Desde los 6 años soñaba con el día en que me «convertiría» en mujer. Fue un domingo de noviembre de 2005, cuando tenía 10. Me desperté y fui al baño. Pasé unos minutos contemplando la mancha marrón, meditando qué era. Mi madre dormía después de una doble jornada de laburo y mi tía preparaba el almuerzo. Grité: «Tía, creo que me vino la menstruación». Mi madre pegó un salto en la cama. Acudieron las dos y discutieron si debía bañarme o no para no «cortar» el sangrado. Luego mamá me sentó en la mesa y, llorando, me dijo que las cosas habían cambiado, que a partir de ahora me tenía que «cuidar más». Ahora no sé si se refería a que ella debía cuidarme o si yo debía hacerlo, pero entendí que podía quedar embarazada. Después se dio la noticia: primero recibió la llamada telefónica mi abuela y luego mi maestra, quien al día siguiente y frente a todos mis compañeros expresó: «Si precisás ir al baño, podés ir, no tenés que avisarme». Hasta donde supe, era la primera de la clase a la que la visitaba Andrés.
Empecé a tomar anticonceptivos a los 14 para «regular» el ciclo y librarme de los granos de la cara, especialmente los de la frente, que escondía y al mismo tiempo cultivaba bajo un enorme flequillo flogger que me nacía en una sien y llegaba a la otra. A mi madre le pareció una buena medida, ya que me había «puesto de novia» con un varón y de paso zafaba del embarazo adolescente. En la entrada de mis 15 parecía la Coca Sarli: minutos antes aproveché el escote en uve del vestido —que me quedaba reventando— y las junté lo más que pude. Una imagen para el recuerdo. Hasta el día de hoy me preguntan dónde quedaron ese par de tetas, que no eran más que el resultado de las hormonas y que desaparecieron apenas abandoné las pastillas, a los 21. Recién entonces comencé a entender que había un ciclo y cómo me afectaba física y emocionalmente cada una de sus fases.
En nuestra singularidad individual, las mujeres biológicas tenemos en común los ciclos vitales, que están marcados por cambios hormonales que nos afectan en todos los momentos de la vida. La menarca, la fertilidad, el embarazo (y el puerperio), la perimenopausia, la menopausia, la posmenopausia. En el medio, un ciclo, regular o no, con sus cuatro fases, en el que las hormonas suben y bajan. Menstruación, fase folicular, ovulación y fase lútea. La normalidad se nos escapa mientras intentamos compaginar estos procesos que nos atraviesan el cuerpo y la psiquis en un mundo pensado por y para los hombres y donde por tabú, ignorancia o indiferencia el tema no está en el debate público, sino que se restringe a la intimidad de las conversaciones entre mujeres o a las consultas médicas.
En el 80 la psiquiatría retiró la histeria del manual de trastornos mentales, pero el término siguió siendo utilizado para referirse al mal humor, la rabia y la insatisfacción expresada por las mujeres, como si no hubieran razones lógicas para estos estados de ánimo. En 2015, el Colegio Estadounidense de Obstetras y Ginecólogos formalizó que el ciclo menstrual es un signo vital, al igual que la presión arterial y la frecuencia cardíaca. Este año España se convirtió en el primer país de Occidente en reglamentar una ley sobre licencia menstrual.
A los mal llamados «síntomas» de nuestro ciclo menstrual se suma una mayor prevalencia de algunos trastornos mentales en mujeres, que los intensifican y acentúan los estigmas que recaen sobre nuestras identidades. La Organización Mundial de la Salud estima que 4% de la población tiene depresión, pero la cifra es mayor si se disgregan los datos por sexo (4,6% entre los hombres y 6,9% entre las mujeres, es decir que es 1,5 veces más frecuente en mujeres) y el número se eleva a 10% entre las embarazadas y las que acaban de parir.
Según una encuesta elaborada por Cifra a pedido del Ministerio de Salud Pública, en 2025 la medicación psiquiátrica era mucho más común en las mujeres que en los varones (66% frente a 38%). Asimismo, la patología de salud mental con más menciones fue la depresión, mayormente reportada por mujeres (44% frente a 24%). El estudio también arrojó que ante un problema de salud mental la primera reacción es consultar con un médico.
En espiral
Las mujeres cis somos las únicas personas cíclicas, comenzó explicando la ginecóloga y profesora Stephanie Viroga, especializada en endocrinología ginecológica, climaterio, menopausia y patología materna del embarazo. Nuestro sistema nervioso central depende de las concentraciones hormonales, así como de otros factores internos que afectan nuestras emociones y nuestra cognición. «La baja de los estrógenos hace que las mujeres tengamos olvidos y no es que tengamos una enfermedad neurodegenerativa o alzhéimer», advirtió.
«Naturalmente, vamos a tener cambios» a lo largo del mes y esa variabilidad es más pronunciada al llegar al climaterio, en el que es característico pasar de la irritabilidad al llanto y del llanto a la risa. «Esos cambios hormonales que en un ciclo normal se dan a lo largo de un mes pasan en un solo día».
Ante la pregunta de cómo identificar cuándo se trata de un cambio hormonal o cuándo es un trastorno, la médica planteó que «es una línea gris difícil. Con mis pacientes, en etapas de su vida como el climaterio o la adolescencia veo que estos cambios nos generan un trastorno social grave», comentó. «Hoy en día está todo muy medicalizado y cualquier cambio de humor, tristeza o llanto es patológico y en realidad no lo es. Transitamos, sufrimos, lloramos y no tenemos ni una depresión ni estamos locas. Sí es una línea fina definir hasta dónde es fisiológico y hasta dónde es patológico». Y agregó: «Vivimos en una sociedad en la que no se permite duelar, no se permite llorar si estás deprimido; si se te muere un familiar ya es patológico y tenés que tomar un antidepresivo. Estamos en una sociedad que tampoco acepta que estemos nerviosos».
No obstante, Viroga señaló que hay una especie de «oferta y demanda» en la dinámica entre profesionales de la salud y usuarios, en la que si bien los primeros tienden a indicar medicación, también son cuestionados por los segundos cuando esto no sucede.
Sobre el sistema de salud, la doctora explicó que su estructura, tanto en Uruguay como en el mundo, se basa en la separación por especialidades, lo que impide observar a la persona en su integridad, con excepción de los médicos de familia, los ginecólogos y los pediatras, que pueden acompañar por largos períodos, al menos hasta el momento en que se requiera una derivación. En el pase del ginecólogo al psiquiatra puede suceder que un estado de euforia, que suele presentarse en el climaterio, sea considerado un trastorno del humor y la mujer pase a ser medicada para eso, cuando en realidad lo que tiene es una desregulación hormonal. «Debemos hacer la autocrítica desde el sistema de salud del fraccionamiento que existe. Lo mejor sería que tuviéramos uno o dos profesionales que nos conocieran en toda la evolución de nuestra vida», expresó.
En cuanto a la anticoncepción, Viroga señaló que más allá de que existan nuevos métodos seguros, las pastillas han mejorado en los últimos años (en los sesenta los estrógenos se obtenían de yeguas embarazadas y eran dosis muy altas) y se han aminorado sus efectos adversos. Básicamente, al tomar anticonceptivos borramos el ciclo menstrual: hay una menstruación ficticia. «No tenés este cambio mensual de hormonas; hay pacientes a las que eso les va a venir bien y otras dicen que se sienten como apagadas, que les baja la libido o se sienten anímicamente chatas», contó.
Vientre
La ley de aborto se aprobó en Uruguay en 2012, cuando yo tenía 18. Antes tuve mucho miedo al embarazo, al punto de sufrir vaginismo, una disfunción sexual que impide el coito. En mi cabeza era lo peor que me podía pasar, la destrucción de todos mis sueños. Por bastante tiempo la maternidad me siguió pareciendo un bajón por el impacto que tenía en la economía, en la profesión, en el cuerpo y en la vida en general de las mujeres. Y no me equivocaba. Después de haber dicho una y otra vez que jamás sería mamá, con un pie en los 30, vi muchas caras de asombro al notar mi panza.
Salvador fue buscado. Quedé embarazada en el primer y único intento. Yo tampoco podía creerlo. Simplemente quise ser madre. Pensé: «Tengo casa, tengo trabajo estable, familia y una pareja». Pero no era así de simple. Me mudé a otro departamento, soporté la indiferencia del padre del bebé, trabajé igual que siempre y todo mientras mi cuerpo cambiaba a una velocidad exponencial. Me diagnosticaron depresión perinatal y comencé a tomar antidepresivos (primero uno que me generó un trastorno llamado acatisia, que no me permitía quedarme quieta) y benzodiazepinas para momentos de crisis de ansiedad. Me separé. Volví.
Hubo momentos felices con mi hijo, esos en los que éramos solo él y yo. Nada más importaría después, pensaba. Pero Salvador no nació. Me dejó el 30 de mayo del año pasado, a las 36 semanas de gestación. Muerte perinatal por nudo de cordón umbilical. Un caso raro.
La cara del ecógrafo, su pregunta, las horas, el hambre y la sed, las luces blancas del techo, el pinchazo de la anestesia, mi vientre abierto reflejado en el metal, fentanilo, dormir.
Subir al auto, volver a casa sin él. La desesperación.
Parestesia en la mitad del cuerpo, ambulancia, el regreso a casa.
El entierro.
Me fajaron los senos y me dieron la primera dosis de cabergolina, un medicamento para inhibir la producción de leche. Fue en vano. Me despertó el dolor de mis tetas a punto de estallar. Me ordeñé. Fue en vano. Puerperio. Volver a menstruar. Licencia maternal sin hijo.
Después de la muerte de Salvador lo único que me mantenía viva eran las ganas de fumar y el sueño de volver a intentarlo. Cuanto antes mejor. Pero en la cesárea las médicas aprovecharon para extraer dos tumores benignos que habían convivido con mis ovarios hasta ahora sin dar problemas y que habían sido detectados durante la primera ecografía de embarazo. Al removerlos, perdí parte del tejido ovárico. Para saber los niveles de fertilidad, el primer análisis es la medición de la hormona antimulleriana. El mínimo era 0,6 y el resultado fue de 0,55.
Congelación de óvulos, donación de esperma, menopausia precoz, inseminación artificial, fertilización in vitro. Estos fueron algunos de los temas sobre los que hablé con el especialista en fertilidad en la primera consulta. No soy estéril, según me dijo, pero desde entonces siento correr el reloj a una velocidad que me marea y me da ganas de vomitar.
Un agujero en el pecho, unas tetas vacías, una panza amputada. Crisis de ansiedad. Depresión por duelo. Pensamientos suicidas. Internación psiquiátrica. El pabellón de los locos. Quetiapina, clonazepam, sertralina, lamotrigina (alucinaciones), ácido valproico. Caída del pelo. Vitaminas. Patio, café de malta, cigarros, mate, amigos. Volver.
Politizar los ovarios
Como reza una de las consignas principales del feminismo, «lo personal es político», la psicóloga Manira Correa considera que es necesario «politizar las experiencias» que vivimos las mujeres. En ese sentido, señala la necesidad de «colectivizar» la salud mental y física y de dejar de abordarla de forma individual y aislada. En su opinión, en nuestra cultura subyace la idea de que debemos «resolvernos solas». «Es necesario generar y trabajar para sostener desde una red comunitaria, familiar, de amistad y de compañeros de trabajo, para alivianar las exigencias», expresa.
«Se nos ve solo como un cuerpo y no en todo el contexto de vida»: las situaciones externas también tienen un impacto sobre nuestra biología, indica Correa. Por ejemplo, señala que el estrés afecta mucho los ciclos en todas las etapas de la vida, así como las situaciones de violencia y los estados depresivos y ansiosos. «En la psicología al principio hubo una biologización de los padecimientos psicológicos o mentales. Todavía nos siguen llamando “histéricas” y todavía nos seguimos denominando así en algunos momentos, porque también tenemos el patriarcado capitalista y capacitista internalizado», señala.
Los procesos vitales de las mujeres hacen que no siempre nos sintamos igual, sin embargo, la sociedad «no nos permite la autoconciencia: conocernos, reconocernos y decir “hoy necesito bajar un poco”». «Estoy menstruando, no me siento bien pero tengo que seguir trabajando. Tengo que seguir haciendo como si estuviera bien y en realidad no lo estoy, eso es lo que nos pide el sistema: que si estás mal, que no se te note», ilustra Correa. Esto tiene su raíz en una «socialización diferencial de género que nos juega en contra», porque «se nos exige que cuidemos igual, que seamos serviciales, calladitas, que estemos impecables».
Para la especialista, «cualquier intervención o atención de salud debe ser situada», es decir, debe contemplar a la persona en su contexto y considerando su historia de vida. Desde una mirada interseccional, Correa apunta que el acceso a la salud «no es igual para todas». «No somos todas iguales ni tenemos que ser como los varones», defiende. «Hay que evaluar el contexto social y económico: no es lo mismo si estoy premenstrual y estoy sin trabajo o si soy una persona racializada, para la que es mucho más difícil el acceso a lo laboral, más la discriminación y las violencias que se sufren», menciona. Agrega que acceder al acompañamiento psicoterapéutico de estos procesos no es posible para un alto porcentaje de la población por su costo. «Hay una cuestión de clase, porque si bien tenemos una ley de salud mental, no es real que el acceso a la salud mental sea para todas las personas».
Por otro lado, la psicóloga critica que «nuestro cuerpo ha sido patologizado, discriminado y se le han introducido muchos mandatos». En esa línea, evalúa que existe una sobremedicalización en el sistema de salud, algo que observa en el creciente uso de anticonceptivos en adolescentes, con el objetivo de regular sus ciclos, cuando se encuentran en una edad en la que, en general, los ciclos no son regulares, lo que no quiere decir que luego no vayan a serlo, aunque tal vez nunca lo sean. «Regularizar es como homogeneizar. El sistema nos quiere a todas iguales, pero es super difícil contextualizar a una paciente en 15 minutos de consulta médica». Por otra parte, plantea que medicamentos como los psicofármacos en su mayoría fueron testeados en varones blancos sin tener presente el impacto que pueden tener en mujeres o en afrodescendientes.
Correa está especializada en violencia basada en género, en psicología perinatal y en crianza y ha trabajo con mujeres y disidencias. Integra el colectivo Acuerpar, de psicología feminista, y Las Clito, que trabaja contra el «analfabetismo sexual». Actualmente está viviendo la premenopausia.
El pozo
A la noche, antes de que el guardia de seguridad diera el toque de queda, con Rocío poníamos reguetones y cumbias viejas, de las buenas. Cantar y perrear en el patio del psiquiátrico. A la mañana nos encontrábamos todos nuevamente. Nadie quería estar encerrado en las habitaciones y hasta el más chúcaro se terminó arrimando al grupo. Recuerdo ver a Rocío con un vestido largo ajustado bajo los senos y una caída que destacaba su vientre, uno que me recordaba al que yo había tenido. «Es de Temu», me dijo.
Todos teníamos algo en común. Rocío y yo, por ejemplo, la obsesión por la maternidad. Nos dieron de alta y al tiempo tuvo otra estadía en el hospital. Hace dos meses decidió dejar la medicación por cuenta propia. «Pasaba todo el día durmiendo, no estaba comiendo. Era como estar en modo avión todo el día. Ya no podía mantener una conversación. No podía acordarme de nada, ni siquiera de lo que había comido el día anterior, lo que había hecho», explicó.
La vida se le hacía insostenible. Decidió dejar la docencia porque la obligaba a estar en contacto con niños de 2 y 3 años y eso la torturaba. Comenzó a estudiar escribanía, pero no podía retener la información que estudiaba. Estaba tomando 16 pastillas por día.
La abstinencia fue «insoportable». Vómitos, fiebre y temblores, aunque estos ya los tenía desde antes, producto de la medicación, contó. Al dejar los fármacos sintió una mejora, pero con la siguiente menstruación su ánimo volvió a decaer. Al momento de esta entrevista, hacía 13 días que estaba menstruando. «No tengo ánimos, puedo pasar todo el día sin hacer nada, acostada pero sin dormir, porque me cuesta desde que dejé la medicación». «El apetito se me anuló» y «debo de tener 70 conversaciones en Whatsapp sin contestar». Tras la consulta con el ginecólogo, le mandaron anticonceptivos. El diagnóstico psiquiátrico es depresión mayor y trastorno de estrés postraumático vinculado a tratamientos de fertilidad y violencia obstétrica.
«Ya hace muchos años que estoy intentando ser madre, cada mes la menstruación era un bajón para mí, era llanto, era angustia. Y lo que pasa es que es un recordatorio de que soy infértil, de que no voy a poder tener hijos. Y encima estoy pasando por esto de menstruar 13 días y digo “¿tendré algo malo, más malo de lo que ya he tenido?”, porque ya me han operado, cuando me sacaron una trompa. “¿Ahora me van a sacar el útero?”». Recordó cuando le hicieron la histerosalpingografía —si pronunciarlo es difícil, peor es que te lo hagan— para ver la forma del útero y la permeabilidad de las trompas de Falopio. «Terminé con morfina esa noche. Todos los procedimientos que me hicieron fueron muy dolorosos. No hay nada ginecológico que no sea doloroso». La evaluación médica es que en algún momento tuvo una infección que hizo que se le deformara una trompa. Por eso se resolvió que había que extraerla, pero tuvo que pelear con la cirujana, que quería sacarle las dos.
«Hubo un montón de violencia ginecológica porque me querían sacar las dos trompas. [...] “La médica soy yo y yo digo que te voy a sacar las dos trompas”. Hice que llamara al médico de fertilidad y él le dijo: “No le vas a sacar las dos trompas porque estamos haciendo un tratamiento”. Estuvieron media hora discutiendo frente a mí. Quería sacarme todo, todas las posibilidades de poder quedar de forma natural. [...] A partir de ahí empecé con los ataques de pánico, con la depresión». Esto sucedió hace dos años, pero el tratamiento de fertilidad había comenzado hace siete.
«¿Sabés cuántos médicos me dijeron que nunca iba a poder ser madre? Y los que me dijeron: “Y bueno, adoptá, ¿para qué existe la adopción?”. ¡Esa frase! ¿Sabés cuántos me lo dijeron? “¿Para qué querés ser madre si podés adoptar?”». «Me pasa que digo que no voy a poder ser madre porque lo tengo muy inculcado. No quiero ilusionarme porque es muy doloroso. La ilusión y después la decepción. Es demasiado para mí». Otro médico le dijo: «Es como si tu útero fuera un pozo negro», es decir, «un ambiente hostil para poder fecundar». «Me doy cuenta de que hay mucha frialdad en el asunto», piensa.
La niebla
Esa noche no debí haber manejado. Prendí la radio y empecé a llorar. Iba despacio, a 20 kilómetros por hora. No se veía nada más que las luces de los autos perforando la bruma blanca. Imité a los otros conductores y puse las balizas. En una encrucijada, un muchacho me quiso rebasar y me chocó. No sé cómo hice para salir del auto, que quedó destrozado de un lado. Me vio, lo abracé y le pedí perdón. Creía que había sido solo mi culpa, pero él manejaba a alta velocidad y sin mantener la distancia. «Tal vez si no hubiera salido, si no hubiera llorado por todo lo que podría haber sido y no será...». Faltaban solo dos cuadras para llegar a casa. ¡Estuve tan cerca de lograrlo!
En julio de 2025 el sur y el este del país estuvieron varios días bajo niebla.
Es marzo de 2026. Estoy sentada en la última fila de la Sala Verdi. Está por empezar Música de regreso a casa, de la dramaturga y defensora pública Victoria Vera. Hay un auto rojo en el medio del escenario. Un auto de verdad. Suena Elvis Presley con «Always on my mind». «No quiero decir que ese día me levanté rara, había niebla, un pájaro confundido chocó torpemente contra mi ventana. No lo voy a decir, primero porque no pasó y después porque no lo quiero contar. No hay presagios, no hay premoniciones, no hay decretos, sentencias, resoluciones», dice la protagonista, de más de 40 años.
Es madre, corre para llegar a tiempo a un acto en la escuela de su hija. Le pide a una compañera —que también es madre— que la cubra en el trabajo, el jefe le escribe preguntándole dónde está, le dice que tiene que firmarles unos papeles a unos proveedores. «Hay noches en que me siento tan cansada que no sé si soy yo la que maneja el auto o si es el auto el que me maneja a mí», dice en un momento.
Suena el celular. Es su ginecóloga para avisarle que «la hipótesis» era cierta. «Me van a hacer la derivación para la atención en policlínica de salud mental. Es comprensible», se apura ella. «Usted está atravesando su climaterio», responde la médica.
«Claro, cambios. Cambios otra vez. Mi cuerpo de mujer con cambios otra vez. Todo muy normal. Son cambios. Cambios otra vez. Claro, es lo mejor que sabe hacer, ¿no? El cuerpo, mi cuerpo, el cuerpo de mujer cambia. Cambian los cuerpos. Todos los cuerpos. Es normal. Después de todo, es como el tercer o cuarto cambio del cuerpo, si hay embarazos, y también ahí contar puerperios. Cambia todo el tiempo, claro, cambios de cuerpo de mujer, por supuesto. Ya debe estar cansado mi cuerpo de tanto cambio, ¿no? No. No entiendo. ¿Esto cómo funciona? ¿Puedo hacer el reclamo en algún lado? ¿Me indemnizan? ¿Llego a la causal jubilatoria 15 años antes por ser mujer? ¿Cómo se gestiona todo esto?», pregunta alterada.
«No lo pienso como temas de mujeres, sino como temas universales poco atendidos», dice la dramaturga en diálogo con Lento. «No desde un punto de vista romántico, aunque tampoco lo excluyo, pero sí desde la indignación: ser mujer es difícil. ¿Por qué no podemos hablar de que es difícil?», cuestiona.
Vera, al igual que su personaje, también está pasando por la perimenopausia. «Es mi experiencia porque soy la que está habitando en este cuerpo en este momento. Soy yo yendo a la consulta a preguntar, a sacarme dudas [...]. Hay un bombardeo tal en las redes: el algoritmo que nos define y nos determina la existencia. “Tomá estos suplementos de no sé qué”, síntomas; te empezás a reconocer en algunas cosas y en otras no, entonces empezás a dudar, les preguntás a los profesionales, querés cotejar información (qué es verdad, qué no, qué me están vendiendo). ¿Es un proceso normal y una se la banca en silencio, así como las abuelas, o puedo hablar? Hablo con mis amigas, hablo con un profesional que investigó de verdad, o no sé si investigó», complementa.
Por lo que ha observado, cada experiencia es distinta, pero señala la necesidad de una mayor «empatía» con las mujeres, por ejemplo con una que «está levantando a los hijos de la escuela» y que se tiene que enfrentar a la violencia del tránsito en la ciudad. Según cuenta, uno de los disparadores de la obra fue una noticia que la marcó sobre una mujer que se quedó dormida al volante y murió junto a sus hijos. «¿Por qué se quedó dormida esa mamá?», se pregunta.
No obstante, el personaje reflexiona: «Hay algo que se me está muriendo y algo que se me está naciendo, y la puta madre somos gloriosas las mujeres. Nuestro cuerpo es el casino privado de Dios. Eva tenía tanta magia en el cuerpo que no tenía lugar para tanta costilla».
Más tarde, el ruido infernal de la frenada. El breve mareo de las luces. El choque. Después el silencio. A diferencia de mí, una mujer no llegó a su casa esa noche.
Carla Alves es periodista y escribe sobre temas sociales. Es editora web de la diaria.