueron a la final, en la que se impuso el país árabe por 14 a ocho. Sorpresa no, lo siguiente. Tiempo después se supo en el documental La familia FIFA: una historia de amor3 que Bill Clinton, expresidente estadounidense y en ese momento principal impulsor de la candidatura de su país, se enojó tanto por el resultado adverso que reventó un cenicero contra un espejo.

Cuatro

En lo mejor del baile vino el apagón. En 2011 empezó la investigación por parte del FBI y el Servicio de Impuestos Internos estadounidense (SRI, por sus siglas en inglés), o al menos desde ese año el Departamento de Justicia de Estados Unidos justifica la operación. El hilo conductor era el esquema de sobornos y lavado de guita sustentado en —atado a— los derechos televisivos y de marketing en —sí, claro— América. Toda, la latina, la gringa, la caribeña.

Pero volvamos al punto. Más allá de la trama de corrupción en América, quien empieza la investigación es Estados Unidos, prácticamente después de ser despojado de la organización del mundial 2022, como si fuera la revancha de un partido mal perdido.

El primero en caer, aunque parezca absurdo, fue un ciudadano estadounidense, Chuck Blazer, que vivía en Nueva York como un rey. Blazer no era un cualquiera: fue ocho años vicepresidente de la Federación de Fútbol de los Estados Unidos, en 1990 ya era secretario general de la Concacaf y en 1994 había metido el golazo más grande de su carrera: que su país organizara el mundial.

Tenía su nombre Blazer. También su reputación. Había mudado la sede de la confederación caribeña a un apartamento en la Trump Tower y al lado había alquilado otro para que vivieran sus gatos. Entre esas y otras actitudes de magnate, la vida rimbombante de Blazer se hizo vox populi. Saltó a la vista, dijeran vecinos y vecinas que te conocen de toda la vida y un día no saludás porque usás goma en lugar de yute. Y por ostentoso lo cazaron: no declaraba sus ganancias, no pagaba impuestos por ellas, así que el IRS le pasa el dato al FBI y ¡bingo!: culpable.

Blazer no negó sus culpas y dio un paso más al aceptar ser informante del FBI —lo que no fue otra cosa que cantar para recibir menos castigo—. Desde ese momento empezó a cooperar mucho, no solo detallando el sistema de sobornos o entregando documentación específica, sino llevando micrófonos ocultos a reuniones con los popes de la FIFA. Fue un minucioso paso a paso para recabar datos —con nombres propios, los del FIFA Gate y algunos señores más—, hasta que en 2013 se declaró culpable de una completita lista de cargos —fraude, lavado, conspiración, evasión de impuestos, crimen organizado— y admitió que hubo sobornos en las candidaturas para Francia 1998 y Sudáfrica 2010.

Gianni Infantino posa con dirigentes de Estados Unidos, México y Canadá, tras el anuncio de que esos países organizarían el mundial de 2026, durante el 68º Congreso de la FIFA, en el Expocentre de Moscú, el 13 de junio de 2018.

Foto: Kirill Kudryavstsev, AFP

Todo quedó bajo secreto de sumario. Boquita con llave. Trama secreta. Hasta que se destapa la olla en 2015 y en vez de alfombras rojas, hubo sábanas blancas para tapar las caras de delincuentes de traje y corbata. Las consecuencias fueron tan fuertes que Blatter, en junio de 2015, en pleno temblor del FIFA Gate, renunció a la presidencia del organismo y convocó un congreso extraordinario para que se eligiera a su sucesor. En octubre de ese año el Comité de Ética de la FIFA —sí, tiene un comité de ética— lo suspendió provisionalmente y en diciembre lo inhabilitó por ocho años —que fueron seis—. Fue el fin de una era y el principio de otra.

Cinco

El FIFA Gate o la paradoja de cómo la FIFA se descubre víctima de sí misma. Era imposible negar el escándalo, sus dimensiones eran demasiado evidentes para, como en épocas anteriores, intentar tapar el sol con un sobre. Entonces la FIFA aceptó su culpa, sus vicios, el entramado.

Digresión: no fue la FIFA como organización la que se declaró culpable, fueron los nuevos hombres de la FIFA quienes lo hicieron.

En 2016 —o sea entre el Baur au Lac de Zúrich en 2015 y el Expocentre de Moscú en 2018— los abogados de la FIFA fueron hasta la fiscalía de Nueva York y presentaron un escrito en el que se admitía que existió compra de votos en varias elecciones. Un gesto así daría hasta para aplaudir, si no fuera porque en el mismo documento en el que confirmaron los sobornos de todo tipo y color también se pedía que se le devolviera —a la FIFA, o sea, a ella misma, too much— parte de la guita confiscada a los exdirigentes. Más claro: que esa plata volviera a su caja —attenti— como reparación por daños y perjuicios.

Por citar un ejemplo, en el documento se solicitaban diez millones de dólares vinculados a la elección de Sudáfrica 2010, millonada que había terminado en cuentas ligadas a varios dirigentes de la Concacaf. La FIFA en ese documento lo dice —acusa— con nombres y apellidos. ¿Por qué lo hace? Como maniobra para que los culpables pasaran a ser los individuos —corruptos, asquerosos, impuros— mientras ella, la FIFA, pasaba al lugar de víctima, como el buen empresario engañado por sus propios funcionaros.

Seis

Cambió la narrativa. Con el dedo de la crítica metido en la llaga de la reputación, la FIFA se propuso cambiar (algunas cosas de) la forma de gobernar. Las reformas apuntaron a los límites en los mandatos, a los controles de integridad en varias comisiones —entre ellas la de ética— y a la transparencia financiera. En esa línea, también se decidió separar las funciones políticas de la gestión ejecutiva —los informes no dicen separar, dicen profesionalizar—; se hizo mucho hincapié en una historia más pegada a los estándares empresariales, con códigos de conducta, revisiones de contratos, canales de denuncias y un largo etcétera.

Y como gran cambio —o así se lo transmite—, para demostrar que la elección de las sedes mundialistas podía ser más democrática, se rompe la mesa chica de 24 dirigentes y se abre la cancha a los congresos con todas las asociaciones y las federaciones presentes.

Pero no quedó ahí el rito de purificación, sino que a esa manera de decidir se le agregó una nueva forma previa de evaluación de las sedes: un informe técnico que habla de estadios, aeropuertos, hoteles, derechos humanos y sostenibilidad.

Si bien muchas de estas reformas se van gestando en la transición entre la salida de Blatter y el congreso extraoficial que él convocó para que se nombrara a su sucesor, los grandes cambios pos FIFA Gate ocurrieron, justamente, en la gestión del nuevo presidente, Gianni Infantino.

Siete

Hay una parte del laberinto en la que la FIFA se propone demostrar que la elección del mundial 2026 tiene que ser distinta. No solo analizar sedes o alternar continentes para la elección, sino respetar el informe —mamotreto en PDF— con los requisitos de infraestructura, logística y seguridad.

Pero hay una jugada maestra —o una trampa, según cómo se mire—: en la pantalla del Expocentre de Moscú se verán, además de los nombres de las candidaturas finalistas —«United 2026» y «Morocco 2026»—, sendos informes sobre cada una de ellas. De una se dice que tiene estadios grandes, lujosos, prontos para jugar, y que ofrece experiencia, buena conectividad y un mercado de consumo muy grande; en la otra se propone un segundo mundial en África, una épica transformadora, un país como puente entre los continentes. Pero antes de que el primer delegado apriete el botón, algo —alguien— decidió cuál sede convenía más. Hay una evaluación que asegura —como si fuera ciencia— que una candidatura es de bajo riesgo y la otra parece más bien una aventura; en una la escala de valores está muy cerca de la excelencia, en la otra a mitad de tabla; una encaja a la perfección en el PowerPoint de la FIFA, la otra no tanto. Y ante tal «recomendación», cualquier asociación o federación que vote por la peor evaluada quedará registrada en un proyecto que la FIFA —su mamá— considera inseguro, dudoso.

Dos botones: «United 2026», «Morocco 2026».

Ocho

«United 2026» promete un mundial repartido en tres países. Da estatus, pluralidad, transmite una imagen organizativa global que, de alguna manera, rompe con la vieja usanza de un país sede. Tiene músculo poner Estados Unidos, México y Canadá, aunque la realidad demuestre —a la luz de los ojos, al menos por la cantidad de partidos y sedes— que a la copa del mundo la sostiene el país de los estadios de la Liga Nacional de Fútbol Americano, preparados para ser templos del soccer.

Esta candidatura parece, además, un reclamo —o una oportunidad, según la visión— después de perder en 2022 de la manera que perdió. El país cuya Justicia destapó la corruptela de la FIFA se volvía a presentar como candidato. Con todos los informes técnicos y las proyecciones económicas a favor, es cierto, pero también amparado en la capa de la moral derivada de lo que pudo hacer. Apoyar su candidatura significaba un gesto de agradecimiento, una compensación histórica para quien sacudió el tablero e hizo volar viejos reyes, alfiles, caballos y peones.

«Morocco 2026» se ofrecía como otra historia. El segundo mundial africano, sí, pero distinto. Raro. Lejos de la copa del mundo de Sudáfrica, la candidatura marroquí apostaba a una imagen más cercana —con ínfulas— a la europea, alejada del estereotipo propio. En sus promociones se mostraban ciudades imperiales, costas paradisíacas, pero también trenes de alta velocidad y una modernidad pomposa, de cliché.

Marruecos ya había intentado organizar un mundial y ahora insistía. En eso se parecía a su contrincante. Sin embargo, debía remar contra algunas advertencias que salieron a la luz en los informes técnicos, en los que se constataba que había estadios por construir o con necesidad de remodelación, se tenía algunas dudas sobre la capacidad hotelera, también sobre el transporte; demasiadas desventajas frente a un rival mejor parado. No alcanzaba con significar una revancha continental.

Nueve

Entre esa mélange de historias se mueven los delegados en el Expocentre de Moscú. Será la primera elección de sede con el nuevo sistema pos FIFA Gate. Es junio de 2018 y hay una realidad en la que el voto se hará público, aunque la cámara se aleje y no se vean las caras ni los gestos de quienes apretarán los botones. Hay quienes deben de haber llegado con el voto resuelto hace días, semanas, tal vez meses; otros puede que hagan cuentas hasta último momento o saquen conclusiones sobre qué le conviene más a su entorno cercano, sea en rédito político o económico. Porque en teoría se vota por y para el fútbol, pero en la práctica se calcula con otros baremos, léase influencia, protección, prestigio, money.

El ruido empieza cuando desde el estrado se invita a votar. El mapa estaba un poco entreverado porque cada paso anterior jugó su partido. 2010, 2011, 2015, 2016, 2018, cada año, con sus hombres propios, sus millones propios, por mucho que se quiera obviar, está en el imaginario colectivo. Mucha cosa le ha pasado a la FIFA como para olvidarlo.

Eugenio Figueredo y Nicolás Leoz en la sede de la Conmebol, en Luque, Paraguay, el 16 de marzo de 2011.

Foto: Norberto Duarte, AFP

En los cruces de caminos hacia la votación África, que debería ser un bloque sólido a favor de Marruecos, llega dividida. La Concacaf y la Conmebol miran su propio norte, no solo por el mundial, sino por los patrocinios y hasta por las relaciones diplomáticas. Asia lo mismo. Europa se para con distancia, con esa estirpe autoimpuesta, creída. La elección de 2026, vendida como fiesta de transparencia, también funciona como censo silencioso.

Fatma Samoura se calza los lentes con parsimonia. Maneja el tiempo, conoce el juego. El auditorio es filmado desde atrás, pero una parte de la pantalla gigante muestra a las delegaciones defensoras de cada candidatura. Alguien prepara el teléfono como para sacar una foto, pero no lo hace. Falsa alarma. Van casi cinco horas del 68º Congreso de la FIFA y faltan minutos para que se sepa el resultado final. Para acompañar la expectativa ponen una música de fondo similar a la que usan en la casa de Gran Hermano para decidir quién se tiene que ir. Será que en el licuado todas las partes se unen.

Aparece Infantino en escena. Es Samoura la que le da paso, invitándolo a decir dónde se jugará el próximo mundial. Cambió la forma, pero el que vende el bacalao es el mismo, Mr. President. Infantino, seco, sin emoción, agradece y dice que Canadá, México y Estados Unidos han sido seleccionadas por el congreso para organizar el mundial de 2026. No faltan los abrazos, los festejos, las palmadas, los dientes blancos.

El tablero electrónico dirá —«transparentará», como les gusta decir— que 134 asociaciones se inclinaron hacia la opción norteamericana y 65 por la africana y que hubo un voto por ninguna candidatura —el de Irán—, tres abstenciones y una federación que no votó porque estaba inhabilitada —Ghana, por corrupción—; las cuatro asociaciones candidatas no podían votar, lo mismo corrió para tres territorios asociados a Estados Unidos: Guam, Islas Vírgenes y Puerto Rico.

Once

El aplauso recorre el auditorio. Parece de mampostería, suena más a trámite que a sorpresa. Las letras gigantes muestran el cartel que esperaban tres cuartos del planeta: «Canada, Mexico, USA selected as hosts of the 2026 FIFA World Cup». Hay personas que se mueven como marionetas, abrazan descompaginadas, quieren entrar en la foto pero no saben cómo pararse. Infantino sonríe, sabe que lo están mirando. Tiene pose de ganador, esa estampa.

El mundial de 2026 no será una copa más. Será el primero con 48 selecciones; se jugarán 104 partidos en un calendario estirado como chicle y en un mapa gigante, con sedes que obligarán a repasar husos horarios. Todo eso conseguido con voto general y público, con informes en línea y reglas claras como quería la nueva FIFA —o Infantino, dependerá de si sale mal (la culpa es de las personas) o si sale bien (qué grande la FIFA)—. En cierto sentido, se vende como un triunfo de una nueva era.

La escena de Moscú parece cerrar un círculo de regeneración en el que la FIFA se muestra como alguien que aprendió a administrar sus decisiones, a saber cambiar sobre la marcha haciéndose cargo del pasado. Puede ser cierto. Pero no olvidemos a los teóricos del determinismo y aquello de que cada hecho es consecuencia de otros hechos, cada decisión arrastra un antes, cada resultado viene empujado por leyes que no empezaron ahora. Y en este hilo conductor también es válido —justo— decir que la FIFA recibió millones de dólares como compensaciones tras el FIFA Gate y, en el camino, encontró mecanismos para que Estados Unidos tenga el mundial que había perdido antes.

Otra digresión: el FIFA Gate confirmó judicialmente algo que se sospechaba o intuía desde hacía décadas: la sede de un mundial se puede comprar. Pero no alcanzan los billetes, se necesita influencia (geo)política o, directamente, sobornos a cambio de votos. A partir de ahí la pregunta no es por qué ganó «United 2026», sino qué tipo de mundial se eligió cuando se apretó el botón.

Mintxo es narrador y periodista uruguayo con cierta tendencia a los temas deportivos.


  1. Ver, entre otros y en puntos muy distintos del asunto, a Baruch Spinoza y Robert Sapolsky. 

  2. Acrónimo cablegráfico que toma fragmentos de las palabras para formar una nueva fácil de transmitir y recordar: CONfederación SudaMEricana de FútBOL. 

  3. De Niels Borchert Holm, 2017. Disponible en Prime Video. 

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